Saga Sin Reglas Capítulo 1
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Saga Sin Reglas

Saga Sin Reglas

Por Hollie Deschanel

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Capítulo 1

Maddie

No, no, no.

No podía estropearse el coche. Otra vez.

Llevaba toda la semana dando problemas y el maldito taller todavía no me había devuelto la llamada para poder repararlo.

¿Qué les costaba hacerme un hueco a última hora?

Al parecer, en una ciudad como Manhattan no existía tal cosa.

Para mi mala suerte, me tocaba joderme y debatir entre golpear el claxon hasta desahogarme o llamar a la grúa.

—¿Todo bien? —preguntó alguien cuando se asomó a ver qué ocurría. Era un tipo desgarbado, con un par de dientes menos—. ¿Necesitas ayuda?

—No, gracias. Es que he potado —mentí.

Hizo una mueca de asco y se alejó de inmediato.

No necesitaba que me echase un cable un tío que tenía toda la pinta de ir robando a los pobres incautos, para luego ir a comprar la mejor droga de la ciudad.

Algo parecido le había ocurrido a Judah, mi compañero de trabajo, unos días antes. Se despidió de su novia en el portal y un par de metros después lo estaban apuntando con una navaja.

Gracias, pero no.

Prefería mil veces conservar mis tarjetas de crédito y mi teléfono.

Traté de llamar a la grúa, pero nadie me cogió la llamada. Insistí durante quince largos minutos, y lo único que conseguí fue aprender de memoria la melodía que ponían en espera. Una de esas tan similares a las nanas para los niños.

¿Por qué todo me pasaba a mí? ¿Es que la mala suerte me perseguía y yo era muy lenta?

Abandoné el coche, cerrando de un portazo, y comprobé que todavía era de día. Me encontraba en uno de los callejones menos concurridos de la ciudad. La mayoría no solía quedarse mucho tiempo por allí. Manhattan era bonita, pero podía convertirse en una trampa mortal a según qué horas y qué días.

Caminé hasta el principio del callejón y me asomé. Tenía la esperanza de que pasara algún taxi cerca. Estaba segura de que me harían más caso si me presentaba en la oficina de la grúa directamente y les exigía que vinieran a remolcar mi coche. Por las malas, todo funcionaba mejor.

Esperé durante diez minutos y tampoco pasó un taxi. La paciencia comenzaba a abandonar mi cuerpo. No era posible que todo fuese mal esa mañana.

¿Qué más me ofrecería el universo? ¿Un zapato roto?, ¿que el rímel se me corriese? ¿O que Netflix decidiera cancelar otra de mis series favoritas por baja audiencia?

—Joder. Es que esta ciudad saca lo peor de mí —maldije—. Maldita sea la hora en que acepté venir a trabajar aquí.

—No recordaba que tuvieras la boca tan sucia —dijo una voz a mi espalda.

De inmediato noté un escalofrío bajándome por la espina dorsal. Reconocería ese tono en cualquier lugar del mundo. Gran parte de mi adolescencia me la pasé escuchándolo hablar sobre coches, videojuegos y cómics, sentado junto a mi hermano, con el pelo más oscuro y los ojos más azules del mundo.

Tragué saliva y me giré para comprobar que no era fruto de un delirio transitorio. Pero no, allí estaba él. Cayden Prince en persona. Enfundado en uno de sus tantos trajes caros, hechos a medida, y perfectamente peinado y afeitado. Porque ofrecer una mala imagen jamás entraba entre sus planes.

—Cayden —murmuré, y debí ofrecerle una imagen similar a quien ve un muerto levantarse de su ataúd.

Él se limitó a mirarme, sin mostrar expresión alguna.

No era de los que sonreían o reían a menudo, y tampoco daban abrazos o dos besos, como en Europa. A Cayden solo le gustaba acariciar billetes y culos femeninos que se le ofrecían en bandeja. Por lo menos, eso es lo que se decía de él.

La prensa no siempre hablaba con la verdad por delante.

—¿Un mal día? —preguntó, y sonó un tanto socarrón.

—No te imaginas cuánto. —Fruncí el ceño al darme cuenta de dónde estábamos—. ¿Qué haces en este lado de la ciudad? ¿Y cómo me has reconocido?

Llevábamos tanto tiempo sin vernos que era un milagro que se acordara de mí.

—Uno de mis socios ha tenido un accidente. Y jamás me podría olvidar de tu cara, Mad.

—¿Contigo? —exclamé, obviando su última frase.

