19 de marzo
Adrián tiraba de Laura, que caminaba despacio.
—Cuando lleguemos a la puerta, tienes que ponerte lo más firme que puedas. Y cuando hablemos con los médicos encargados de la donación, más. Si detectan el traumatismo, se acabó.
—Pues claro.
La soltó entonces y ella se trastabilló un poco, pero le puso una mano en alto para impedirle que la asistiera.
Tosió de nuevo y volvió a sentir una náusea.
Se habían arreglado mínimamente en los baños de una estación de servicio antes de llegar a Sevilla, aunque seguían con un aspecto tirando a decrépito.
Encararon la cuesta de urgencias, por donde tratarían de llegar a la planta de oncología, el resto del hospital estaba cerrado y solo podían acceder por allí.
Todo pareció acabar en ese momento.
—Buenas noches. Documentación y motivo del desplazamiento —dijo un guardia joven, con la mano cerca de la funda de su arma.
Antes de que Adrián pudiera sacar su placa, otra figura salió del hospital y caminó hacia ellos. El uniforme estaba impoluto, los galones brillaban bajo la luz de las farolas y la expresión era la de un juez que ya ha dictado sentencia.
Era el brigada Salgado.
El guardia joven se cuadró y retrocedió un paso. Salgado levantó la mano en forma de saludo. Sus ojos recorrieron la palidez mortal de Laura y la desesperación en los ojos de Adrián.
—Buenos días, cabo Trovado —dijo Salgado. Su voz era tranquila—. ¿No debería estar dentro?
Adrián tragó saliva.
—Mi brigada…
—Ni mi brigada ni hostias —lo cortó Salgado, apretando los labios—. ¿Te piensas que soy tonto o qué?
—Salgado, tengo que subir a planta a Laura. Es la madre de mi hija y la donante que necesita. Nos están esperando.
—La madre de tu hija, ¿verdad? —intervino Salgado—. ¿La misma que lleva en busca y captura por Interpol? ¿La misma que tú denunciaste? Joder, Trovado, yo también sé buscar en SIGO, hombre.
—Mi brigada… —Adrián se calló.
—No sé a ciencia cierta qué has estado haciendo; sin embargo, tengo una gran sospecha.
Sé que esta mujer debería estar detenida ahora mismo y, sin embargo, aquí la tengo caminando libremente.
Y también sé que tú deberías estar preso como ella, después de la que se ha organizado en Cáceres, con una detención ilegal de dos compañeros y la fuga asistida de un preso.
Y qué casualidad que antes de ayer estuvieras buscando información en el sistema sobre ese preso y esos dos compañeros… ¿no?
—Solo le pido que nos deje entrar, que se realice la donación y después...
—Me estás pidiendo que prevarique, Trovado —lo interrumpió el brigada—.
Me estás pidiendo que deje pasar a un sospechoso de secuestro y a una fugitiva.
Sé todo de ti, Trovado. Sé que tu hija también regresó a España de forma clandestina hace dos años y que conseguiste regularizar su situación gracias a un contacto de tu amiga la subteniente.
Pero no veo a Donaire por ningún lado ahora para ayudarte.
—Porque ella no me ayuda, mi brigada. Estoy solo en esto. Y solo me voy a quedar si no nos autoriza el paso.
Salgado permaneció impasible. Era el tipo más recto de la Comandancia de Algeciras, un hombre que se afeitaba con el reglamento y desayunaba código penal.
—No solo te voy a impedir el paso, sino que te voy a detener.
—Te lo suplico, Miguel. —La voz de Adrián se rompió—.
Te suplico que me dejes ser padre unas horas más.
Después, yo mismo te mostraré las manos para que me pongas los grilletes.
Pero déjanos pasar. Ella es la donante. Sin ella, mi hija muere hoy.
Y si mi hija muere, yo ya estoy muerto, así que te dará igual detenerme ahora o dentro de unas horas.
El brigada Miguel Salgado miró a Laura. Ella le devolvió la mirada, exhausta, y con un hilo de voz susurró:
—Señor, ¿es usted padre?
—Eso no importa, señorita.
—Sí que importa. Si es padre, debería estar hoy con sus hijos.
—¿Y eso por qué?
—Porque hoy es diecinueve de marzo.