Plomo
Un disparo les rozó muy cerca. Fue el primero que lanzó Alberto, que no era un pistolero y al que el retroceso lo tiró hacia atrás.
La ironía fue que tirarlo al suelo fue lo que le salvó la vida.
Porque al mismo tiempo que ese proyectil que disparó él impactaba con el suelo a escasos centímetros de ellos, la hoja afilada del cuchillo de Dioni se clavaba en el riñón derecho de Lolo, que se retorció; lo único que lo mantuvo en pie fue el abrazo por el cuello del veterano.
Dioni se adelantó unos metros para usarlo de escudo humano mientras dos proyectiles más, disparados desde el porche, se alojaban en el pecho del inexperto intento de sicario.
Lolo murió sirviendo de parapeto orgánico.
Adrián tiró a Laura al suelo y Silvia hizo lo mismo; rodó a un lado y, con toda la rapidez que pudo, levantó su metralleta Skorpion para lanzar una ráfaga que impactó contra las paredes del porche, levantando esquirlas de cal y madera.
—¡A la encina! ¡A la puta encina! —gritó Adrián, arrastrando a Laura por la tierra.
Las balas de los fusiles de Víctor y Len restallaban sobre sus cabezas con un silbido metálico.
Adrián y Laura se parapetaron tras el tronco centenario, un escudo de corteza rugosa que empezó a saltar en pedazos bajo el castigo del plomo.
A escasos metros, Silvia, protegida solo por el suelo y la noche, intercambiaba disparos con Len y con Carra.
Entre ambos disparaban tanto plomo que ella tuvo que recular y esconderse más aún en la negrura de la finca.
Desde el porche, Alberto de Miguel, en el suelo, fuera de sí y con el arma temblando en sus manos, gritaba. Su voz era un eco histérico que se filtraba entre las detonaciones.
—¡Pregúntale, Adrián! ¡Pregúntale quién se la folló! ¡Leí los informes que te mandaste a ti mismo por correo! ¡Los leí!
Laura se estremecía detrás de Adrián. No solo por las balas que seguían silbando a su alrededor, sino por la confesión excesiva que soltaba por la boca el que fuera su primer marido.
—¡Tú no eres el padre, cabo Trovado, solo eres el imbécil que pagó la factura! —El médico se arrastró hasta la protección del muro del porche y disparó hacia ellos, poseído por una euforia maníaca.
Adrián, pegado a la espalda de Laura tras el tronco, la miró con los ojos brillantes, con lágrimas.
—¡Dime que miente! —le gritó Laura—. ¡Dime que ese hijo de puta miente!
—No miente, Laura. El ADN no lo hace. La que me mintió durante diez años fuiste tú. Diez años.
—¡Adrián, no entiendo nada! —chilló Laura.
—No es muy difícil de entender. Te acostaste con alguien pocos días antes o pocos días después de hacerlo conmigo en París.
Cuando todavía creíamos que éramos felices.
Seguramente alguien que conociste en aquel campamento de defensa personal al que te fuiste en Polonia, porque, que yo sepa, tu novia Luz Marina no tenía espermatozoides.
A pesar de que el nombre de su expareja muerta la puso en alerta, Laura no lo asimilaba bien.
Por un momento las balas no significaban nada para ella.
Era como si el mismo padre que había pulsado el botón de avance rápido ahora hubiera pulsado el del mute.
Indagó en su memoria; no le fue difícil encontrar lo que buscaba.
Abrió mucho los ojos en el momento en el que Adrián la volvió a llevar al suelo.
Alguien estaba disparando desde su flanco derecho.
Fue Dionisio el que les dio cobertura y repelió la agresión que venía desde la oscuridad.
Adrián estaba encima de ella. La protegía como le era posible, sin apenas ver las balas que estaban recibiendo por uno y otro lado. Ella lo miró a los ojos.
—Me forzó.
Adrián apretó los dientes.
—Me asaltó en un cuarto de baño y no supe decir que no.
—No me jodas, Laura, no me jodas —Adrián babeó sobre ella esas palabras y las lágrimas le cayeron a ella también—. ¿Cómo que no supiste decir que no?
Dioni había llegado a su lado y había conseguido repeler la agresión.