No quería ponerme más nerviosa.

—No. Pero no es la primera vez que se inventa una enfermedad o traumatismo que no existe para seguir ganando su sueldo sin verse obligado a trabajar.

Ah, eso tenía más sentido.

Noté cierto alivio.

—Has venido a comprobar que era cierto —dije.

—Exacto.

Me extrañó, eso sí, que uno de sus empleados viviese por allí cerca. Con el dinero que les pagaba, se podían permitir un ático prácticamente donde quisieran. En la empresa Prince no escatimaban nunca. Tenían hasta un puto spa en las entrañas de su edificio.

—Y… ¿lo era? —pregunté, más por llenar el silencio que por curiosidad.

Nunca pensé que mi reencuentro con Cayden fuera a suceder tan pronto. Habría necesitado unos cuantos meses más. Mentalizarme de que ahora vivíamos otra vez en la misma ciudad y no al otro lado del charco.

—Esta vez decía la verdad.

Menos mal que no se le había ocurrido mentirle de nuevo a Cayden Prince, o podría haber salido muy malparado.

Ese hombre no soportaba la deslealtad. Desde pequeño ya apuntaba maneras.

Con su familia, con sus amigos… hasta conmigo.

Pecaba de ser demasiado metódico y demasiado autoritario, aunque a mí ya no me molestaba.

Cinco años sin cruzar una sola palabra conseguía que le perdieras el miedo a las personas.

—Me alegro. Así no tendrás que despedirlo.

—En todo caso lo haría mi secretaria.

Solté una carcajada.

Cómo no, pensé. Tú no te mancharías las manos por nada ni por nadie.

Sin quererlo, mi mirada se clavó en sus manos; grandes y masculinas. Con algunas venas marcándose bajo su piel morena. Seguro que se había bronceado en algún lugar de Florida. Cayden disfrutaba de la playa y del surf casi tanto como yo de las compras. Y yo usaba mi tarjeta cada dos días.

Cuando éramos pequeños y no se quedaba en casa, solía pasar tiempo con sus abuelos, en Santa Mónica. Regresaba muy moreno, con el azul de sus ojos resaltando casi tanto como su pelo oscuro. Y no había cambiado en absoluto con el paso de los años.

Al subir lentamente por su cuerpo, descubrí que seguía siendo el mismo Cayden de siempre: trajes burdeos, camisas blancas, corbatas sencillas.

El lunar que asomaba por su cuello y se replicaba a la altura del mentón.

Una boca jugosa —y muy deseable—, y una melena perfectamente cuidada.

Nada desentonaba en él. Ni una sola mancha o arruga.

La última vez que nos vimos, lucía igual.

Aunque su actitud era mucho más cercana, en ese momento no parecía contento de verme. Como si no hubiéramos pasado la mitad de nuestra infancia juntos y no supiéramos nuestro sabor de helado favorito.

Lo que sí notaba diferente era que la edad lo hacía cada vez más atractivo. Un tipo así no pasaba desapercibido ni por equivocación.

—¿Y tú qué hacías por aquí? —preguntó él, y por fin sonaba algo interesado.

—Mi coche ha decidido dejarme tirada en este callejón.

Cayden arqueó una ceja.

—¿Tienes idea de lo peligroso que es este barrio?

—No mucho —confesé—. Apenas llevo tres meses viviendo en Manhattan.

No le sorprendió, y se debía a que mi hermano le pasaba información constantemente. Seguramente le habría pedido que me vigilase desde las sombras, por si acaso me metía en líos. Lo cual me llevó a…

—¿Me estabas siguiendo? —lo acusé, de pronto cayendo en un dato que había pasado por alto.

Cayden ni siquiera se molestó en ocultarlo.

Una rabia creciente se apoderó de mí.

—¡Todo lo de tu empleado era una excusa para hacer pasar esto por un encuentro casual! —exclamé totalmente alucinada—. ¿Cómo has podido caer tan bajo?

—Tu coche llevaba demasiado tiempo estacionado en este punto. Creí que te había pasado algo —repuso como si nada.

En sus ojos no se asomó ni una pizca de arrepentimiento.

—Esto es cosa de Max, ¿verdad? Te ha pedido que vengas tú a buscarme porque no se fía de nadie más.

En cuanto me descubrí la verdad, no permití que ese manipulador al que llamaba hermano siguiera manejando mi vida como le viniese en gana. Con veintisiete años ya no necesitaba una estúpida niñera.

