Saga Sin Reglas Capítulo 4
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Capítulo 4

Maddie

—¿Puedes dejar de golpear la mesa con el lápiz? Me pones histérica.

Judah levantó la mirada del manojo de papeles que había desperdigados sobre la mesa e hizo una mueca.

—Trato de pensar en cómo organizar esta pedida de mano. Están pidiendo demasiadas cosas.

—Podemos hacerlo. Es nuestro trabajo. Contratar el cáterin, los decoradores… todo eso.

Judah sacudió la cabeza. A veces era un poco neurótico.

—¿Por qué nunca te alteras por nada? En serio, me gustaría saber qué clase de té bebes para que vayas por la vida como si nada te preocupara.

Solté una carcajada al escucharle.

Si él supiera.

—Claro que me carcomen muchos temas, Jud. Pero intento ser profesional cuando estoy en mi puesto de trabajo.

—Gracias por el golpe bajo.

—Cuando quieras, cariño —guiñé un ojo—. Tal vez deberíamos probar ese nuevo cáterin que han abierto, al que nos invitaron la semana pasada.

—¿Y si lo hacen mal?

—¿Por qué iba a pasar tal cosa? —me acerqué a la mesa y señalé la lista de requerimientos—. Excepto por dos invitados que son celiacos, los demás no tienen alergias ni contraindicaciones. Podríamos sugerir un cóctel desenfadado con un montón de platos de diferentes países.

—Pero es una pedida de mano.

—A nadie le importará comer un poco de lasaña de ricota con espinacas o un pedazo de pastel de calabaza —hice un aspaviento con la mano—. Céntrate, Jud.

Mi compañero resopló y se alejó de la mesa al mismo tiempo que se estiraba.

Llevábamos dos malditas horas poniéndonos al día. Teníamos un montón de trabajo para los próximos meses y apenas podíamos contar con el resto del equipo, porque se encargaban de cumplir con los plazos de los pedidos anteriores. Los que debían llevarse a cabo en estos días.

Aun y con todo, no me molestaba quedarme más tiempo en el trabajo.

De todos modos, no me esperaba nadie en casa.

Y Judah era un buen tipo. Tanto él como la secretaria de nuestro jefe, Jane, eran las dos únicas personas que me prestaban algo de atención.

Los dos únicos colegas que tenía en Manhattan.

Así que trabajar codo con codo con ellos no me suponía un reto.

Que Cayden Prince apareciera de la nada, sí.

Menos mal que no había vuelto a verlo, o hubiéramos tenido un problema muy gordo.

No necesitaba una estúpida niñera. Se lo dejé claro a Max, mi hermano, pese a sus protestas. Era una mujer adulta, por el amor de Dios. ¿A quién se le ocurría ponerme un puto localizador en el móvil?

A pesar de mi enfado, no me arrepentía de haber visto a Cayden de nuevo.

Despertó ciertos recuerdos en mí que creía olvidados.

De cuando aún éramos unos críos y jugábamos en las playas italianas, con un montón de sol pegándonos de lleno sobre la nuca y la piel, con ese olor a salitre que se nos pegaba al cuerpo y al pelo, y con esas risas que no parecían fingidas.

¿Quedaría algo de aquel niño en el hombre que era ahora?

Lo dudaba.

Cayden no era precisamente el rey del mambo. No solía mostrar la mayoría de sus emociones. Prefería ser un trozo de hielo antes que dejar caer una sonrisa desganada. Y no necesitaba sentarme a tomar un café con él para comprobar que eso no había cambiado en absoluto.

Pero ya no importaba.

Cayden solo era el mejor amigo de Max. Ni siquiera fue amigo mío. Yo siempre fui la hermana pequeña, la que los seguía a todos lados y los molestaba. Algo así como un insecto pesado.

Y aun así… Aun así, recordaba perfectamente todas esas emociones que despertaba en mí cuando empezamos la edad adulta. Cómo dentro de mi estómago palpitaba una llama.

Si me obligaran a confesar quién fue mi primer flechazo, no me hubiese quedado más remedio que admitir que fue Cayden.

Siempre fue él.

A pesar de estar jodidamente descartado de mi lista.

—¿Te apetece si tomamos algo hoy? —sugirió Judah después de ordenar los papeles—. Mariah, tú y yo.

—Claro, ¿por qué no? Sudar en una pista de baile es de mis pasatiempos favoritos.

Judah se rio.

—Te vendrá bien despejarte.

—¿A mí o a ti? —enarqué una de mis cejas.

—A los dos.

Sonreí de medio lado y le quité el taco de folios para colocarlo sobre mi mesa.

Los revisaría al día siguiente, con calma.

Necesitaba decidir qué cáterin trabajaría para según qué eventos.

No todos los clientes tenían las mismas necesidades.

Algunos eran jodidamente desesperantes. Un montón de quejas y normas absurdas a tener en cuenta.

Trabajar me ayudaba a sentirme valiosa, era cierto, y me alejaba de aquella asfixiante necesidad de llenar todos mis vacíos con el primer imbécil que se cruzara en mi camino.

Desde que mi ex me dejó, tras ponerme los cuernos —el cuento más viejo de la historia—, no pensé que volvería a sentir el deseo de abrazar otro cuerpo, y no de manera cariñosa o fraternal. Hablaba más bien del deseo.

Echaba mucho de menos sentirme deseada, aprisionada contra la cama o contra la pared —o cualquier maldita superficie— por un cuerpo mucho más grande y duro que el mío; pero igual de cálido.

Siempre me había considerado una mujer pasional, amante del sexo; ya fuese en pareja o casual.

Pero ahora no sabía cómo gestionarlo. En Manhattan no conocía a nadie, y Judah quedaba descartado.

Ya no solo porque no me atraía en absoluto, que también, sino porque sabía lo terrorífico que podía resultar mezclar el placer con el trabajo.

Así que salir de fiesta, tomar algo, me ayudaría a conocer gente. Alguien que despertara en mí el deseo incontrolable que amenazaba con quemarlo todo. Que quemaría cada fibra de mi ser hasta dejarme temblorosa y sudorosa y totalmente saciada.

—De acuerdo. Pero tengo que pasar antes por casa.

—¿Y eso? —preguntó, intrigado.

—Tengo que ponerme ropa decente. Hoy es noche de cacería —repuse, encogiéndome de hombros.

Judah soltó una carcajada, y yo me sentí mucho más animada.

Estaba completamente segura de que esa noche podría cruzarme de una buena vez al hombre que sacaría las telarañas a este cuerpo entumecido.