Avance rápido
El sonido del cerrojo metálico al descorrerse fue el único aviso. Víctor Spenza salió de la vivienda empujando a Laura por el brazo. La mujer caminaba encorvada, con las manos aprisionadas por una brida, arrastrando las botas con un esfuerzo que se le marcaba en los tendones del cuello.
Adrián dio un paso al frente, pero el cañón del MP5 de uno de los sicarios subió un palmo para frenarlo. El cañón negro era un punto fijo que dictaba la distancia de seguridad.
—Primero Alberto —dijo Vidales con voz plana—. Suéltalo.
—Laura primero —replicó Silvia. Mantenía la cacharra sobre la espalda del ginecólogo, con el brazo firme y los ojos fijos en el abogado.
De Miguel soltó una risa breve y miró a la subteniente.
—Señorita, si algún día, cuando pase todo esto, tiene que hacerse una revisión ginecológica, estaré encantado de atenderla.
—Si algún día nos volviésemos a ver, te acordarás de hoy. Y hoy te digo que si eso se produce es porque estás a punto de morir —replicó ella.
Lo único que consiguió es que el médico volviera a reír. Se frotó las muñecas, aún bajo el control de Silvia, y miró a Vidales como quien espera el inicio de una función.
—Déjala libre, Marcos.
El abogado asintió levemente. Víctor empujó a Laura hacia el centro del claro, un espacio de tierra baldía donde la única luz ya era la del porche y la de un vehículo de los captores que uno de los sicarios había dejado encendido minutos antes de que llegasen.
Cuando Víctor cortó la brida, Laura lo observó con detenimiento. Él se dio cuenta.
—Hasta otra, Laura.
—Hasta nunca, delincuente.
Él sonrió, le dio la vuelta y la empujó por la espalda, haciendo que casi trastabillase. Silvia lo imitó y soltó a Alberto de un empujón.
El intercambio se produjo en un silencio absoluto, solo roto por el crujido de las suelas sobre la grava.
Laura se cruzó con Alberto. Lo miró. Él le devolvió la mirada.
Llevaban más de diecisiete años sin verse, pero ninguno había olvidado ni un solo minuto de sus vidas juntos.
Y, sobre todo, ni un segundo del enfrentamiento que casi acaba con la vida de los dos.
Adrián era testigo, como lo fue en aquella ocasión que se saldó con uno de sus cuádriceps seccionado. De Miguel iba a decir algo, pero Vidales lo apremió para que llegase a su lado.
Por su parte, Laura llegó a la altura de Adrián y se apoyó en su hombro como un peso muerto. Él la sujetó por la cintura, notando el calor que emanaba de su ropa sucia y el temblor involuntario de sus músculos.
—Ya la tienes —sentenció Vidales, ajustándose las gafas de Armani con un gesto de desprecio—. Ahora, largo de aquí antes de que el paisaje se vuelva menos amable.
—Que vaya muy bien con esa intervención de tu hija, Laura —dijo entonces Alberto.
Ella lo miró con el mayor de sus desprecios, aunque el nivel de odio que mostraban sus ojos ni siquiera se acercaba al nivel de odio que salía de su corazón.
—Doctor De Miguel —inició Adrián—, lo que le ha dicho mi compañera, tómeselo muy en serio. Si algún día nos volviésemos a ver, sería el día de tu funeral. Lárgate lejos, todo lo lejos que el dinero de tu papá te permita.
—Al menos yo sé que mi papá es mi padre de verdad.
El cielo estaba despejado, pero aquellas palabras sonaron como el mayor de los truenos de la mayor de las tormentas que hubieran pasado por aquellas tierras. Todos percibieron el cambio en el semblante del cabo mayor, que había levantado su mano unos dos centímetros en dirección a su Glock.
—¿Qué pasa, Adrián? —preguntó Silvia—. Vámonos de aquí ya.
Adrián se mantenía quieto.
—Sí, vámonos —confirmó él.
—Eso, eso, huye antes de que cambie de opinión. Y tú, zorra —gritó señalando a Laura—, me diste la razón.
Vidales lo agarró del brazo para que se callase. Aquella sarta de reproches no podía llevar a ningún lugar bueno. Dioni se acercó a Lolo sin que él se diera cuenta y cogió el cuchillo que llevaba guardado en su bolsillo trasero.
—¿De qué está hablando este enfermo? —preguntó Laura.
Adrián dio un paso atrás y la arrastró con él.
—Te lo follaste a él cuando te aburriste de mí, y cuando te aburriste de él te follaste a otro —insistió Alberto.