Traté de alejarme, pero Cayden me sujetó del brazo y me lo impidió.

Toda mi piel se erizó de golpe al sentir sus dedos rodeando mi muñeca. Encajábamos tan bien. Joder, no tenía sentido alguno que mi cuerpo reaccionara como si fuese el primer hombre que me ponía la mano encima.

—Es lógico y comprensible que tu familia se preocupe por ti, Maddie.

—¿Y por qué te lo ha pedido a ti, que llevamos cinco años sin vernos? ¿Acaso no tiene más amigos? ¿O es que les ha robado la novia a todos y por eso ninguno le haría el favor? —siseé entre dientes.

Cayden accedió a soltarme al verme tan alterada.

—Soy un hermano para él —fue toda su respuesta.

Cierto, esos dos eran inseparables. Uña y carne. Dos almas gemelas con distinto ADN.

Eso no aplacó mi enfado, sin embargo. Max no tenía derecho alguno a dinamitar mi libertad solo por sus miedos estúpidos. Confiaba tan poco en mí que ya no me salía ofenderme, sino decepcionarme.

Prometió que no se metería nunca más en mis asuntos.

Que dejaría de cuidarme como a una niña que no sabía ni cambiarse los zapatos solas.

Era adulta, tenía mi carrera y mi trabajo, ganaba mi dinero y no me metía en líos.

¿Por qué se empecinaba en hacerme ver como una princesa desvalida?

Y encima enviaba a Cayden Prince a cuidarme.

El mismísimo Cayden Prince: fundador y director de la empresa de compra-venta de edificios más famosa de todo el maldito Nueva York.

—Dile de mi parte que estoy bien y que se meta su preocupación por el cul…

—¿Por qué no se lo dices tú? No soy vuestro estúpido email —dijo él con sequedad.

—Para no serlo, bien que has venido corriendo desde vete a saber dónde, y te has presentado aquí, dispuesto a hacerte el viejo conocido que se reencuentra con la hermana de su mejor amigo.

—¿Hubieras preferido que te metiera en mi coche a la fuerza? —sugirió él, interrogante, con una de sus cejas oscuras arqueadas.

Contuve un suspiro al ver lo sexy que seguía siendo. Un hombre como Cayden no se conocía dos veces en la vida.

Lástima que fuera el maldito mejor amigo de Max y no el vecino de arriba. Porque de ser el caso, ya me lo hubiese tirado. O intentado, al menos.

Seguía pensando que no era el tipo de Cayden.

—Gracias, pero no. Prefiero que no me tratéis como una niña que aún va al instituto.

Di media vuelta y caminé de vuelta a mi coche. No arrancaba, pero al menos era más digno que seguir allí de pie, frente a Cayden, pensando en lo bien que le sentaban las corbatas y la frustración.

—Mad —sonó la voz de él a mi espalda—, déjame llevarte a casa.

—¿Para qué? Cogeré un taxi.

—Van a tardar. No suelen venir por esta zona.

Qué bien, pensé, amargadísima. Para una vez que necesito uno, no aparece.

—¿También te ha pedido Max que seas mi chófer?

Cayden resopló, perdiendo la paciencia.

—Tu hermano solo se preocupa por ti. Sube al coche y vuelve a casa. Enviaré una grúa —prometió, tan resolutivo como siempre.

A veces odiaba a la gente con dinero. Todo lo hacían a golpe de talonario.

Mi hermano resultó ser igual. La diferencia es que Max seguía en Londres y yo había optado por independizarme en Manhattan.

Tampoco tenía los ceros de su cuenta corriente, ni mucho menos; lo mío era trabajar duro para saciar mi vena caprichosa.

Elevé la mirada al cielo y suspiré. Pronto anochecería, y no me apetecía demasiado arriesgarme a que me robasen o algo así. Además, los de la grúa no me harían ni puto caso. Como los días anteriores.

Por más rabia que me diese, Cayden era mi única opción.

—Vale. Pero nada de seguirme nunca más —exigí, mirándolo a los ojos.

Cayden no respondió.

Una vez más, pasaría por encima de mis deseos y seguiría como si nada.

Tendría que hablar con Max y exigirle que se metiera en sus asuntos. No necesitaba a Cayden vigilándome, ni cerca de mí.

A la tentación no se la miraba de frente, sino que se la expulsaba con un poco de agua bendita.

—Vamos —murmuré, pasando por su lado y oliendo su perfume.

Seguía usando el mismo de siempre.

Mi favorito.