Disparo
El estruendo de las ráfagas de Silvia al otro lado de la finca ahogó cualquier otro sonido en Villa Magna. Esa cobertura involuntaria fue todo lo que Víctor Spenza necesitó para rodear la encina por el flanco ciego.
Dioni solo se dio cuenta de que habían perdido la ventaja cuando sintió la boca del cañón de una Sig Sauer presionando la base de su cráneo.
—Suelta el arma y al suelo; muy despacio —susurró el italiano.
El veterano apretó las mandíbulas. Calculó la distancia, la tensión en el dedo del sicario y el ángulo hacia Laura.
No había margen. Abrió la mano y dejó caer el arma sobre la tierra seca.
Víctor le propinó una patada en la corva que obligó a Dionisio a hincar las rodillas y, de inmediato, desvió la boca de fuego hacia la cabeza de Laura.
Ella no retrocedió. Se apoyó contra la corteza destrozada de la encina, respirando con dificultad pero con los ojos fijos en el sicario.
—Te pagaré lo que quieras —dijo Laura. Su voz no temblaba. No era una súplica por su vida, era la transacción desesperada de una madre—. Lo que te haya prometido Vidales o De Miguel, te lo duplico. Pero tienes que dejarme salir de aquí. Mi hija se muere en un hospital.
—¿Y de dónde vas a sacar tú tantos billetes? Ese tipo me debe cuarenta mil.
—Llevo más de seis años viviendo fuera del sistema. Tengo dinero ahorrado y no está ni debajo de mi colchón ni en una cuenta tradicional —mintió Laura, que a pesar de contar con algunos ahorros no se acercaba a la cifra que había prometido. Pero necesitaba ganar tiempo de cualquier forma.
Víctor torció el gesto. La lealtad en su negocio se medía en dinero y la oferta era tentadora. Mantuvo el arma alzada, evaluando a la mujer que tenía delante, calculando si una fugitiva destrozada tendría realmente acceso a esa cantidad de dinero.
El tipo se acercó hasta ella, siempre con el arma en alto.
Seguía sin oler bien, pero el reflejo de la única luz del porche que había quedado viva la dotaba de un aura de atractivo espectral.
Le acarició el pelo. Dionisio hizo el amago de lanzarse a por él.
Tenía el cuchillo a buen recaudo en su pantalón táctico.
Laura le hizo un gesto para que se estuviese quieto.
—Lo tienes bien amaestrado —dijo Víctor con un gesto de cabeza hacia Dioni.
—Suelo ejercer cierta influencia sobre los hombres que me rodean. Si sigues acercándote, al final me vas a tener que partir los brazos, y así no podré entregarte el dinero.
Spenza sonrió por la ocurrencia. Visualizó la ganancia. De Miguel se había esfumado. Uno de sus sicarios estaba muerto y los otros dos posiblemente también. Hizo cálculos. Ese segundo de cálculo financiero fue su perdición.
Centrado en su avaricia y en su lascivia, no vio una silueta armada surgir de la negrura que envolvía la parte trasera de la parcela.
No hizo ruido. Caminaba con la ingravidez de los fantasmas, vaciado por dentro tras el anuncio del ginecólogo delante de todos, movido únicamente por un instinto asesino y primario.
No hubo advertencias. No hubo la clásica orden policial de tirar el arma.
Adrián levantó la Glock; se encontraba a unos cinco metros del objetivo.
Suficiente, a pesar de la escasez de luz.
Dudó unos segundos, porque el tipo apuntaba a la cabeza de Laura.
Así que dio un pequeño paso más y afinó la puntería.
Víctor no lo vio venir. Dos balas se alojaron en su cuerpo.
Una en su hombro derecho; la otra, muy cercana, le partió la clavícula.
Su arma voló por los aires sin posibilidad de que nadie la disparase.
Dioni saltó sobre él con el cuchillo en la mano. El tipo se desplomó y el veterano cayó de rodillas sobre su estómago. Al italiano le dio tiempo a mirar un segundo a Laura, que emitió una mueca condescendiente antes de que Dioni le segara la yugular.
Adrián se acercó hasta Laura. Dionisio habló:
—¿Y los demás?
El cabo no respondió. Miró el cadáver y luego a Laura, pero en sus ojos ya no quedaba rastro del hombre que había entrado en aquella finca. Solo había un pozo oscuro y violento.
—Hasta donde yo sé, la casa está limpia —dijo Adrián con una voz mecánica, carente de cualquier emoción—.
No hay nadie. Alberto y el abogado han tenido que salir por la puerta de atrás; hay unas marcas de neumáticos.
He salido por ahí y he vuelto dando un rodeo.
Lo he visto todo desde allí. Has sido descuidado, Dioni. Si no llego a aparecer…
El veterano bajó la vista. Tenía las manos ensangrentadas y limpió el cuchillo en la ropa del difunto Víctor Spenza. Después se puso en pie, sacudiéndose el polvo. Cuando iba a hablar, Laura se adelantó.
—Deja a Dioni tranquilo. Y vámonos cuanto antes —pidió Laura.
—Tengo que localizar a Silvia…
—Silvia ya está aquí —lo interrumpió su compañera, que emergió de la oscuridad. Caminaba encorvada, escaneando los ángulos muertos, con la metralleta aún humeando.
—El grandullón y el otro están fuera de circulación —informó la subteniente, que se detuvo al ver el cadáver de Víctor—. Veo que aquí también habéis limpiado. ¿El médico?
—Tiene pinta de haber huido —contestó Adrián, que se acercó hasta ella para darle un abrazo tibio que no pasó inadvertido para Laura.
Silvia se retiró y lo miró a los ojos, a escasos centímetros:
—Vámonos antes de que alguien llame al 112. Los disparos se han tenido que oír a kilómetros.
El cabo quería preguntarle cómo se sentía. Le acababa de quitar la vida a dos personas y eso es algo que no te deja dormir por las noches. Sin embargo, el tiempo apremiaba. En todos los sentidos.
Iniciaron la retirada. Laura y Adrián encabezaron la marcha; detrás, Silvia y Dioni les cubrían las espaldas por si acaso. Llegaron a la verja principal, donde la oscuridad de la dehesa parecía ofrecerles por fin una vía de escape. Laura preguntó:
—¿Dónde tenéis el coche?
—A unos ochocientos metros en aquella dirección.
Y entonces todo volvió a precipitarse. No lo vieron venir, no escucharon el motor, solo el suave frenazo de las ruedas contra la grava.
Un todoterreno negro, con las luces apagadas, surgió de la nada y se interpuso violentamente entre ellos y la salida. Los neumáticos levantaron una nube de polvo cegadora.
La ventanilla del copiloto del vehículo bajó de golpe.
Una pistola asomó y acompañándola, el rostro de Alberto de Miguel, desencajado y cubierto de sudor.
Sostenía la pistola que le había entregado Víctor minutos antes.
No apuntó a Adrián. No apuntó a los guardias.
Sus ojos, inyectados en un odio enquistado durante casi dos décadas, buscaron directamente a su exmujer.
Apretó el gatillo.
El proyectil impactó en el estómago de Laura con la violencia del odio tanto tiempo acumulado. La fuerza del impacto la derribó de espaldas contra la tierra.