A prisión
Un año después
La sala de visitas de la prisión de Puerto III olía a lejía barata y a humanidad encerrada, una mezcla que se pegaba a la ropa y al ánimo. Adrián suspiró cuando el funcionario le hizo la señal desde la puerta metálica y le indicaron que por fin podía ver a su hija.
Aunque había hablado con ella por teléfono, no la veía desde la última vez que la observaba tras el cristal del Virgen del Rocío.
¿Qué pasó después de que se marchara casi a empujones de aquel quirófano?
Que la doctora Jiménez salió para darle dos noticias:
La mala fue que la madre había fallecido por una hemorragia interna, posiblemente por rotura del bazo.
Hemorragia que se vio favorecida por todo el estrés al que se sometió su cuerpo debido al proceso de donación.
La sanitaria preguntó que si él sabía del hematoma previo de Laura y se quedó callado.
Se largó diciendo que tenía que informar.
La buena, que le comentó justo antes de irse, fue que habían podido extraer suficiente médula de la madre antes del fallecimiento y que el pronóstico de la chica era favorable.
Poco después de recibir estas dos noticias, a Adrián se lo llevó esposado el mismo brigada Salgado.
Después, fue interrogado a conciencia por el SAI, el Servicio de Asuntos Internos de la Guardia Civil, y el relato que firmó el cabo mayor fue el siguiente:
«Cuando recibí la noticia de la gravedad de la enfermedad de mi hija, me puse en contacto con su madre.
Intenté traerla a España por la vía oficial, que fuera arrestada, pero me di cuenta enseguida de que sería imposible traerla por esta vía de forma rápida.
Solo teníamos una semana o dos como mucho, según los médicos, eso se lo pueden corroborar en el Virgen del Rocío de Sevilla.
Como ustedes saben, por la naturaleza de mi puesto en la EDOA, conozco a “lo mejor de cada casa” en el Estrecho y en el Campo de Gibraltar.
No me fue difícil encontrar colaboradores para ayudarme a traerla a la península.
Y como ustedes comprenderán, no voy a dar ningún nombre aunque eso me cueste más años de prisión, porque, como se suele decir: de la cárcel se sale, pero del cementerio no.
Y si canto, acabaría muerto. Cuando llegó a España, nos asaltaron y se la llevaron secuestrada.
»Hice mis averiguaciones. Pensaba que el responsable podía haber sido un capo de la droga en Colombia con el que Laura tiene un conflicto personal.
Llamé al cónsul de España allí, pero este me verificó la imposibilidad de acceder a él, y por consiguiente confirmó mi teoría de que el sistema legal me no me ofrecería garantías rápidas.
»Después, siguiendo una pista, quedé con El Manco, colaborador habitual del cuerpo, y cuando me cité con él me lo encontré muerto en su coche.
No di parte porque sabía que me podían incriminar, y en ese momento no me podía permitir ser detenido.
Ahora pueden investigar todo lo que quieran, pero no encontrarán ni una sola prueba de mi culpabilidad en su asesinato.
»Ahí fue cuando me di cuenta de que mi teléfono tenía un spyware militar; era imposible que los malos supieran todos mis movimientos, y pedí ayuda al GDT.
Les pido que sean benevolentes con ellos, ya que simplemente actuaron para ayudar a un compañero al que le habían hackeado el teléfono.
Allí averigüé que el hackeo provenía del bufete del abogado de Alberto de Miguel.
Esto se lo pueden corroborar en el GDT de mi Comandancia.
Ya saben ustedes, si miran mi ficha y la de Laura, el problema que tenemos con ese hombre.
Tan grande que fue él quien orquestó el secuestro de la madre de mi hija, su exmujer y la que todavía era mi esposa legal cuando falleció.
Para liberar a Laura María García, su abogado nos exigió sacarlo de la cárcel, porque pesaban sobre él dos denuncias más por abuso sexual que lo hubieran condenado a otros ocho años de prisión como poco.
El abogado organizó una visita al juzgado para declarar por los abusos que se denunciaban.
»Busqué en el sistema SIGO cómo y cuándo se realizaría el traslado y contraté a otros mercenarios para ayudarme.
Los dos guardias civiles implicados salieron ilesos y conseguimos hacer el intercambio.
Mis mercenarios me aconsejaron quedarme al margen por estar muy implicado emocionalmente, cosa que pondría en riesgo el intercambio.
Me entregaron a Laura con un grave problema de salud: un hematoma abdominal al parecer provocado por un disparo del propio De Miguel.
Los mercenarios la protegieron con un chaleco antibalas, pero el impacto fue muy fuerte.
»La traje al hospital con la intención de ir a urgencias para que la revisasen, pero ella se negó en rotundo, llegó incluso a amenazarme. Lo único que le importaba era poder realizar la donación a nuestra hija. El resto ya lo saben.
»Soy el único responsable. La subteniente Donaire trató de disuadirme de mis planes cuando se los conté, sobre todo después de acompañarme a la prisión de Cáceres. Le pedí que se apartase y me dejase hacer lo que considerase necesario.
»De lo que me han contado de la matanza que provocó el rescate de Laura no he sido consciente hasta que ustedes lo han mencionado.
Yo solo los contraté para ayudarme con la extracción de De Miguel y hacer el intercambio.
Soy culpable de la detención ilegal de los dos guardias, de favorecer la huida de un detenido y de traer a una fugitiva a España por cauces ilegales.
Pero recuerden que esa fugitiva es mi mujer y que yo mismo fui el que la denunció hace más de seis años.
Y, sobre todo, les pido que tengan en cuenta los motivos por los que he hecho todo esto: para salvar a mi hija Luz Marina».
El SAI investigó a Silvia. Los guardias civiles de Cáceres, el Sargento Altozano y el guardia Espada, no pudieron identificarla, estaban convencidos de que habían sido tres hombres.
Solo pudieron hallar un par de posicionamientos con Adrián en alguna visita al Virgen del Rocío y en casa de ambos.
También las cámaras de la cárcel le habían registrado en su primera visita.
El resto solo eran indicios y suposiciones que el brigada Salgado se encargó de alimentar.
Se habían protegido muy bien dejando su teléfono personal en casa en los momentos más tensos y usando el teléfono culebra después.
Ella también testificó y verificó punto por punto lo que Adrián había testificado y firmado como confesión: que trató de disuadirlo sin que el cabo le hiciera caso.
Adrián Trovado fue juzgado y condenado en un juicio militar a nueve años de prisión por los delitos de detención ilegal, revelación de secretos, encubrimiento y favorecimiento de evasión de un detenido. No le pudieron encasquetar los muertos de la finca Villa Magna ni el asesinato de El Manco.
Dionisio y Silvia se encargaron de hacer una limpieza exhaustiva de la zona por si habían dejado algún vestigio orgánico.
Ayudó que quemaran la casa hasta los cimientos con todos los cuerpos de los matones de Víctor Spenza dentro.
Así que, para disgusto del brigada Salgado, esos crímenes quedaron impunes.
Los teléfonos culebra que Adrián se había agenciado y las armas que compraron al Cojo, que acabaron en el fondo del Guadalquivir, hicieron el resto.
Aquel diecinueve de marzo había amanecido con un sol radiante, de esos de primavera. Y aunque dentro de la cárcel no llegaban sus rayos, a Adrián se le iluminó la cara cuando tres personas accedieron a la sala de visitas del centro penitenciario.