—No supe, no pude…
—Diez años de lo que creía era felicidad.
—Y lo era, lo era.
—Me mentiste de la peor forma.
—Estaba convencida de que era imposible que no fuera tuya. Lo siento.
—No puedes decir lo siento.
—Al menos yo te he pedido perdón. Tú también tuviste lo tuyo en el pueblo y no me lo has pedido.
—¿Estás comparando un tonteo con el hecho de que Luz Marina no sea mi hija?
—Fue algo más que un tonteo. Con aquel hombre hubo más que flirteo y lo sabes. Con un hombre, Adrián. Eso fue lo que me llevó a huir con ella.
—Y tú con una mujer. Además, no pasó nada auténtico con ese tipo. Así que vete a la mierda.
Adrián se levantó. Se quitó la chaqueta y el chaleco antibalas. Se lo dio a ella y se volvió a poner la chaqueta.
—Póntelo —le ordenó—. Tú, Dioni, no te separes de ella.
—¿A dónde vas? —pidió Laura.
—A acabar con todo esto.
—Dame un arma.
—Solo tengo mi cacharra. Protégete detrás de Dionisio. Que llegues con vida a Sevilla es lo único importante ahora.
Y dicho esto, se escabulló por detrás de la vivienda.
Al otro lado, Silvia se movía reptando en la oscuridad.
Había visto los movimientos del porche. El tipo que parecía llevar la voz cantante se había metido en la vivienda junto a De Miguel y al abogado.
Los otros dos pistoleros estaban parapetados bajo el alféizar del porche.
Y entonces lo vio. Al más delgado. Se movió hacia el coche que estaba a la izquierda mientras el grandullón disparaba en todas direcciones para cubrirlo.
Silvia tuvo que hundir su cara en la tierra para esquivar las balas.
A no ser que huyera, allí no iba a durar nada.
Así que tomó la mejor de las decisiones: huir hacia atrás.
Detrás del coche, Len recargaba su semiautomática.
Escuchó un impacto en el lateral del todoterreno, a su izquierda.
Sin duda había alguien en ese flanco disparando.
Se puso debajo del coche, tumbado, y miró en esa dirección.
Estaba todo oscuro. Así que, por si acaso, lanzó una ráfaga desde abajo.
Dado que su rival solo se había protegido antes tirándose al suelo, creyó que así podría alcanzarla.
No había otra forma de protegerse: ni árboles, ni rocas, ni nada.
Lo que no supo es que así se terminó de delatar.
No la vio venir. Cuando recibió el primer impacto en el culo, pensó que un alacrán u otro bicho lo había mordido.
Gritó y se dio la vuelta; se golpeó con el chasis del todoterreno.
El segundo impacto le dio en la pierna. Aquello ya no era un alacrán.
Volvió a gritar. Quiso maniobrar con su metralleta, pero le fue imposible.
No pudo ni ver la cara de Silvia, que lo remató desde apenas diez metros con dos nuevas ráfagas que se le clavaron en la ingle y en el estómago. Dejó de respirar mientras maldecía.
El grandullón creyó saber lo que pasaba, así que se dedicó a vaciar su cargador contra el coche.
Silvia tenía ahora dos parapetos: el vehículo y el cuerpo de Len.
Usó los dos para protegerse. Cuando Carra decidió pararse a recargar, ella no se lo pensó.
Salió a toda velocidad en su dirección y, cuando consideró estar a una distancia idónea, vació el cargador de su Skorpion.
El grandullón se acurrucó contra el suelo y contra el pequeño muro hasta que pasó la tormenta.
Cuando lo hizo, sonrió.
—A ti también se te acaban las balas, ¿eh? —se dijo a sí mismo.
Se levantó para disparar, pero la única bala que cruzó el aire fue la de la Glock de Silvia, que se introdujo por el hueso frontal de aquel sicario.
Sus más de cien kilos cayeron a plomo sobre una mesa de formica de las de jardín.
La destrozó antes de impactar contra el suelo.
La subteniente apuntó en la dirección donde minutos antes estaba Alberto, pero allí no había nadie.
Donaire ignoró que la auténtica amenaza para que el plan saliera bien estaba a escasos metros. Detrás de una encina que había resultado salvadora hasta ese momento.