Saga Sin Reglas Capítulo 5
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Capítulo 5

Cayden

Lo de tener una cita con otra mujer había sido un completo desastre. Hasta el punto que ni siquiera me dejó acabar de cenar con ella; cogió sus cosas y se largó, solo porque fui bastante claro a la hora de responder a su única pregunta clave.

«¿Seremos algo más que simples amantes?».

¿Qué quería que le respondiera? ¿Un sí falso? Por dios, no era un mentiroso. Solo buscaba diversión sin dramas de por medio.

Pero la gente nunca lo entendía. Siempre exigían más con el tiempo. En todos los ámbitos de mi vida.

Más tiempo.

Más dinero.

Más implicación.

Siempre más, más, más.

Y nunca se detenían a pensar en qué cojones quería yo. Si me apetecía tener una relación, gastar más dinero del necesario en un proyecto o invertir mi tiempo en personas que no me aportaban nada.

¿Dónde quedaban mis deseos? ¿Acaso hablaba en un idioma diferente al resto? Porque no era de los que se ocultaban detrás de frases ambiguas, en realidad. La prensa hablaba de mi empresa y de mí como si fuera todo un rompecorazones. Un ser despreciable al que no le importaba nada.

Y en cierto modo, así era. Pero valoraba el tiempo y los sentimientos ajenos. Por eso trataba de no hacer promesas que no podría cumplir.

No conseguía sexo a cambio de una relación que no llegaría.

No le prometía a la gente que sería su amigo o un colega si no despertaban en mí un mínimo interés.

No gastaba más dinero del necesario en proyectos que sabía que no lo merecían.

A pesar de mi falta de emociones, era un tipo legal. No mentía ni jugaba sucio. Y, aun así, se cabreaban conmigo.

Todo. El. Maldito. Tiempo.

Suficiente por hoy.

Después de mi cita, de un par de gritos en el restaurante y una generosa propina para que no dijesen nada sobre lo ocurrido, decidí llamar a Gideon, mi único amigo en Manhattan.

El único hombre al que respetaba.

—¿Salir a estas horas? —escuché que se quejaba al otro lado de la línea—. ¿Por qué?

—Porque si me voy a casa con el cabreo que tengo, es muy probable que cause un montón de desperfectos.

Gideon carraspeó al otro lado.

—Siempre llegas al límite cuando me ha tocado trabajar hasta tarde.

Sonreí de medio lado.

—Invito yo.

—Solo faltaba. —Hizo una pausa—. Te espero donde siempre en veinte minutos.

Respiré aliviado. Con amigos, todo era mucho más soportable.

—Vas a tener que dejar de buscar ligues en esas apps ridículas en las que te apuntas —sugirió Gideon una vez nos acomodamos en la planta alta del pub, en esos sillones de cuero que, por suerte, olían bien—.

Todas —alzó el índice— todas las mujeres con las que sales están ansiosas por algo más. Y todas acaban enfadándose conmigo.

—Como si fuera mi culpa.

—No, ciertamente no lo es —corroboró—. Pero estaría bien que buscaras en otros lugares. Las personas que se apuntan a esas apps no quieren un polvo de una noche; quieren encontrar al amor de su vida.

No le llevé la contraria porque tenía razón.

Mi experiencia con esas aplicaciones era nefasta después de dos años de uso continuado.

Y se suponía que eran las más exclusivas de todas, de las que pagabas una cuota para encontrar a personas de tu interés, más allá del físico.

Con quien compartías trabajos con horarios imposibles, las ideas claras y nada de sorpresas desagradables.

Pero ni con esas conseguía que una sola mujer, una sola, quisiera pasárselo bien sin esperar un anillo de compromiso a los dos meses.

Y no creía que se tratase de mi forma de ser.

Era un capullo y lo admitía. Me gustaba demasiado estar a solas, trabajar, y solo salía si la cita me interesaba.

Tampoco hacía regalos, porque nunca me planteaba conocer tan a fondo a una persona como para saber qué le gustaría recibir sin que se lo esperase.

Me limitaba a buscar un sexo placentero y una química que fuese real, no bajarme los pantalones y ya.

Nada de relaciones, nada de anillos, nada de planes de futuro.

Pero no había suerte.

—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté, arqueando una ceja—. Se supone que no tienes citas con nadie.

—Claro que las tengo. Lo que pasa es que yo no tengo sexo con ninguna —aclaró.

