Saga Sin Reglas Capítulo 7
4%

Capítulo 7

Maddison

Estaba total y absolutamente frustrada sexualmente. Aquella era mi verdad.

Había pasado de tener una vida más o menos activa en cuestiones de cama, y desde hacía un año y medio todo era un desierto repleto de polvo. Sin nadie a la vista con quien poder pasármelo bien y volver a sentirme deseada.

Y no era una necesidad que opacara mi vida. Podía vivir sin sexo, como cualquier otra persona; simplemente no quería hacerlo.

Echaba de menos tener a alguien con quien poder desatar toda mi imaginación, y por eso mismo entré en una de esas app exclusivas en las que se apuntaba la gente para buscar una aventura de una —o varias— noches, pensando que tendría algo de suerte.

Que volvería a ese mercado que la vida me había vetado desde que mi ex prometido decidió que yo no valía la pena.

Puto gilipollas.

Mientras trabajaba encerrada en mi despacho, ocupándome de todos los clientes que nos llamaban o escribían en busca de un presupuesto ajustado, me entretenía mirando los perfiles de aquellos hombres que vivían en Manhattan y anhelaban lo mismo que yo.

Me sorprendió descubrir que muchos de ellos eran hombres exitosos, con dinero, buen trabajo, buena ropa… Pero que se sentían jodidamente solos a lo largo del día, o sencillamente no tenían tiempo de conocer a alguien cara a cara.

Nunca me había planteado con exactitud qué clase de hombre me atraía.

Normalmente eran los que me hacían reír.

Aquellos que eran divertidos, bromistas, y te hacían sentir una diosa en la cama.

Pero dado que mi ex resultó ser el mayor payaso de todo el circo, ya no buscaba risas, sino placer.

A secas. Sin chascarrillos de por medio.

Y en tanto deslizaba los perfiles con el dedo pulgar, mirando todos esos hombres que se ofrecían para una cita, apareció en escena el que menos esperaba.

No te creo.

Cayden Prince estaba en una app de citas. El muy imbécil me daba consejitos para que no me fuera con cualquiera… y él estaba mandándose mensajes con cualquiera que le hiciera caso.

De todos modos, ¿por qué me sorprendía? Era muy típico de él vivir rodeado de mujeres. Ya en el instituto y en la universidad le llovían ofertas, y aunque solía rechazarlas porque vivía por y para los estudios, lo cierto es que se le conocían bastantes amantes.

Sostuve el móvil en mis manos, preguntándome qué opinaría si le daba like. Y no porque me tentara la idea de tener una cita con él —eso jamás ocurriría—, sino por la cara que pondría al reconocerme. Al comprender que sabía su secretito.

Sonreí de medio lado y finalmente le di «me gusta» antes de bloquear el móvil y centrarme en mi trabajo.

Dos minutos más tarde, recibía un mensaje suyo a través de la app.

Cayden:

¿Debería preguntar qué haces buscándome por aplicaciones de citas?

Puse los ojos en blanco. El muy egocéntrico se pensaba que era el centro de todo, hasta de mi mundo.

Maddison:

Ha sido pura casualidad.

Cayden:

No sé si realmente sea el caso.

Maddison:

¿Por qué te buscaría? No soy yo quien hace de niñera en nombre de otro.

Ahí lo llevas, pensé, orgullosa de mi respuesta.

Aunque llevábamos una semana sin vernos, no dejaba de rondarme la idea de que Cayden aparecía en cualquier rincón donde me ocultase. Daba igual si vivía en Manhattan, Queen o en el puto Chicago; él siempre se tomaría la molestia en cerciorarse de que no estaba metida en un lío.

Cayden:

No he conocido persona más irritante y rencorosa que tú, Mad.

¿Qué haces en esta app, entonces?

Maddison:

Buscar a alguien con quien pasar un buen rato.

Cayden:

¿Y ya has tenido suerte?

Maddison:

Puede.

Cayden:

Vigila con quién pasas la noche, Mad.

Esta app está llena de lunáticos.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba. ¿Estaría preocupándose de verdad por mí o solo ejercía su papel de hermano mayor?

Maddison:

¿Tú también cuentas como uno?

Cayden:

Puede.

Mordisqueé mi labio inferior, conteniendo las ganas de seguir sonsacándole palabras a Cayden. Aquella era la primera vez que hablábamos sin que hubiese un conflicto de por medio. Al menos, desde que nos reencontramos en Manhattan.

En el pasado sí que llegamos a hablar mucho. Como Max se dormía temprano, Cayden sufría de insomnio y yo era curiosa por naturaleza, nos quedábamos en el salón, con dibujos animados de fondo y hablando sobre un montón de cosas.

Todavía atesoraba esos recuerdos en mi corazón. Cayden fue el único que entendió lo mucho que me apasionaba viajar, leer, la moda, el marketing… Todo aquello que hacía que mi corazón se acelerase.

Pero después de que él se largase a la universidad, nos alejamos casi por completo. Dejó de ser aquel niño curioso que cuidaba de la hermana de su mejor amigo para ser solo un hombre en proceso de convertirse en lo que se esperaba de él.

Maddison:

Entonces tendré que avisar al resto de mujeres de que Cayden Prince está suelto y es peor que el puto lobo en el cuento de Caperucita.

Cayden:

Caperucita siempre elegía al lobo, porque quería que se la comieran mejor.

Solté una carcajada, a pesar de notar una oleada de calor que subía por mi estómago.

¿Qué coño me pasaba?

Cayden estaba prohibido. No era una opción. Ni siquiera estaba en la lista. Él era… el amigo de Max. Casi como su hermano.

Ni de coña me pondría a tontear con él, ni mucho menos dejaría que mi cuerpo se emocionara ante el peso de sus palabras.

Maddison:

Suerte buscando a tu Caperucita.

Ni siquiera me respondió, y yo lo agradecí.

No quería más problemas.