Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Pelota de golf
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Pelota de golf

Aunque Dioni y Silvia abrieron fuego, sus balas solo mordieron el aire y levantaron nubes de polvo en la oscuridad.

No les dio tiempo a alcanzar el chasis del todoterreno donde el infame ginecólogo había ejecutado su venganza particular.

Las luces traseras rojas se desvanecieron entre los olivos como dos ojos del mismo diablo.

Adrián se quedó petrificado, con el arma colgando de la mano como un peso muerto.

Había cruzado una fugaz mirada con él justo antes del disparo, un intercambio de odios que lo dejó en tal estado de shock que su mano se negó a empuñar el arma.

Se sentía derrotado, humillado y, sobre todo, enfermo de preocupación.

Ya en el coche, la realidad se convirtió en un túnel de asfalto y velocidad.

Laura estaba inconsciente sobre su regazo en el asiento trasero.

Delante, Silvia pisaba todo lo que daba de sí el acelerador, devorando la autovía de Utrera a Sevilla.

La aguja rozaba los ciento ochenta kilómetros por hora.

No sacó el rotativo porque no lo llevaban; al fin y al cabo, qué importaba una infracción de tráfico más cuando llevaban el maletero cargado de armas ilegales y varios cadáveres enfriándose a sus espaldas.

Afuera, el silbido del viento golpeaba contra el parabrisas, una resistencia física de la naturaleza que parecía oponerse a sus planes.

Pasaban las cuatro de la madrugada y una noche profunda, densa como el alquitrán, se cernía sobre la campiña sevillana y sobre aquel vehículo donde cuatro ocupantes albergaban la desesperación más grande que se podía crear.

Los faros devoraban las líneas blancas de la carretera, hipnóticos y urgentes.

Les quedaban solo unos quince kilómetros para llegar a Sevilla y al Hospital Virgen del Rocío, donde la hija de la mujer inconsciente se debatía entre la muerte y la vida.

Y se suponía que ese cuerpo casi inerte que Adrián sostenía era la única esperanza capaz de salvarla.

Aunque los allí presentes, viendo la palidez de su rostro bajo las luces de las farolas que pasaban fugaces, no lo tenían tan claro.

De repente, un espasmo recorrió el cuerpo de Laura. Pareció devolver una pizca de esperanza al habitáculo cargado de tensión.

—Laura, Laura. —Adrián le dio pequeños golpes en la cara con la intención de despabilarla.

Dioni se giró desde el asiento del copiloto y buscó sus ojos con urgencia. Laura despegó, despacio, sus párpados pesados para encontrarse con la mirada de su inseparable amigo, iluminada intermitentemente por las luces de la autovía.

—Dioni… —susurró ella.

—Sí, Laura, ¿cómo te encuentras?

—Qué mala cara tienes.

El veterano se quedó un momento callado, sin saber bien qué decir, viendo cómo el dolor deformaba las facciones de ella, hasta que la mujer intentó curvar sus labios hacia arriba.

—Pues anda que tú, tendrías que verte.

Laura tosió, un sonido seco que la dobló de dolor. Adrián trató de incorporarla.

—Espera, espera —pidió ella levantando la mano con debilidad. Se giró bruscamente y le dio una arcada—. ¡Una bolsa, por favor!

—Vomita en el suelo, no tenemos bolsas.

Laura no le dio tiempo a terminar la frase a Adrián y vomitó sobre sus botas. El olor agrio de la bilis llenó el espacio cerrado del coche. El cabo no protestó; tan solo bajó un tanto la ventanilla. El viento entró de golpe, helado y cortante, le golpeó la cara y limpió el aire viciado.

Dioni le pasó un pañuelo de papel que a su vez le había proporcionado Silvia, quien conducía impasible, con los nudillos blancos sobre el volante, casi ajena a lo que sucedía a su alrededor, centrada únicamente en no matarse en la siguiente curva.

Adrián, ahora sí, incorporó a Laura, que se dejó llevar como una muñeca de trapo.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Como si me hubieran disparado.

Se miraron a los ojos en la penumbra. Ella no le aguantó la mirada y la desvió hacia el tapizado del techo. Se llevó la mano al vientre y emitió un quejido. Con dedos temblorosos, se levantó la ropa sucia de tierra para mirarse. No le gustó nada lo que vio.

El propio Adrián le había quitado el chaleco antibalas minutos antes y ahora comprobaba los daños bajo la luz de su móvil.

El proyectil de 9 mm había percutido con tanta fuerza contra el kevlar que el impacto sobre el estómago de Laura le había producido un hematoma del tamaño de una pelota de golf. La piel estaba roja y amarilla.

—Vamos camino del hospital, ¿no? —preguntó ella, apretando los dientes.

—Claro —respondió Adrián.

—¿Sabes algo de la niña?

—La última noticia que tengo es que está sedada.

—Pues vamos para allá.

—¿Estás bien? —dijo él.

—Duele, pero aparte de eso, todo controlado.

—¿Y si pasamos por urgencias que te lo miren antes?

—Olvídalo, se retrasará toda la donación. Lo mismo la paran. Estoy más o menos bien.

Laura volvió a clavar los ojos en su todavía marido. Él fue en ese momento el que no le aguantó la mirada, vencido por la lógica aplastante de la fugitiva.

En la radio del coche sonaron los pips de las horarias.

Eran ya las cinco de la mañana. Los primeros noticieros asomaban por las ondas con voces graves, prometiendo desgracias y desmanes políticos varios, ajenos al drama minúsculo y brutal que viajaba a ciento ochenta por hora hacia la capital hispalense.

Laura quiso hablar, quiso preguntar sobre esa prueba que negaba la compatibilidad de Adrián con Luz Marina y que al mismo tiempo negaba su paternidad.

Su mente viajó atrás en el tiempo. Se acordó de aquel momento en el tren desde Ámsterdam a París.

Se acordó de la suciedad que se le quedó incrustada en el alma cuando terminó aquel momento de placer efímero y desdicha perpetua.

Había borrado de su mente todo aquello; estaba convencida o, mejor dicho, se había convencido a sí misma de que Adrián era el padre sin un ápice de duda, para poder sobrevivir.

Pero ahora los recuerdos volvían con la fuerza del impacto de la bala: los ojos de Luz Marina no eran grises, y no había nada en ella que le recordase a aquel desgraciado que se voló la tapa de los sesos delante de ella pocas horas después de que la asaltase con hambre sexual en aquel baño.

Sí, ella no se resistió, solo le increpó cuando hubieron terminado.

Se había tratado de justificar decenas de veces.

En ese momento, con el dolor palpitando en el estómago, no encontraba el consuelo.

Todo se estaba derrumbando, si es que no se había derrumbado ya.

Y lo peor de todo era que Alberto de Miguel se había largado, libre y después de haberla disparado.

Pero todavía quedaba una última antorcha en mitad de la oscura cueva: había sobrevivido gracias al chaleco antibalas que le había prestado Adrián. Y todavía estaba a tiempo de salvar a su hija.

Silvia vio los carteles de Sevilla, tomó el desvío sobre la SE-30 y puso rumbo a la ciudad sanitaria, esquivando el tráfico de los camiones de reparto que empezaban la jornada.

Lo que ninguno se esperaba era el destello azul que rompió la monotonía de la avenida sevillana de acceso al hospital. Un control de la Guardia Civil, con los rotativos encendidos y los conos cortando el paso, les esperaba a escasos metros.