Gideon abrazaba el celibato por decisión propia. Uno no podía esperar que alguien como él, decidido a convertirse en cura cuando aún vivía en Europa, decidiera lanzarse a los pecados carnales sin sentir nada por la otra persona.

Ya no quería pertenecer a la Iglesia, pero eso no lo alejaba en absoluto en sus convicciones. Si rompía su celibato, sería por la mujer adecuada. Jamás por alguien que no se quedara a formar una familia con él.

Lo cual era bastante irónico, porque, visto desde fuera, Gideon parecía aún más frío e inaccesible que yo.

Era el claro ejemplo de «nunca juzgues un libro por su portada».

—No sabes lo que te pierdes.

—Que me atosiguen por teléfono en busca de una relación seria, por ejemplo —encogió uno de sus hombros, burlón.

Apreté los dientes y le di un sorbo a mi copa.

Touché.

—Solo quiero una mujer que no se raye porque no la llame durante dos días seguidos. Que comprenda que mi trabajo es importante y que no estoy buscando tener un hijo al quinto mes de estar acostándonos. No es tan difícil —hice una mueca, balanceando la copa en mi mano derecha—, maldita sea.

—Para encontrar a esa mujer, la vas a tener que buscar en otro lado. ¿Por qué no en un pub?

—Porque la química no nace de un intercambio de miradas. Eso solo ocurre en las películas —resoplé.

Gideon me devolvió la mirada, con esos inquietantes ojos azules buscando una grieta en mi armadura por la que poder entrar con sus argumentos irrefutables.

—Solo quieres sexo, ¿no?

—De calidad.

—No —sacudió la cabeza—. Quieres sexo con alguien que se adapte a ti y te la ponga dura bajo cualquier circunstancia.

Es distinto. Uno puede follar una noche en un bar, pasárselo de puta madre e incluso querer repetir alguna vez más.

Y eso es sexo de calidad —recalcó—. Pero tú no buscas eso.

Tú estás a la espera de una compañera que sepa de tus intenciones con solo leer una respuesta tuya en el móvil, aunque sea un simple «hoy trabajo hasta las ocho».

Una mujer que sea un reflejo de tu propia lujuria.

—A veces me toca los cojones que seas tan místico.

Gideon soltó una carcajada.

—Amigo mío, te queda mucho para hallar a esa mujer. Y no están en ninguna aplicación, créeme.

Ya lo sabía.

Por eso me negaba en rotundo a seguir pagando por pasarlo bien. Total, luego era un quebradero de cabeza. Una escenita en el restaurante de rigor porque no quería algo oficial y cerrado. Como si yo fuese algo que se compra o se alquila.

Eché un vistazo por el pub, más por curiosidad que porque buscase a alguna mujer interesante, y el corazón me dio un vuelco al reconocer a la rubia que balanceaba las caderas en mitad de la pista.

La última vez que la vi bailar, fue en la boda de su prima. Nos invitaron a todos, y ella lo dio todo con canciones latinas. Fue tan hipnótico.

Pero en esta ocasión no quedaba nada de aquella veinteañera que quería llamar la atención y demostrar que era muy buena con música de fondo. La mujer que bailaba en la pista era alguien ansiosa por encontrar a una presa.

Y lo sabía porque entre depredadores nos reconocíamos; aunque cada uno tuviera su propia forma de caza.

—¿Cayden? —llamó Gideon al ver que no le prestaba atención.

—Perdona, ¿qué decías?

—Que debo marcharme si mañana quiero estar fresco para hacer mi trabajo.

—Ah, sí —miré la hora en mi reloj. Las dos de la mañana—. Sí, vayámonos.

Gideon me miró, intrigado, pero no dijo nada.

Abandonamos la zona VIP donde nos acomodábamos siempre y bajamos por las escaleras.

Eché un vistazo hacia la pista, pero ella ya no estaba allí. Seguramente ya había echado el lazo a alguien.

Pensar en ello me revolvió un poco el estómago.

Menos mal que Max no tenía por qué enterarse de eso.

Gideon se excusó un momento, diciendo que necesitaba ir al baño, y yo abandoné el pub antes de que mi cabeza se quebrase por la música sonando a toda pastilla. Además, un poco de aire fresco me sentaría genial.

—¿Por qué cojones me sigues de nuevo, Cay? —exclamó una voz femenina, alta e irritada, detrás de mí.

Elevé la vista al cielo y contuve una maldición.