Laura se sintió demasiado confusa. Por una parte creía que sabía por dónde iban los tiros; por otra, no sabía a qué venía aquello. Era imposible que él supiese nada. ¿O sí?
—¿No vas a contarle a tu mujercita por qué no eres compatible para donar médula a su hija?
Adrián tiró de ella otro paso más. Laura lo miró a los ojos.
—¿De qué está hablando?
—Eso te lo tendría que preguntar yo, pero ahora mismo solo importa que salgas viva de aquí. Ponte detrás de mí. Y camina hacia atrás sin dejar de mirarlos.
Adrián se situó delante de ella. Giró la cabeza y vio a Dioni muy cerca del sicario bajito, que solo miraba en dirección al médico con su arma baja.
—Alberto, vámonos dentro —exigió Vidales.
—Espera, joder. Ya que no se ha podido cumplir todo el plan, quiero disfrutar de esto.
Silvia se puso a la altura de Adrián.
—No sé qué mierdas os traéis, pero vámonos ya, que este tío se está viniendo arriba y tiene a tres sicarios delante y otro detrás.
—El de detrás no es problema. Si se abre fuego, ruedas y disparas desde el suelo. Y te repliegas reptando hacia atrás hasta esa encina de tu derecha.
Silvia comprobó que, en efecto, una encina se ubicaba a veinte metros detrás de ellos y a su derecha.
—No me jodas, Adri, no me jodas.
—Yo no te jodo, es ese puto loco.
Laura permanecía atenta a la conversación caminando despacio hacia atrás.
—Dame un arma —pidió Alberto.
—Alberto, déjate de tonterías y vamos dentro.
Me has hecho venir aquí y ensuciarme mis zapatos para vigilar que todo salga a la perfección.
Y ya lo tengo todo organizado: un lugar para ocultarte hasta que pase el chaparrón y después viajarás a Brasil con identidad falsa.
No lo estropees por un ataque de ego —atajó Vidales.
El médico miró con ira a su abogado y con la respiración demasiado agitada. Se giró sobre sus talones y se dirigió a Víctor.
—Tú, dame un arma. —Él lo miró de arriba abajo—. ¿Quieres cobrar? Pues dame un arma.
Víctor masculló algo en italiano que no llegó a los oídos de Alberto. Mientras el tipo desenfundaba su arma, y lejos del alcance de sus ojos, Dioni se colocó detrás de Lolo y le puso el cuchillo en la espalda.
—Ni se te ocurra moverte o te ensarto.
Alberto siguió con su borrachera de soberbia e ira.
—Laura, ¿quién es el padre de tu hija? Porque ese que te está protegiendo con su vida, ese que ha sacrificado su carrera como guardia civil, no lo es.
Adrián llevó su mano a su hierro.
—Adri, en serio, déjalo —pidió Silvia.
—Claro que es mi hija. Tú no sabes lo que es cuidar a alguien. Tú no sabes lo que es amar a nadie. Porque a ti nadie te ha amado. Ni siquiera ella —dijo Adrián en referencia a Laura.
Víctor, con lentitud y procurando que no lo vieran, le entregó el arma a Alberto. Antes de soltarla, la aferró con fuerza.
—¿Estás seguro de esto? Porque si mueres sí que no voy a cobrar. Y yo no te pienso proteger con mi vida.
—Tú procura disparar antes que ellos, así te garantizarás una propina. Vidales te dijo treinta mil, ¿no? Si todo sale bien, te daré seis mil extra.
Víctor torció el cuello. Era una buena oferta.
Al fin y al cabo, ellos tenían el refugio de la casa cerca.
Len tenía ganas de desenfundar. Carra no tantas, pero sabía cuidarse.
Y Lolo… El pobre Lolo no le había hecho daño a nadie.
Pero la verdad es que con el extra que le estaba prometiendo y con lo que no cobrase Lolo, andaría cerca de los cuarenta mil.
Suficiente para pasarle la pensión de su hija a su ex y desaparecer unos meses.
Laura estaba tan confusa o más que Silvia. Ninguna de las dos entendía nada. Adrián las apremiaba.
—¿Qué está diciendo, Adrián? —exigió Laura.
—Te repito que eso debes saberlo tú mejor que yo. Y que no es momento de hablar eso ahora. Vámonos, ya.
Pero no hubo un ya.
Porque entonces todo cobró demasiada velocidad, como si un padre que no quiere que su hijo vea la escena violenta de una película pulsara el botón de avance rápido.
Solo que aquello no era ficción.