Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Control
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Control

Las luces azules giratorias teñían de un color espectral la fachada de ladrillo visto del Hospital Virgen del Rocío.

No era una patrulla rutinaria. Era un despliegue.

Tres vehículos de la Agrupación de Tráfico y dos patrullas de Seguridad Ciudadana bloqueaban el acceso a urgencias, convirtiendo la avenida en un embudo infranqueable de conos y chalecos reflectantes.

Silvia redujo la marcha y se desvió por Torcuato Luca de Tena. Aparcó en el primer sitio que encontró.

—Tiene mala pinta, Adri. Quizá nos busquen. ¿Qué hacemos?

—Tú no haces nada. Laura y yo seguimos andando.

—¿Cómo vas a ir andando si ella está hecha polvo?

—No estoy tan mal. Puedo caminar, y no está muy lejos, ¿no?

—Vosotros dos os quedáis aquí —insistió Adrián.

—Pero… —inició Dioni.

—Ni peros ni nada. Esto es solo cuestión nuestra. —Adrián giró los ojos hacia su compañera—. No hemos tomado tantas precauciones para que nada te enmarrone para cagarla ahora.

Silvia arrugó la boca. Quería hablar, aunque no tenía argumentos para hacerlo. Se desabrochó el cinturón con la intención de bajar.

—No te bajes del coche. En cuanto nos vayamos, os largáis. No vaya a ser que estén patrullando y pidiendo documentos a todo el mundo. —Se dirigió entonces a Dioni—. Te recuerdo que tú también estás en busca y captura.

—¿Y qué hago? —preguntó él.

—Silvia te llevará a un hostal. Te puedo prestar algo de dinero…

—Tengo dinero, joder.

—Pues mejor. Pero a partir de ahora tienes que buscarte la vida por ti solo. Vuelve al pueblo, por ejemplo.

—Allí no puedo…

—Me da igual lo que hagas. Silvia… —Adrián se detuvo—.

Vuelve rápido a casa, manipula tu móvil, que no esté parado tanto tiempo.

Aunque sea sospechoso que no se haya usado desde ayer, solo será un indicio, como todo lo que tendrán cuando te interroguen.

No te laves demasiado las manos, que la pólvora de ayer de la galería de tiro nos sirva también de coartada.

—Nada de eso no importa ahora.

—Joder, que sí importa. Si pasa lo peor tú…

—Si investigan bien…

—Siempre puedes decir que te coaccioné. Eso será lo que yo diga si intentan implicarte. Cíñete a lo que hemos hablado desde ayer. Hemos diseñado una buena tapadera —Se acercó a su oído desde atrás—. Si todo sale mal, o mejor dicho, si solo la mitad sale mal…

No quiso terminar la frase delante de Dioni y de Laura, pero ella ya sabía. Ya lo habían hablado.

La subteniente solo asintió, no le quedaban fuerzas para articular palabra sin romper a llorar.

Dioni, por su parte, no dejaba de mirar a Laura. Ella se inclinó levemente hacia adelante y, aunque le dolía, le dio un abrazo sobre el cuello. Al veterano le temblaron la boca y los párpados. Se contuvo de derramar lágrimas.

—Nos veremos pronto, Dioni, y encontraremos una solución —mintió Laura.

—Claro que sí.

Silvia deslizó la mano hacia atrás y miró por el retrovisor. Adrián extendió su brazo y le acarició los dedos antes de apretarle la mano. No se dijeron nada. Entre ellos, esas miradas bastaban para decirlo todo: un cuídate, o quizá, incluso, un te quiero.

Después de esas despedidas sin decir adiós, los padres salieron del vehículo y se perdieron entre las sombras de los edificios cercanos.

Silvia miró a Dionisio.

—Venga, te llevo a una pensión que conozco, aunque está al otro lado…

—No, mi sargento —la interrumpió Dioni—. Y te llamo sargento porque es lo que eras cuando me marché de nuestra tierra. Era lo que te llamaba cuando me diste el alto más de una vez. ¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, ¿cómo me iba a olvidar?

Veterano y guardia se miraron en silencio. Los dos se sentían piezas secundarias de toda aquella historia; secundarias, aunque importantes.

—Me vas a llevar a un sitio mejor, a un sitio donde volver a delinquir. Solo espero que esta vez me ayudes en lugar de darme el alto. Prometo que no te verás implicada.

Silvia emitió una mueca extraña. Dioni, una sonrisa. No dijeron más y seguramente pensaron, tal y como horas antes: ¿qué importancia tenía un delito más? O dos.