Saga Sin Reglas Capítulo 3
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Capítulo 3

Cayden

—Señor Prince, tiene una comida hoy con Gabriel Porter, ¿quiere que le envíe al chófer quince minutos antes?

Presioné el tabique de mi nariz con los dedos al recordar aquella estúpida cita que tenía con uno de los abogados más reconocidos de Manhattan.

Tendría que haber supuesto que no se echaría atrás ante la inminente caída de su empresa.

Ese edificio era un desastre, estaba a poco más de un par de años de venirse abajo, y a mí me interesaba muchísimo su ubicación.

Si lo echaba abajo, me podría permitir construir un centro comercial tan atractivo que me darían millones a cambio en su venta. Toda una ganga. Pero el estúpido de Porter no hacía más que poner pegas por todo. Solo buscaba dinero, mucho dinero, y no me daba la gana de ceder a sus caprichos.

Tarde o temprano conseguiría lo que me proponía.

Rara vez fallaba en mis negocios. Era el puto amo cuando me sentaba en aquella silla, con los rascacielos de fondo, y me dedicaba a buscar las mejores fincas del país para restaurarlas y venderlas por el triple de lo que a mí me costaban.

¿Una granja en Montana? Hecho.

¿Un puto restaurante especializado en comida japonesa? Fácil.

¿Un edificio de oficinas? No había más que hablar.

Cualquier. Maldita. Cosa.

Pero, de vez en cuando, me topaba con clientes difíciles como el señor Porter. Clientes que se consideraban más inteligentes y más astutos que yo, o que mi equipo, y jugaba a marear la perdiz para que le subiéramos el precio base de la oferta.

Lo que Gabriel Porter no sabía era que había nacido para aplastar a los arrogantes como él, y no me temblaría el pulso a la hora de acorralarlo contra las cuerdas y obligarlo a recular. E incluso a hacerme él una oferta aún más baja.

—No será necesario, Lisa, gracias.

—¿Entonces quiere que cancele su cita con el señor Porter?

—No.

—Pero…

—No te preocupes, Lisa. Está todo bien.

—De acuerdo, señor.

En cuanto dejó la línea libre, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que podía echarme un cable con aquel imbécil.

Max respondió al tercer tono.

—Espero que seas consciente de la diferencia horaria que existe entre nosotros —fue su saludo.

—Necesito que investigues a uno de mis clientes.

Max resopló al otro lado.

—¿Otro niño rico que no sabe qué hacer con su herencia?

—Un hombre que ha decidido tocarme los cojones, a secas.

Mi amigo se rio al otro lado de la línea.

Max y yo nos conocimos en el colegio, cuando aún vivía en Londres, junto a mi abuela y mi padre.

Tanto su familia como él me acogieron debajo del ala al enterarse que mi madre murió de cáncer cuando yo solo tenía diez años.

Y aunque para mí nunca fue un drama —apenas tenía recuerdos de aquella época—, lo cierto es que me caían bien y me habían tratado como a un hijo más.

Estrechamos lazos tan rápido que parecíamos hermanos de verdad. Hermanos de sangre. Y nuestro afecto estaba basado expresamente en la lealtad que nos teníamos el uno al otro.

Por eso, cuando Max me dijo que Maddie se mudaría a Manhattan, sospeché que me pediría que la vigilase desde lejos.

Nunca imaginé que se volvería tan loco como para ponerle un localizador en el móvil, pero no me metería en sus asuntos familiares.

A fin de cuentas, Mad era lo más preciado de mi amigo.

La persona a la que más quería en el mundo.

En todo caso, acepté porque Max siempre me hacía favores a mí. Favores fuera de la ley, por supuesto.

Gracias a su posición como uno de los mejores abogados londinenses, podía conseguirme información muy valiosa de algunos clientes que se ponían difíciles. Investigaba sobre él y me pasaban un informe, y yo me cercioraba de que firmaban el contrato que les ofrecía.

Era un cabrón, sí. Pero un cabrón inteligente.

