Capítulo 2
Maddison
—Estaría bien que dejaras de fulminarme con la mirada. Si en vez de pupilas tuvieras pistolas, ya me habrías dejado como un colador.
Mi respuesta fue una simple mueca con la boca.
Todavía me duraba el enfado. Sonaba demencial que mi hermano le hubiese pedido a Cayden que me custodiara y se presentara donde hiciera falta para protegerme. No se fiaba una mierda de mí, y su falta de confianza era hiriente como echar sal a un corte.
Se suponía que iba a comportarse como un adulto funcional, no como un padre furioso que no soportaba ver a su hija independizándose al otro lado del mundo. Pero, tal y como solía ocurrir siempre, Max actuaba por libre y pasaba por encima de mis propios deseos.
—¿Esto va a ser así siempre? —pregunté—. ¿Vendrás a por mí cuando creas que estoy mal?
—¿Preferirías estar sola completamente?
—Tengo amigos en Manhattan.
—Pero no has llamado a ninguno.
—Trabajan —rezongué, y noté que las mejillas me ardían ligeramente.
Cayden no apartó la mirada de la carretera en ningún maldito momento.
—También yo, y aquí estoy.
—Porque te comportas como el perrito fardero de mi hermano, no porque lo desees. Son dos cosas muy diferentes.
El músculo que palpitó sobre su mandíbula me dejó claro que no le había gustado nada mis palabras. Que le irritaba sobremanera ser visto como una marioneta en manos de otra persona. Pero no me importó.
También tenía derecho a desahogarme.
—Lo que tengas que discutir con Max, háblalo con él.
—¡Genial! Ahora es buena idea contar con la opinión de los demás, pero ninguno pensó en lo terrible que sonaba lo de ponerme una estúpida niñera solo porque soy mujer.
—¿Qué? —Cayden parecía desconcertado—. ¿Crees que esto es porque eres mujer?
—Oh, por supuesto. Si fuera hombre, no tendríais miedo de que me metiese en líos.
—Tu hermano te cuidaría aun así. Parece mentira que no lo conozcas.
El problema es que sí lo hacía. Habíamos compartido el vientre de la misma mujer, la misma casa, las mismas peleas infantiles y los mismos dilemas a la hora de escoger dónde asentarnos. ¿Cómo demonios no iba a conocer lo que se le pasaba por la cabeza a Max?
—Además, sí que estabas en apuros. ¿Cómo demonios te internas en ese lado de la ciudad con el coche dándote problemas?
Su acusación sonó tan mal que sentí cómo me encogía ligeramente en el asiento.
—Tenía que ir a recoger un par de cosas en la tintorería. Pensé que iría más rápido si atajaba por allí. Y tampoco es culpa mía que los talleres de esta ciudad estén colapsados y ninguno acepte arreglarme el coche.
—¿Qué le ocurre?
—El motor se sobrecalienta. Es muy probable que le falte una puesta a punto.
—¿Dónde cojones conseguiste esa chatarra?
Ah, ahí estaba el verdadero Cayden. El que soltaba tacos cuando no sabía cómo tratar con una situación que le parecía absurda.
—Me la cedió el padre de un compañero de trabajo.
—Y te pareció buena idea —Cayden sacudió la cabeza—, manda cojones.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa? No todos tenemos la suerte de conseguir lo que deseamos con solo poner una firma en un talonario.
—Se supone que has venido con ahorros suficientes como para conseguir un coche mejor, Mad.
—Así que eso también te lo ha contado mi hermano. ¿Hay algo más que hayáis hablado sobre mí, pedazo de cotillas?
Como el siguiente semáforo se puso en rojo, Cayden detuvo el coche y aprovechó la breve tregua para mirarme con esos ojos imperturbables.
—Entre otras cosas, que tu prometido te dejó y estás hecha polvo. También que llevas un retraso en la regla de tres meses, y que es probable que estés embarazada. Por no hablar de que decidiste dejar en Londres de la noche a la mañana para no ver cómo tu ex se casaba con otra.
Vaya, pues sí que le había contado mi vida. Y encima haciéndolo parecer un drama turco, de los que echaban en la televisión.
—Por favor —bufé—, no estoy embarazada. Principalmente porque Logan y yo llevábamos sin follar más de un año.
Se estaba acostando con otra, ¿por qué motivo querría estar conmigo?
—aunque esa parte de mi vida aún me afectaba negativamente, lo dije en tono jocoso.
Para que Cayden no entreviese ese atisbo de rabia y tristeza que aún me embargaba cuando traía a colación todo lo que soporté por algo que pensaba que era amor de verdad—.
El estrés hace que se te retrase la regla.
Aunque tampoco entiendo qué os importa eso.
Poniéndose en marcha de nuevo, Cayden se limitó a encoger uno de sus hombros.
—Max tiene derecho a saber si va a ser tío.
—Ya, claro. Porque entonces enviaría al putísimo FBI a vigilar mi nuca, ¿verdad?
Un amago de sonrisa pareció asomar en sus labios. Me pregunté si Cayden sabría lo que era reír.
—Veo que no has dejado de ser una malhablada en todo este tiempo. Ese carácter tuyo es ingobernable.
Lo miré con una ceja arqueada y una sonrisa burlona.
—Hay cosas que nunca cambian.
—Y otras que cambian por completo.
