Villa Magna
El Coronil quedaba atrás, una mancha blanca bajo un cielo que se teñía con el color de la sangre vieja. El grupo avanzaba por el carril de tierra compacta, donde el polvo se levantaba al paso de sus botas formando una estela invisible en aquel atardecer.
Adrián abría la marcha y sentía el peso de la Glock de contrabando en la cadera como un ancla.
Silvia sujetaba al rehén; su espalda era una línea rígida de tensión, la cara cubierta por una fina capa de calima.
Iba armada como si fuera una guerrillera, con otra Glock y una de las Skorpion proporcionadas por El Cojo.
La otra la llevaba Dioni, que cerraba la comitiva.
Entre ellos, Alberto de Miguel caminaba con la cabeza encapuchada, pero con una zancada firme, como si conociera cada piedra de aquel camino.
Llegaron a la puerta. Una verja de hierro fundido con un arco que rezaba un nombre más grandilocuente que las ruinas que se erguían detrás: Villa Magna del Caballero.
A unos cien metros tras la verja, una construcción de muros gruesos y ventanas pequeñas que en otro tiempo alojó a señores de la tierra y que ahora solo servía de refugio para carroña.
Aunque quizá no estuviera claro qué carroña de las dos era peor.
El silencio se impuso una vez que se detuvieron ante la verja.
Se miraron los unos a los otros. Sabían que estaban en una situación límite; sin embargo, no era algo nuevo.
Menos de dos años atrás se habían visto en algo muy similar.
Quizá peor, en una selva amazónica repleta de bichos y guerrilleros de gatillo fácil.
El silencio se rompía únicamente por el crujido de la grava bajo sus pies. Lo habían hablado todo antes de la extracción. Tenían claro lo que había que hacer, y las cacharras solo escupirían fuego si la cosa se torcía.
Entonces, tres figuras se despegaron de la sombra del porche.
No hubo saludos. Los captores se posicionaron en abanico, una formación de manual para maximizar el ángulo de tiro.
Portaban subfusiles MP5 y alguna CZ de polímero, armas cortas pero letales.
Uno de ellos se adelantó, retiró el candado de la verja y abrió la hoja derecha.
Con un gesto de cabeza invitó al paso. Una vez que lo hubieron hecho, se situó a su espalda y tuvo la intención de cerrar de nuevo el candado.
—Eh, tú. Deja abierta la puerta —exigió Dioni.
El tipo no se esperaba aquella orden. Miró hacia el porche de la construcción. Víctor asintió. Así que Lolo dejó abierta la verja.
La comitiva siguió caminando hasta que Adrián se detuvo.
Silvia hizo lo propio, levantando ligeramente el mentón, desafiante.
Dionisio, a la retaguardia, mantenía las manos cerca del cinturón, analizando los puntos de fuga que no existían, y sin perder de vista al sicario que les había abierto la puerta, el cual se situó a sus espaldas con el rifle en alto.
—Buenas tardes. —La voz vino de un hombre de mandíbula ancha y ojos hundidos. Víctor Spenza.
Los otros dos sicarios que tenía a su izquierda y derecha les apuntaban con sus hierros.
Vidales apareció entonces desde el interior de la vivienda con la parsimonia de quien asiste a una firma de escrituras.
Su traje de tres piezas era un insulto al polvo que lo rodeaba.
Lucía impecable, blindado por una capa de cinismo legalista que le permitía mirar a un cabo mayor y a una subteniente de la Guardia Civil como si fueran mendigos pidiendo clemencia.
El tipo peinaba una melena canosa y llevaba unas gafas de Armani que se apoyaban sobre una nariz de yonqui inconfeso de farlopa.
—¿Dónde está Laura? —exigió Adrián.
—Quítale la bolsa —ordenó Vidales.
Adrián tiró de la capucha de Alberto. El médico parpadeó, ajustando la pupila para intentar distinguir todo lo que le rodeaba. Al ver armas por doquier, reaccionó.
—¿Me apuntáis a mí? —preguntó Alberto.
Los sicarios no bajaron las armas. Miraron a Víctor, pero Alberto de Miguel intentó dar un paso al frente, ignorando el cañón de la pistola de Silvia que aún le rozaba el costado. Clavó sus ojos en Vidales.
—Bajad todos las armas ahora mismo —sentenció el abogado.
Hubo un instante de duda. Un segundo eterno en el que el dedo de uno de los sicarios tembló sobre el gatillo. Finalmente, tras una leve inclinación de cabeza de Víctor, los cañones bajaron hacia el suelo.
—Que salga ya Laura —exigió Adrián. Su voz sonó como el roce de dos lijas. No estaba para protocolos ni para exhibiciones de poder.
Vidales se ajustó las gafas antes de hablar.
—La impaciencia es una mala consejera en una negociación, cabo. Primero, las llaves de los grilletes. No podemos permitir que nuestro principal invitado siga luciendo esas joyas tan poco favorecedoras.
—Las llaves se quedan conmigo hasta que vea a Laura salir por esa puerta. Ni un segundo antes —respondió Silvia. Su voz era firme, sin la tiritera de los nervios. Estaba dispuesta a disparar allí mismo si hacía falta.
El abogado suspiró, fingiendo cansancio. Miró a Alberto, que mantenía una sonrisa de suficiencia.
—Nadie se fía de nadie, Marcos —dijo Alberto—. Es lógico. Estos dos han quemado sus vidas por una mujer que los abandonó y ahora tienen que rescatarla. Es normal que estén nerviosos.
Adrián se dio la vuelta sobre sus talones y dio un paso hacia él. El cañón de Víctor y de sus sicarios volvió a subir un palmo, advirtiéndole del límite.
—Cabo, estese usted tranquilo, haga el favor. Cuando termine esto, se miden ustedes las pollas si quieren en privado, pero con todos nosotros lejos de aquí —dijo Víctor ante la estupefacción de Vidales.
—Sacadla. Ahora —repitió Adrián.
El aire se volvió irrespirable. Vidales hizo un gesto a Víctor y él mismo fue el encargado de entrar en aquella vivienda.
Desde fuera escucharon el sonido de un cerrojo metálico al descorrerse; resonó en el patio como un disparo.
Era el sonido de la última fase del plan.
La reunión de los lobos había terminado; ahora empezaba el intercambio de los restos.
Adrián apretó los dientes y se acordó de Luz Marina.
Pensó en el gotero del que pendía su vida.
Sintió una gota él también, en su nuca. En ese instante comprendió que en aquel claro nadie iba a salir ileso, sin importar quién tuviera las llaves o quién pagara las balas.