Donación
Laura observaba a Luz Marina a través del cristal de la UCI.
Un par de sanitarios le cambiaban las bolsas con suero y medicamentos que la mantenían con vida.
La niña estaba sedada, rodeada de máquinas que pitaban con una cadencia impertinente, y su respiración era casi imperceptible.
El pecho de su hija subía y bajaba a un ritmo demasiado lento para lo que ella consideraba saludable.
De pronto, una mano en el hombro la hizo reaccionar de forma violenta. Se giró con un resorte defensivo, fruto de la huida, y casi se lleva por delante a la sanitaria que se había acercado en silencio.
—¿Se encuentra usted bien, señorita García? —dijo la enfermera con los ojos bien abiertos y el cuerpo en tensión.
—Sí, disculpe. Me he asustado.
Dos guardias civiles la custodiaban y ella pensó que se la llevaban detenida antes de tiempo; el brigada así había ordenado la vigilancia y, precisamente por eso, los sanitarios no se alarmaron cuando al introducir sus datos en el sistema, vieron una irregularidad en su ficha de la seguridad social.
—No se preocupe, ya está todo preparado.
El análisis HLA confirma la compatibilidad total de la donación.
Ya hemos iniciado el proceso de acondicionamiento de su hija para que reciba su médula en unas condiciones óptimas.
Los resultados del triaje para su donación indican una ligera taquicardia, pero el resto está todo correcto. ¿Tiene problemas de corazón?
—Para nada. Pero ha sido un viaje muy estresante. Imagínese.
La sanitaria se quedó mirando a Laura durante unos segundos, como si quisiera examinarla con sus ojos.
—De acuerdo.
Laura suspiró aliviada. Llevaban esperando casi cuatro horas a la confirmación de la PCR que autorizara la donación.
Adrián regresó en ese momento del pasillo con dos cafés humeantes.
La enfermera lo vio y, con un gesto estricto de la cabeza, dio a entender que era mejor que Laura no tomase nada antes del procedimiento y menos con esa ligera taquicardia.
Él se detuvo en seco. Se bebió los dos cafés negros de dos tragos largos, quemándose la garganta, y estrujó los vasos de cartón con sus manos grandes hasta convertirlos en bolas compactas que arrojó con rabia a la papelera más cercana.
La sanitaria les conminó a esperar allí hasta que les avisaran.
Se sentaron juntos. Sin mirarse el uno al otro durante largos minutos.
Laura dio un par de cabezadas. Adrián quiso hacer preguntas.
Quiso saber más. No se decidió. Quizá había olvidado su rencor y su odio por las verdades reveladas en el tiroteo.
Quizá solo había miedo. Miedo por saber si todo saldría bien y miedo, un terror profundo, por lo que pasaría después.
Adrián miró de vez en cuando a los guardias que no le correspondieron con la mirada en ningún momento. Mejor, pensó.
Después de casi otra hora, les invitaron a acceder a una sala de espera privada, de paredes blancas y luz fluorescente. Los picoletos quisieron acceder, pero los sanitarios les advirtieron de la imposibilidad de hacerlo.
—Tranquilos que no nos vamos a ir a ningún lado —pidió Adrián
Los guardias se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros. Al fin y al cabo, Salgado les había dicho que el individuo era compañero.
Ya dentro del vestuario, Laura miró a Adrián y, bajo la luz cruda del hospital, creyó ver en sus ojos a aquel hombre del que se enamoró diecisiete años atrás.
En el fondo nunca había dejado de quererlo, a pesar de que le hubiera sido infiel dos veces.
O eso se decía a sí misma para justificarse.
Se abrazó a él con las escasas fuerzas que le quedaban, buscando un pilar donde no derrumbarse.
No dijeron nada, solo se sintieron el uno al otro, sucios, cansados y rotos.
Una tos de esas forzadas, de cortesía profesional, los interrumpió. Se giraron y vieron a dos sanitarias, una doctora y la enfermera que los había atendido antes, parados frente a ellos.
—No tienen que despedirse, todo va a ir bien.
Además, usted puede pasar —dijo la doctora Jiménez mirando a Adrián—.
Solo tiene que ponerse un pijama estéril.
La compañera les indica ahora el vestuario.
