Saga Sin Reglas Capítulo 9
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Capítulo 9

Maddison

—Las app estas no sirven para nada —solté, crispada, mientras la desinstalaba por fin—. ¿Qué coño hacéis los neoyorquinos para ligar?

—Usar los chats. Pero no ese. Todo el mundo sabe que en esa app solo hay raritos —dijo Mariah, metiéndose un trozo de cruasán en la boca.

Habíamos quedado para desayunar juntas, como casi siempre, en la cafetería que quedaba justo frente al edificio donde trabajábamos.

Mariah era una chica bastante normalucha, en el buen sentido de la palabra. Delgada, morena, con los ojos verde oliva… y un acento canadiense de lo más coqueto. Aparte de agradable, también era buena escuchando y aconsejando, y haciéndose amiga de todos.

—Podrías habérmelo dicho antes.

—No preguntaste —encogió uno de sus hombros.

—¿Y cuál me recomiendas?

—¿Tanto necesitas una cita? —preguntó con curiosidad—. ¿Por qué no sales con alguien de la empresa?

—¿Quién? —me reí por sus ocurrencias—. Todos están casados o tienen pareja.

—Judah no.

—Judah tiene novia. O rollo.

—Lo han dejado.

—¿De nuevo?

Mariah encogió uno de sus hombros.

—Al parecer, la familia de ella no lo soporta —explicó.

—Eso tiene que ser jodido.

—Nunca he vivido algo similar, peeeeeero… creo que siempre es una mierda estar en medio de un conflicto creado entre dos partes que te importan.

Asentí con pereza, dándole la razón.

Eché el sobre de sacarina sobre mi taza de café y lo removí lentamente.

—Al final voy a tener que darle la razón a Prince —murmuré—. En esa app solo hay lunáticos.

—¿Prince… Cayden? —abrió mucho los ojos—. ¿El mismo que te rescató de morir apuñalada en un callejón?

Casi me dio por reír ante sus palabras. Mariah pecaba de ser demasiado exagerada.

—El mismo. El mejor amigo de mi hermano.

—Y tu crush de la adolescencia.

Enarqué una ceja.

—¿Cómo sabes tú…?

No recordaba haberle contado nada.

Mariah sonrió.

—Se te nota en la cara. Además, ¿quién no ha pasado por la etapa de desear al mejor amigo de su hermano?

Es un clásico. A mí también me pasó con veinte años, ¿sabes?

Estaba todo el puto día subido a la moto, tenía tatuajes y quería ser rockero…

Al final terminó preñando a su novia del instituto, ha perdido pelo y trabaja en una siderurgia —suspiró con tristeza—; pero si pudiera volver al pasado, no dudaría en tirármelo.

Pensé en la imagen de Cayden que guardaba en mis recuerdos y me estremecí al darme cuenta que era bastante sexy ya por entonces. Si acaso, había mejorado, como el vino. Porque los años de más le hacían ver más misterioso y más sensual.

No podía negarle a Mariah que fue mi crush durante muchísimo tiempo, y que me temblaban las rodillas cada vez que venía a casa y nos cruzábamos por los pasillos.

Cuando él terminó todos sus estudios y empezó a trabajar, tenía veintisiete años y yo veinte.

A veces volvía a casa, a relajarse en vacaciones, y me miraba con una frialdad y una distancia casi hirientes.

Pero, en el fondo de mi ser, lo deseaba como no había deseado a nadie en toda mi vida.

Suplicaba en privado para que él se quedara más tiempo, para que me mirase de verdad y no viera a una adulta que recién empezaba a caminar por ese mundillo, sino a una mujer con la lujuria quemándole en las venas.

Pero no pudo ser.

Cayden siempre estuvo vetado para mí, así que me tocó desearlo en la lejanía. Y luego pasaron los años, conocí a Rob y acabé olvidándome de todo lo demás.

Aunque un deseo así jamás se borraba de la memoria.

—Y tú tienes la oportunidad en bandeja —prosiguió Mariah, como si nada—. Está bueno, está soltero y está lejos de tu hermano… Es decir, no hay nada que te detenga.

—Excepto porque no quiero tirármelo —resoplé—. ¿De verdad me estás diciendo que seduzca a Prince? —solté una carcajada—. Tienes que estar bromeando.

—En absoluto. ¿Bromear? Si no eres tú, será otra.

—Ninguna de ellas será la hermana pequeña de su mejor amigo.

—Ni que fueras su prima, mujer. No hay nada real que os impida dar el paso.

—Él no me ve así —zanjé.

—¿Y tú a él?

Agarré la taza de café con más fuerza de la necesaria y le di un sorbo, acallando así todas las maldiciones que pujaban por salir de mis labios.

¿Acostarme con Prince? ¿Qué demonios?

¿Por qué haría tal cosa?

El deseo del pasado ya no existía. Él no despertaba en mí nada en absoluto.

Y aun así…

Recordé las fotos que subió a su perfil, en la app de citas; una en la que salía con la camisa remangada hasta los codos, y otra en la que solo se le veía en bañador. Todo músculos marcados en el abdomen, las piernas y los brazos.

De repente, noté un cosquilleo en los labios y en el vientre.

¿Qué diablos me pasaba?

—Deja de meterme ideas absurdas en la cabeza —le pedí, esta vez en un tono de voz más bajo. Casi como si se tratase de una súplica—. Prince y yo jamás, bajo ninguna circunstancia, tendríamos un affaire.

Mariah se limitó a mirarme por encima del trozo del cruasán que aún devoraba.

—Eso decimos todos cuando no queremos caer en la tentación. ¿Y sabes qué ocurre al final, Mad?

Aunque esperaba una respuesta de mi parte, no se la di. Porque era jodidamente obvia.

Cuando uno se resistía a la tentación durante mucho tiempo, acababa por explotar y caer de lleno en ella hasta el fondo. Hasta que hacía daño. Hasta que te consumía.

La diferencia estaba en que Prince y yo no compartíamos esa preocupación. Los dos sabían cuáles eran los límites, y él tampoco es que hubiese mostrado interés alguno en mí.

Mientras eso siguiera así, todo iría bien.

—¿Podrías hacerme una lista de aplicaciones interesantes? —sugerí en su lugar.

Mariah se limitó a encogerse de hombros, coger boli y papel, y apuntarme un montón de nombres. De mejor a peor.

Agradecí que no continuase hablando de Prince y, a cambio, me ofreciera la oportunidad de conocer hombres que no hicieran tambalear los cimientos de mi relación con Max.

Aunque, para ser sincera, sonaba a que sería un esfuerzo casi titánico.