Saga Sin Reglas Capítulo 6
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Capítulo 6

Cayden

—No te estoy siguiendo.

—Los cojones que no —bufó ella, y parecía totalmente ebria, a juzgar por lo mucho que le costaba sostenerse sobre los tacones—. ¿Desde cuándo vas tú a los pubs a bailar? Eso no se lo cree nadie, Prince.

Que me llamara por mi apellido, como siempre hacía cuando éramos más jóvenes y ella se irritaba por mis bromas sardónicas, me provocó cierto cosquilleo sobre la nuca.

Un cosquilleo cálido, de reconocimiento.

—Aunque no te lo creas, Mad, no eres el centro de mi mundo. Ni siquiera aunque tu hermano me lo pidiera de rodillas.

Sus mejillas se bañaron con un color rosado que se me antojó jodidamente apetecible.

—Seguro que te ha llamado, alarmado, porque estoy en un pub emborrachándome y bailando. Porque puede que esté follándome a alguien que no me trate bien. Como si él tuviera la oportunidad de evitarlo.

De solo imaginarla en brazos de otros, acoplada en un cubículo maloliente, dentro de los baños del pub, me provocó cierta náusea.

Nunca había imaginado que Maddison pudiera follarse a otras personas. En mi cabeza no había espacio para ello. Solo podía verla como aquella sombra irritante que nos perseguía a todos lados a Max y a mí.

Pero la mujer que tenía delante, con los ojos encendidos y el pelo rubio cayéndole por los hombros que el vestido dejaba a la vista, nada tenía que ver con la de mis recuerdos.

Esta que se plantaba delante de mí era mucho más segura, mucho más astuta… y mucho más sexy.

—Cree lo que quieras. Ni siquiera sabía que estabas aquí —mentí a medias.

La había visto bailar, pero nunca se me ocurriría increparle por ello.

—Porque tú nunca mientes, ¿verdad, Prince? —repuso, irónica.

Claro que mentía, pero solo en las reuniones de empresa. Y porque necesitaba conseguir lo que quería. ¿Pero fuera de mi trabajo? Jamás. Se me daba fatal ocultar lo que se me pasaba por la cabeza.

—Mad, tienes permiso de volver ahí dentro y seguir bailando si lo deseas. Me da igual. Tu hermano ni siquiera sabe que estás aquí. Creo que es consciente de que su hermana pequeña tiene derecho a divertirse siempre que quiera —la invité a seguir con su camino señalando la puerta del pub.

Ella entrecerró los ojos sobre mí.

—No quiero bailar. Estaba buscando a alguien con quien echar un polvo, joder. Y entonces te he visto y me has cortado el rollo —me acusó—. ¿Por qué siempre apareces en escena cuando mejor me lo estoy pasando?

—¿Disculpa? —la miré sin dar crédito a sus palabras—. Hace años que no te veo.

Ella no respondió, pero se echó el pelo hacia atrás, dejando en evidencia la aterciopelada piel de sus clavículas y su cuello, y eso me distrajo del todo.

—Por tu culpa siempre termino irritada. ¿Cómo voy a volver ahí dentro y buscar a un tipo con el que largarme a la cama, si me has puesto de mal humor?

—Ese no es mi problema.

—Claro que sí. Se suponía que iba a conocer a alguien que me hiciera sentir bien después de tanto tiempo. Después de él —se quejó, y parecía estar convenciéndose a sí misma, no a mí.

Tampoco hizo falta que me dijese quién era él. Lo supuse de inmediato: su ex.

El capullo que le puso los cuernos y luego la dejó.

De haberlo conocido en persona, le hubiese hecho una cara nueva. No entendía cómo Max podía estar tan tranquilo, sin defender a su hermana.

—A lo mejor no es el momento. A lo mejor es que no debo volver a tener una aventura con alguien, porque todos los tíos sois idiotas.

Contuve una carcajada, pero eso hizo que mi garganta doliera.