Como les dije antes, soy la doctora Jiménez y me voy a encargar de supervisar el procedimiento.
Le pondremos la epidural para evitar cualquier molestia y extraeremos la médula de la cresta ilíaca. ¿Estás preparada, Laura?
Ella dudó unos segundos, tragando saliva, antes de asentir.
—Sí, claro.
—¿Seguro? No tienes buen aspecto. Podemos retrasarlo hasta la tarde si necesitas descansar.
—No he dormido apenas, ya le he dicho a su compañera que ha sido un viaje muy duro. Por favor, es mejor hacerlo cuanto antes. Me esperan ahí fuera —hizo un gesto con la cabeza para indicar a los guardias que la esperaban para detenerla lo antes posible.
La doctora la examinó de arriba abajo, notando la palidez cerúlea de su piel y las ojeras marcadas.
—La compañera le trae el consentimiento informado. Los espero dentro.
Los dos agradecieron a la doctora las palabras y Laura firmó el consentimiento con un garabato tembloroso. La enfermera les indicó que la acompañaran y pasaron a un vestuario de tránsito. Era amplio, con taquillas metálicas, y pudieron compartirlo.
Cuando Laura se quitó la ropa sucia y dejó a la vista su vientre, el aire se congeló en la habitación.
Adrián se fijó en que el hematoma del disparo había mutado; ya no era solo un golpe en el estómago, había crecido como una mancha de aceite negro y violeta, extendiéndose peligrosamente hasta las costillas flotantes.
—No digas nada. No hay vuelta atrás —atajó ella antes de que él abriera la boca—. Me lo voy a tapar como pueda.
Él se limitó a asentir y a ponerse el pijama azul oscuro.
Accedieron a la sala de intervenciones que les había indicado la enfermera, un espacio frío dominado por el acero inoxidable.
Laura apretó con fuerza la mano de Adrián y él le correspondió con la misma intensidad para servirle de ancla.
Ella sentía que podía desmayarse de un segundo a otro y no debía permitirlo.
Cuando se sentó en el borde de la camilla indicada, suspiró hondo. Había llegado. Ya solo tenía que tumbarse y dejarse llevar.
La enfermera pidió a Adrián que se retirase unos pasos para preparar el campo estéril.
Lo hizo y, al mirar hacia otro lado a través de un panel de vidrio, vio a su hija en el box contiguo.
Los últimos días la había observado de frente, desde la sala de espera; en ese momento la veía casi de espaldas.
Le hizo un gesto a Laura para que la mirase de nuevo.
Ella giró el cuello y sonrió con tristeza.
—¿Cuánto tiempo tardará mi hija en notar la mejoría? —preguntó Laura a la doctora mientras le limpiaban la espalda con yodo frío.
—No es posible aventurar un plazo. Primero hay que realiza el acondicionamiento, que tardará al menos tres días. Después, cuando esté todo correcto, procederemos a la donación. Puede que se recupere en unas horas o quizá tarde varios días o unas semanas. Todo depende de muchos factores.
Tres días. Varias semanas.
Laura se vino abajo con ese pronóstico.
Cuando terminaron de colocarle las vías en el brazo y los monitores cardiacos en el pecho, la enfermera autorizó a Adrián a acercarse.
Le tomó la mano mientras giraban a Laura para ponerla de costado, en posición fetal, para realizarle la punción lumbar de la epidural y la posterior extracción de médula.
Ella se sujetaba el pijama para tapar el hematoma y, con la mano libre, le aferró los dedos con desesperación.
—Un pequeño pinchazo para la epidural, Laura. Quieta, por favor —avisó la anestesista.
Adrián notó cómo le apretaba con fuerza y emitía un leve gruñido de dolor al notar la aguja penetrando entre las vértebras.
—Todo va a ir bien, Laura. Respira.
Ella lo miró, con las pupilas dilatadas, y le hizo un gesto imperioso para que se acercase más. Cuando lo hubo hecho, ella movió la cabeza para pegar su frente sudorosa a la de su marido.
—Da igual lo que diga el ADN —susurró ella, con una voz que era apenas un soplo—.
Sé que no me vas a perdonar y que quizá estas palabras no sirvan de nada.
