Los días del padre
Silvia accedió a la prisión, cruzando los controles de seguridad y los arcos detectores, acompañada por dos personas. O, mejor dicho, una persona y una personita.
Luz Marina iba de la mano de Silvia, que empujaba un carro de bebé por el pasillo gris del módulo de comunicaciones.
Adrián, nada más ver a las tres figuras cruzando la puerta de seguridad, se emocionó.
No podían tocarse más allá de las manos.
Así que Silvia sacó del carro a un niño de tres meses de edad y se lo mostró a Adrián.
Aquello parecía la escena final de esa mítica película de romanos, y Silvia parecía Varinia frente a los pies de la cruz, mostrando al hijo del condenado.
El cabo, con los ojos inundados en lágrimas, acarició la mano de su bebé y tomó la mano de su hija. Alternaba sus ojos del bebé a Luz Marina y de Luz Marina al bebé. Silvia entregó al pequeño a la joven, que lo cogió con mimo y una sonrisa que iluminó la estancia lúgubre.
—¿Has visto qué guapo es, papá?
Adrián asintió sin poder apenas emitir un sonido.
Se sentaron a la mesa.
—Al final no le habrás puesto Dionisio de segundo nombre, ¿no?
Las dos chicas sonrieron y hasta el pequeño emitió una mueca en lo que el cabo consideró una sonrisa.
—Hija. ¿Cómo estás?
—Bastante bien, la verdad.
—Ya te veo. Me refiero a lo otro.
Una sombra de tristeza apareció en los ojos de la chica al recordar que ese «lo otro» se refería a su madre. Aunque una morisqueta del bebé se la borró enseguida.
—Rafa ayuda mucho en eso. No me deja tiempo para nada cuando estoy en casa.
—No descuides los estudios, ¿eh?
—Ya sabes que no, no seas pesado.
El pequeño Rafael dirigió de nuevo sus ojos hacia Adrián.
Nueve meses después de aquel encuentro sexual nacido de la rabia en los días previos a todo el desaguisado que formaron sus padres para salvar a Luz Marina, Rafael Trovado Donaire vino al mundo.
Un mundo cruel y sin esperanzas. Pero el único mundo en el que era posible, a veces, ser feliz.
—Yo te veo bastante bien a ti, papá.
—Me pego medio día en el gimnasio, medio día en la biblioteca.
—¿De verdad te vas a sacar Derecho?
—Bueno, sacarlo no lo sé, estudiarlo seguro.
—¿Y tú ya has pensado algo?
—No, y te recuerdo que me queda más de un año para pensármelo, que no voy a sacar todas las asignaturas del año pasado y las de este juntas.
—Vale, vale. Aunque yo confío en ti.
—Te quiero, papá.
—Yo más, hija.
Adrián no les quitaba los ojos a sus dos hijos. Sí, dos, porque ya se lo había dicho Laura poco antes de fallecer: es tu hija, da igual lo que diga el ADN.
En los ojos de la joven encontró los de su madre bajo la luz blanca de la sala.
Eran bastante parecidas. Albergaban, quizá, la misma tristeza.
Aunque él estaba convencido de que Luz Marina empezaba a remontar.
Ahora tenía un objetivo más allá de su propia subsistencia: debía cuidar de su hermano.
Al menos mientras su padre estuviera en prisión.
La chica no había podido asistir al entierro de su madre. El cabo mayor tampoco. En realidad solo habían acudido dos de sus amigas del pueblo y otras dos de Cáceres a las que Adrián había podido avisar. Además de Silvia.
Le hicieron la autopsia y se confirmó que el disparo de De Miguel, aunque amortiguado por el chaleco, le había reventado el bazo.
Y como dijo la doctora Jiménez, durante el proceso de donación de médula, todo su cuerpo se había desestabilizado y esa rotura le produjo una hemorragia interna masiva que los médicos no pudieron detener en el quirófano de urgencias.
Aunque el proceso de donación había sido un éxito, ella no pudo superarlo.
¿Habría sobrevivido si la hubieran intervenido a ella en lugar de realizar la donación?
Ningún médico lo pudo afirmar ni desmentir.
Así que Laura María se fue tranquila, con la idea de que había dado su vida por su hija. De forma, esta vez, literal.
El entierro fue rápido y triste, bajo una lluvia fina. Y los restos los enterraron junto a los de su madre, la señora Rodríguez, en el cementerio municipal de Cáceres.
—Tiene razón tu hija, te estás poniendo más mazao que de costumbre, y eso ya es mucho decir.
Silvia le tomó la mano y se sonrieron el uno al otro, ignorando los muros que los rodeaban.
—¿Es bueno? —dijo Adrián señalando al niño.
—Bastante. Le doy una toma antes de dormir, y solo me pide otra a las seis horas.
Así que con eso, y con la siesta que me echo cuando llega Luz Marina a casa, voy bastante bien.
Tengo una amiga que también fue madre hace poco y me cuenta que su hijo apenas le dura dormido cuatro horas.
Así que me doy con un canto en los dientes.
—Me alegro.
Silvia miró a las cámaras de seguridad que parpadeaban en las esquinas del techo y tosió. Se mantuvo el puño en la boca para hablar en susurros.
—Nuestro amigo ha cruzado el charco.
Adrián abrió mucho los ojos.
—Ten cuidado.
—Que lo tenga él.
Se miraron mientras se acariciaban las manos. Y a Adrián le entraron unas ganas tremendas de solicitar un vis a vis en ese mismo instante. Ella pareció leerle los pensamientos en sus ojos brillantes y sonrió ruborizada
Silvia se había convertido en la matriarca de esa familia.
A eso se refería Adrián cuando, tiempo atrás, le pidió que si la mitad del plan salía mal, cuidara de la mitad que salía bien.
Que él acabara en la cárcel y Laura muerta era el precio ineludible de esa primera mitad.
A la parte que se salvó, Luz Marina, se había sumado un tercero, el pequeño Rafael.
Y la subteniente estaba dispuesta a conservar a esa familia a toda costa.
Eso incluía mantener la mentira sobre la paternidad de Adrián. Había sido un acuerdo entre ambos, y estaban seguros de que Laura lo aprobaría. A veces los padres mienten a los hijos con tal de protegerlos. Y aunque eso no sea del todo correcto, es necesario. O eso se decían a sí mismos.
Después de unos minutos más de charla y de roces con las manos, se despidieron los tres de Adrián, que miró a los funcionarios de prisiones y al verlos despistados, se acercó a su bebé y le dio un beso en la frente.
Después le dio otro a Luz Marina en la mejilla y para finalizar un fugaz beso en los labios a Silvia.
Nunca lo había hecho delante de su hija, pero ya era hora de ello.
Luz Marina sonrió y el bebé emitió un balbuceo que hizo sonreír al padre.
El calendario marcaba el diecinueve de marzo, otra vez.
Dos Días del Padre consecutivos en los que Adrián Trovado había podido disfrutar, aunque por un breve espacio de tiempo, de sus dos hijos.