Capítulo 8
Cayden
Cuando mi teléfono sonó y vi que se trataba de Maddison, lo primero que pensé fue que le había pasado algo. De no ser así, no había razón alguna para que se pusiera en contacto conmigo.
Descolgué rápidamente y pegué el teléfono a mi oreja.
—¿Qué pasa?
—Te juro que un día voy a ponerte las pelotas de corbata, Prince.
Frunciendo el ceño, me recosté mejor sobre mi silla y comprobé que no eran más de las cuatro de la tarde.
—No te sigo.
—¿Por qué demonios has pagado tú la reforma de mi coche? ¡Reforma, además! El mecánico me ha dicho que has ordenado que me cambiaran el motor, un par de piezas y la tapicería. ¿Por qué?
Ah, eso.
Sí, ya intuí que se enfadaría por mi decisión, pero lo hice más por su seguridad que porque quisiera dejarme unos cuantos miles de dólares en un taller de mierda.
—Tu hermano me lo pidió —mentí. Esperaba que ella no lo notara—. Déjale que se gaste el dinero en lo que quiera, ¿o eso también te sienta mal?
—Os odio. A los dos. Sois peor que un puto grano en la frente.
—¿No se dice en el culo?
—Por lo menos ahí no se ven, Prince. A vosotros tengo la desgracia de miraros a la cara muchas más veces de las que desearía.
Solté una carcajada, y eso pareció irritarla más, porque bufó al otro lado de la línea.
—Relájate, Mad. Solo es una ayuda extra. Míralo por el lado positivo: si no te vuelve a dejar tirada, no tendré que ir a buscarte de nuevo.
—¿Y crees que eso me importa? Vas a hacer lo que te dé la gana. No es como si supieras decirle que no a mi hermano —escupió—. Vosotros dos os creéis Los Vengadores, pero sois Los Petardos.
»De todos modos, no hacía falta lo del coche.
—Se lo diré a Max.
La escuché caminando por algún suelo de gravilla, y luego subirse al coche, a juzgar por el portazo que dio.
A ese paso no le duraría nada la reforma.
—Espero por tu bien que no vuelva a pasar así, Prince. Empiezas a ponerme de mal humor.
No supe por qué, pero eso me agradó sobremanera. Como si el simple hecho de provocarle alguna emoción, aunque fuera negativa, se convirtiera automáticamente en la mejor maldita cosa del mundo.
Solo de imaginarla totalmente alterada, con las mejillas rojas y la mirada encendida, el calor en mi cuerpo subía al menos dos décimas.
Estaba tan jodido.
—Conduce con cuidado, Mad.
—¿Sabes, Prince? Espero que hoy tu café te envíe una media docena de veces al baño. Adiós.
Sonreí a pesar de su intento de maldición. Esa mujer nunca cambiaría.
Y esperaba que fuese así, porque siempre me había gustado esa personalidad explosiva y sin límites de Maddison.
Cuando llegué a casa, opté por coger mi ropa de deporte y largarme al gimnasio que teníamos en la última planta del edificio. Necesitaba un poco de desconexión. Música, algo de cinta. Nada más.
Pero incluso allí me perseguía la imagen de Maddison. Nítida como un atardecer en Florida.
No tenía ningún sentido que ella se metiera en mi cabeza. Había trabajado muy duro en todos aquellos años, más de cinco —y más de seis y de siete—, en olvidarla. En apartarla de mi radar.
Era la hermana de Max, joder.
La hermana de mi mejor amigo.
Si él se enteraba de que la deseaba, o que la había deseado en algún momento, se cabrearía un montón. Y lo entendía.
Aunque Maddison no era propiedad de nadie y podía elegir, eso no quitaba lo incómodo que se volvería todo si ella y yo…
Me froté la cara y resoplé. ¿Por qué le daba vueltas? Entre ella y yo no ocurriría nada. Jamás.
El móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué y vi que tenía un mensaje en la app de citas. No pensaba responder hasta que leí el nombre del remitente.
Joder.
Maddison:
El coche es una pasada, tengo que admitirlo.
Puse los ojos en blanco. Por supuesto que lo era. Indiferente del taller al que lo había llevado, les ordené comprar el mejor motor y la mejor tapicería.
Cayden:
Me alegra saber que es de tu agrado.
Maddison:
Esta app es una mierda.
¿Por qué la gente se complica tanto?
Cayden:
¿Problemas para conseguir una cita?
Maddison:
Eso parece.
En cierto modo, me alegré. No quería que se liara con cualquier idiota neoyorquino.
Cayden:
Entonces deberías desistir.
Es una señal.
Maddison:
Ni de coña.
Necesito que alguien me traiga de vuelta de este celibato absurdo, Prince.
Mierda. ¿Por qué me irritaba tanto que quisiera pasárselo bien? Su hermano lo hacía. Yo lo hacía. Y ella tenía todo el derecho a tirarse a quien le viniera en gana.
Ni siquiera se trataba de que fuese mujer o la hermana pequeña de Max. No era tan imbécil como para pensar que las mujeres no tenían derecho a vivir su sexualidad libremente. Mi problema residía en que era ella.
Y ninguno era yo.
¿Qué cojones estaba pensando?
Maddison:
Lo siento.
Tiene que ser incómodo escucharme hablar de sexo.
Cayden:
No te creas.
Maddison:
¿Eso quiere decir que te gustaría escucharme?
¿Hablando de cómo necesitaba a alguien que le hiciera disfrutar en la cama? Ni de broma.
¿Hablando de todas esas cosas que le gustaban en la cama? Esa idea me gustaba más.
Cayden:
Eres libre de hacer lo que quieras, Mad.
Ya decidiré yo lo que me interesa o no.
Maddison:
No estoy pidiendo un milagro, Prince.
A veces, una mujer todo lo que necesita es que la agarren del cuello y le digan lo sexy que se ve.
Esa imagen se dibujó en mi cabeza… y dentro de mis pantalones sentí cómo se agitaba mi polla.
¿Qué mierda…?
Detuve la cinta y miré el bulto repentino en mi ropa deportiva. ¿Por qué tenía que excitarme algo así? Viniendo de Mad, además.
La única mujer en el mundo que no podía tener.
Había perdido la jodida cabeza.
Apagué el móvil, incapaz de seguir conversando con ella después de imaginarla debajo de mí, con su delicado cuello apresado por mis dedos, mientras se retorcía y rogaba por más. El cabello rubio enredado sobre las sábanas, sus mejillas enrojecidas por el orgasmo.
Santa mierda.
Frustrado y enfadado conmigo mismo, subí de nuevo a la cinta, solo que en esta ocasión puse más resistencia.
Necesitaba gastar energía allí encima, o terminaría por pasarme toda la jodida noche en vela.