Quizá te pongan de peor humor, pero tú… Tú eres el padre de Luz Marina Trovado García.
Te lo repito: da igual lo que digan esos análisis.
Tú la criaste, tú la cuidaste y tú tienes que protegerla de ahora en adelante…
El hilo de voz de Laura se fue apagando poco a poco, consumido por el esfuerzo.
—Ya está, la anestesia está haciendo efecto. Ahora relájate y si te quieres dormir, adelante —indicó la doctora, verificando los monitores.
—Laura… —dijo Adrián, con la voz quebrada.
Las sanitarias lo miraron y le hicieron el gesto de ponerse el dedo en la boca para pedir silencio. Él unió su dedo pulgar con el índice para rogarles un segundo más. Se acercó al oído de Laura y le susurró:
—Tú también vas a cuidar de Luz Marina. Tan solo tienes que descansar…
Laura abrió los ojos, vidriosos y llenos de pánico.
—No, Adrián. Hay algo que está mal aquí dentro —balbuceó, llevándose la mano al abdomen bajo la sábana estéril—. Me ha empezado a doler mucho. Por el hematoma debe de haber una hemorragia interna…
—Pues cuando termine el proceso se lo digo…
—Yo creo que ya es tarde. No se te ocurra decir nada ahora, el proceso debe salir bien. Hasta el final.
—Pero…
—Al final el hijo de puta de Alberto se ha salido con la suya en parte. En parte porque queda lo mejor de nosotros. Tienes que jurarme que vas a cuidar de ella.
Adrián tensó los músculos del maxilar hasta que le dolió la mandíbula.
Apretó con fuerza los labios y miró a las sanitarias, que le correspondieron con miradas de desaprobación por alterar a la paciente.
Uno de los monitores había empezado a marcar una taquicardia evidente en Laura, con las pulsaciones en valores elevados.
—¿Cuánto dura el proceso? —preguntó él, urgente.
—Una media hora para la extracción. Deberías dejarla descansar. Te hemos dejado acceder, pero creo que ahora deberías marcharte. Creo que la estás alterando.
Él dudó. El instinto le decía que no se separara, pero la medicina mandaba. Se acercó a Laura y le acarició la cara, limpiándole una gota de sudor frío.
—Sí, soy el padre y voy a protegerla yo solo si hace falta, pero tienes que intentarlo.
Las lágrimas de los dos comenzaron a salirse por los párpados inferiores, mezclándose en la despedida. La enfermera le puso la mano en el hombro a Adrián con firmeza. Él acarició la mano de Laura, que perdía fuerza, antes de soltarla.
Se alejó unos metros hacia la puerta y ella pareció relajarse un poco. El monitor cardíaco seguía en valores altos, aunque estable dentro de su taquicardia. Eso duró unos diez o quince minutos más. Después, todo se precipitó.
El monitor comenzó a pitar de forma errática. Laura arqueó la espalda y comenzó a convulsionar sobre la camilla.
—¡Código azul! —gritó la doctora Jiménez—. ¡Necesito el carro de paradas, ahora!
La doctora y las enfermeras se abalanzaron sobre Laura. Invitaron a Adrián a salir de la sala con empujones que no admitían réplica.
—¿La donación está bien? ¿Han podido sacar la médula? —preguntó a la enfermera que lo empujaba hacia la salida, desesperado.
—Creo que sí, hemos extraído lo suficiente, pero no se lo puedo asegurar. ¡Ahora espere ahí fuera!
La puerta se cerró en sus narices. Adrián entró al vestuario tambaleándose.
Se quitó el pijama manchado de tensión y se puso la ropa de calle con movimientos mecánicos.
Salió al pasillo del hospital, que parecía inmenso y vacío.
Los dos guardias seguían allí, impertérritos.
Las lágrimas ya eran un llanto silencioso y sin consuelo.
Se acercó hasta la mampara de cristal donde podía ver a su hija.
Pasaron minutos que parecieron horas. Finalmente, la puerta de la pecera se abrió.
A ella accedió la misma doctora Jiménez, con el rostro serio.
Manipuló a la joven y pidió ayuda a las sanitarias.
Después, miró en dirección a la mampara.
Lo buscó con la mirada y, lenta, gravemente, le hizo un gesto con la cabeza.