—¿Cómo se llama?

—Gabriel Porter.

Hubo una pausa, y supuse que estaba apuntando el número.

—Si te digo la verdad, no debería hacerte más favores, cabronazo. ¿Te haces una idea de la que me ha liado Maddie? Tenías que vigilarla, no decirle que eras su niñera.

Ah, sí. Mierda.

Casi se me había olvidado el enfado de Mad.

La buena y loca de Mad.

Hasta el nombre le pegaba.

Cuando la vi en aquel callejón, después de cinco años sin saber nada de ella, más allá de sus redes sociales, sentí que algo o alguien me presionaba las costillas hasta casi astillármelas.

¿Cómo había conseguido dar semejante cambio en tan poco tiempo?

La recordaba como aquella estudiante con gafas de pasta, el pelo rubio y los ojos marrones, siempre pintados de negro, y las camisetas de grupos de metal que ponía a toda leche en su habitación.

Pero la mujer que se plantó delante no era en absoluto aquella adolescente. En realidad, era una mujer preciosa.

Jodidamente sensual.

Y había cambiado sus zapatillas de deporte por unos tacones que estilizaban sus largas piernas y realzaban sus caderas.

No vayas por ahí.

—Tu hermana no es imbécil. Es obvio que se iba a dar cuenta de todo.

—Tendrías que haber sido más sutil.

—Aparezco de la nada y le ofrezco mi ayuda, ¿de verdad pensabas que era una idea inteligente?

Max resopló al otro lado.

—Estoy intentando que entre en razón y vuelva a Londres, pero no hay manera.

—Deberías limitarte a respetar sus decisiones.

—¿Para qué? —rezongó—. ¿Para que aparezca otro imbécil y le haga daño?

—No; simplemente porque la respetas.

Escuché cómo bufaba.

—¿De parte de quién estás?

—A mí no me metas en tus historias —le advertí, casi aburrido—. Solo intento decirte que no te saldrá bien acorralar a Maddie bajo tus normas.

—Pues se va a tener que joder —soltó de sopetón—, porque trabaja con un imbécil.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Jonas Hale es el dueño de la empresa en la que trabaja. No es trigo limpio, Cay. Lo estamos investigando desde hace tiempo por otra empresa que tuvo —y que sospechamos que sigue teniendo— en Tailandia.

No me gustó un pelo cómo sonaba aquello.

—¿De qué estamos hablando?

—Pornografía infantil.

Joder.

Con los hombros tensos, me incliné sobre el escritorio y bajé la voz.

—¿Por qué no se lo dices?

—Porque pensará que es una excusa de las mías y que solo busco fastidiarla.

—¿Y te sorprende?

—Joder, Cay. Colabora un poco. Es mi hermana.

Cerré los ojos y contuve un suspiro.

—Muy bien. ¿Y qué quieres que haga?

—Sigue vigilándola. No quiero que le salpique cuando todo estalle. Están interviniendo muchos altos cargos en esta investigación. Y ella es demasiado buena, ¿sabes? Seguro que se fía de ese gilipollas.

Yo también lo creía.

—Me debes una muy gorda, Max.

—Gracias —respiró con alivio—. Te llamaré cuando sepa algo de ese tal Gabriel.

—Muy bien.

Corté la llamada, de lo más intranquilo.

¿Qué se suponía que debía hacer yo para mantener a Maddie cerca? ¿Quería hacerlo, de todos modos?

Si pensaba en ella, notaba aquel interés que florecía en mi interior, y eso era muy peligroso. Las hermanas de los amigos no se miraban. Bajo ningún concepto.

Pero, maldita fuese, tenía ojos en la cara. Y ciertamente ella era jodidamente atractiva. Siempre lo fue.

Y encima me tocaba a mí asegurarme que no metía las narices donde no debía. Estaba jodidísimo.

Solo había una forma de lidiar con todo aquello, y era centrándome en otras mujeres. Cualquiera que levantase un poco de interés en mí. Lo demás ya no importaba.