No supe a qué se refería, pero no le pregunté. Cayden siempre guardaba sus pensamientos en lo más profundo de su ser, así que indagar en él no era más que una pérdida de tiempo.
Lo aprendí cuando veraneábamos los tres juntos en casa de mis padres, al sur de Italia, aquellos largos días de agosto. Cayden casi nunca hablaba de sí mismo, y rara ver exteriorizaba un pensamiento o emoción, más allá del hambre o el aburrimiento.
En cierto modo, me preocupó que veinte años después siguiera en la misma línea. No podía ser sano ocultarlo todo bajo la alfombra. Al final, aunque uno no quisiera, la mierda siempre salía a la luz.
—Gracias por recogerme, Cayden. Pero preferiría que mi hermano y tú dejarais de tratarme como a una cría. Ya no lo soy.
—Eso es evidente.
Lo dijo en un tono de voz ronco, como si le costara aceptarlo o le provocase cierta rabia.
Pero eso no tenía sentido alguno.
—Tengo derecho a vivir mi vida, ¿vale? Vosotros siempre hacéis lo que os viene en gana, y yo quiero seguir mis propias reglas. Es lo justo.
Aunque al principio no dijo nada, supe que me entendía, en cierto modo.
Sus padres también lo vigilaban muchísimo cuando era más joven.
Cuando apenas empezaba su incursión en el mundo adulto, después del instituto, y lo forzaron a estudiar Economía y Derecho, todo a la vez, para convertirlo en un hombre de éxito.
Nunca le permitían salirse de la línea que trazaban para él, y tampoco salir con mujeres que no pasaran una criba. Si era de casta inferior, si provenía de una familia que no les gustara, la descartaban y Cayden ya no volvía a llamarla.
Siempre me quedó la duda de por qué accedía a todo aquello. Resultaba inhumano, visto desde fuera. Como si Cayden no fuera una persona, sino un prototipo de robot creado única y exclusivamente para obedecer, para trabajar y amasar dinero. Pero no para amar.
Nunca para amar.
—¿Dónde vives?
—En la 31.
Cayden asintió.
Supuse que no quería seguir hablando de mi hermano y esa deuda que mantenía con él. Porque si Max le pedía algo, él lo cumplía sin rechistar. Era demasiado sospechoso.
Seguro que tenían algún negocio turbio entre los dos.
—Sobre lo de que Max esté poniendo el foco en ti, Mad, tal vez no sea algo tan terrible. Si yo estuviera en su lugar, tampoco querría que te pasara algo solo porque no me paro a mirarte más de tres segundos.
—Así que tú también asumirías el papel de padre en lugar de hermano, eh —bufé.
Cayden no respondió, pero tampoco me dio la razón con un movimiento de cabeza.
—Quiero mucho a Max, pero ya somos mayorcitos.
Esto no es un viaje de Erasmus, Cayden. Estoy viviendo mi jodida vida con veintisiete años, tal y como deseaba —dejé claro—.
Vosotros tenéis treinta y tres, y lleváis desde los veinte haciendo lo que os da la gana.
Viajando por el mundo, cumpliendo metas, ganando dinero…
Ahora me toca a mí. He estudiado y trabajado muchísimo para alcanzar el puesto que tengo.
—Pero hubo un tiempo en que quisiste ser fiscal.
—Hasta que descubrí que nunca tendría la templanza que se requiere para ese trabajo —cabeceé.
En parte sorprendida porque recordara mis sueños de juventud—.
Por eso estudié marketing y comunicación, hice varios másteres y ahora dirijo a todo un equipo de cáterin en el mismo corazón de Manhattan.
En pocos meses he trabajado incluso preparando la fiesta de cumpleaños del alcalde. No todos pueden decir eso.
El orgullo me ahogaba por completo cuando recordaba aquella fiesta, y todas las que vinieron después.
Trabajábamos con gente muy exclusiva y preparábamos las mejores celebraciones.
Ya fuese en los magníficos hoteles Crown o en restaurantes privados, mi empresa abastecía con todo lo necesario a sus clientes. Éramos los mejores, joder.
—Entiendo que te tire el cariño fraternal hacia Max, pero deja de tocarme las narices, por favor —añadí.
Cayden tensó los dedos alrededor del volante.
—Muy bien.
—Y ya que te pones, borra también mi número de teléfono de tu agenda. O mejor aún, cambiaré mi teléfono. Porque está claro que tiene algún tipo de localizador, ¿verdad? Por eso sabías dónde coño estaba.
Cayden apretó los labios.
Bingo.
Max iba a pagarme muy caro su atrevimiento.
—No sé si estoy sea lo correcto.
—Yo misma decidiré qué es correcto y qué no, Cayden.
Ninguno de los dos volvió a hablar en lo que llegábamos a mi casa.
Cuando él dejó el coche en la acera de enfrente, me quedé mirando su perfil unos segundos.
Apenas reconocía al chico con el que jugaba en la piscina cuando éramos pequeños, pero también quedaba una sombra de él ahí, debajo de su expresión neutral.
Hubiese preferido un reencuentro en otras circunstancias, pero estaba claro que entre los dos, la lógica nunca existiría.
—Nos vemos, Cayden. Espero que en medio año o más —fue mi despedida.
—Buenos días, Mad.
No supe por qué, pero me dio la impresión de que esas tres palabras sonaron más a «que te lo has creído, guapa» que a una simple despedida.