—¿Tanto necesitas el sexo?

Maddison me devolvió una mirada envenenada.

—Como todos, Prince. Con la diferencia de que yo llevo año y medio sin contacto humano, ¿entiendes? Es demencial. E injusto. Y todo por culpa de ese patán, que me hizo creer que era fea y sosa y poca cosa —gruñó, abrazándose a sí misma.

Aquella vulnerabilidad que presentaba no me trastocó tanto como el hecho de que su ex le hubiese hecho creer que era poca cosa. Ella. Una de las mujeres más bellas y sexy que había tenido la desgracia de cruzarme a lo largo de mi vida.

Y no se trataba solo de su físico —espectacular, si me preguntaban—, sino de su personalidad explosiva. De esa boca de pecado, pintada de rojo, y más que capaz de poner en su sitio a cualquier persona. O de sacarlo de sus casillas.

Seguro que sabía decir las cosas más obscenas y calientes del mundo.

No vayas por ahí.

Bajo. Ninguna. Jodida. Circunstancia.

—Si necesitas la aprobación masculina para ver lo que otros ya perciben de manera clara, Mad, igual es mejor que no te acuestes con ningún hombre. Primero deberías creerte que eres valiosa y atractiva —sugerí.

No supe por qué le solté aquello. Por qué busqué hacerla sentir bien, reconfortada.

Por qué estuve a punto de añadir “y cualquiera querría arrancarte ese vestido y hacerte gemir toda la puta noche”.

Seguramente era culpa del alcohol. De las dos copas que había consumido. De que conocía a Mad desde siempre.

¿Quién sabía?

—No necesito terapia psicológica, y mucho menos viniendo de ti, Prince. Todo el mundo sabe que le bajas las bragas a cualquiera que te haga arrumacos o te diga lo grandioso que eres.

Encajé bien su golpe bajo. Principalmente porque no era cierto.

—¿Celosa porque no es a ti a quien se las bajaría esta noche? —la ataqué de vuelta, sin embargo.

Ella sonrió de medio lado, alzando la barbilla.

—Ni en tus mejores fantasías, Prince, llegaría a ocurrir algo así.

La recorrí con los ojos desde la cabeza hasta los pies, recreándome en el escote que dejaba ver el vestido negro, en su cintura prieta y sus muslos torneados, y pensé que en mis fantasías no se vería tan jodidamente apetecible.

Por fin entendía a Adán y Eva, y la estúpida manzana. ¿Cómo no iba a querer morderla, si se veía deliciosa?

—Perdona, Cay —dijo Gideon, apareciendo de pronto—. Había una cola inmensa en el baño.

Mad miró al recién llegado y luego a mí, como si estuviera atando cabos. Entonces aflojó un poco la tensión de los músculos. Por fin admitía que no estaba allí por ella.

—¿Nos vamos?

Entonces Gideon reparó en Mad, y frunció el ceño.

—¿Es la chica del restaurante?

—No —gruñí—. Vámonos.

Una sonrisita apareció en los labios carnosos de Maddison.

—¿Te han dejado plantado hoy, Prince? Vaya, veo que no seré la única que dormirá sola esta noche. Qué lástima —suspiró con fingida preocupación.

—Regresa a casa y no te metas en líos, Mad —casi supliqué—. Y deja de pensar cosas que no son ciertas.

No lo dije por lo del supuesto plantón, sino por aquellos pensamientos intrusivos que la asaltaban. Maddison no era fea, ni poca cosa; en realidad, era brillante en muchos aspectos. Y me tocó los cojones darme cuenta que un bastardo sin oficio ni beneficio le había hecho creer lo contrario.

Ella bufó y me dedicó una peineta. Era su despedida favorita.

Aunque me fui con Gideon, no dejé de preocuparme por ella. Y de sentirme ofuscado al imaginar que finalmente encontraba a alguien y se lo llevaba a casa.

Eso último me tocó los cojones más que todo lo demás.