Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Rumbo al sur
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Rumbo al sur

Desde el asiento trasero, Alberto de Miguel observaba el perfil de Adrián Trovado con la curiosidad de un crío que observa a un escarabajo pelotero al que está a punto de enterrar con la arena de la playa.

El ginecólogo sentía el frío del metal de las esposas contra el tirador del coche, una molestia mínima comparada con la satisfacción de ver la cara de angustia del cabo mayor.

El coche avanzaba suavemente, devorando los kilómetros de una Extremadura verde por las últimas lluvias, que daría paso a una Sevilla en las mismas condiciones.

A través de la ventanilla, el paisaje de la dehesa se extendía como un mar de encinas y pradera.

Alberto siempre había apreciado la estética de la desolación.

Aquellos árboles retorcidos por el viento parecían testigos mudos de una traición que, para él, no era más que una evolución natural de los acontecimientos.

Miró a Silvia; la subteniente mantenía la Glock sobre el regazo, con el dedo fuera del disparador pero los ojos fijos en su sien.

Ella era el peligro real, el elemento incontrolable que ya le había roto el labio.

Adrián, en cambio, era solo un hombre desesperado. Y la desesperación lo hacía previsible.

Cruzaron el Guadiana y el paisaje comenzó a ondularse.

Dejaron atrás las tierras de labor de las Vegas Altas para adentrarse en las estribaciones más septentrionales de Sierra Morena.

Los olivares del sur de Badajoz, ordenados en filas interminables de un verde ceniza, empezaron a alternarse con las encinas.

Alberto disfrutaba del silencio tenso que reinaba en el habitáculo, solo roto por el zumbido del motor y el siseo de los neumáticos sobre el asfalto de la Vía de la Plata.

El tipo estuvo a punto de dirigirse al guardia civil; sin embargo, prefirió no llevarse otro manotazo de la subteniente.

Se limitó a resoplar y a sonreír. Silvia lo miró con desprecio y él notó que tenía ganas de escupirlo.

Se llevó la lengua al pequeño corte que le había provocado en la boca y volvió su vista a la ventanilla.

De pronto, un aviso sonoro rompió la calma. El teléfono de Adrián, situado en el soporte del salpicadero, iluminó la cabina. Una notificación de un número oculto.

—Es Vidales —sentenció Adrián—. Manda las coordenadas del sitio.

La ubicación marcaba una zona aislada entre la provincia de Sevilla y el Campo de Gibraltar, una de esas fincas donde el mundo se detiene y las leyes del Estado se diluyen bajo la sombra de los alcornoques. Adrián miró hacia atrás y Alberto asintió.

Dionisio no había despegado los labios en todo el trayecto. Parecía una extensión del propio coche, una pieza más de la maquinaria, como si un robot lo condujera con destreza y obediencia.

El paisaje andaluz los recibió con un calor seco que empezaba a filtrarse por los cristales.

El blanco de los pueblos lejanos hería la vista.

Pasaron cerca de El Ronquillo, descendiendo hacia el valle del Guadalquivir.

Alberto se fijó en cómo el terreno se volvía más abrupto.

Cruzaron la SE-30 de Sevilla. Después tomaron la autovía dirección Utrera y, una vez allí, cogieron una secundaria que los llevaría a las inmediaciones de El Coronil.

Tras tres horas de un viaje que al ginecólogo se le hizo corto gracias al placer de ver la degradación moral de sus captores, Dionisio aminoró la marcha para tomar una pista de tierra.

Después de cuatro kilómetros pisando grava, y cuando el GPS marcaba poco más de un kilómetro para llegar al punto rojo, Adrián habló:

—Vete parando, Dionisio.

El hombre obedeció sin rechistar.

—No pretenderás que hagamos el resto a pie —protestó Alberto.

Adrián no contestó. Le hizo un gesto a Silvia para que actuara y ella no tardó ni dos segundos en encapuchar a Alberto.

—No me jodas, no me jodas…

—Te callas o te pongo una mordaza.

A unos ochocientos metros se divisaba una finca con una casa blanca en el centro que en su día debió de ser el lugar donde se criaban hermosos corceles andaluces.

—¿Estamos seguros de que es aquí, doc? —preguntó Adrián.

—Vete a la mierda y quítame esto de la cabeza.

—Si sigues así le voy a pedir a mi compi que te ponga la mordaza. No te va a pasar nada por caminar un kilómetro. ¿Me confirmas que Laura está en esa finca que hay más adelante?

—No tengo ni idea. Si Vidales te ha dicho que es aquí, es aquí.

—Andando entonces.

Alberto escuchó cómo el coche se movía, posiblemente para aparcarlo. También escuchó cómo se abría el maletero y ruidos metálicos y de cremalleras. Roces de tejidos y un par de choques de manos.

—¿Nos vamos o qué? No soportaré mucho más esta capucha —protestó el médico.

En ese momento notó cómo se le liberaban las manos de las esposas y del asidero del techo del coche. Sintió alivio al bajarlas y al sentirlas libres. Alivio efímero, ya que lo sacaron del vehículo con un tirón fuerte del brazo para esposarlo de nuevo.

—Como volváis a hacerme daño…

—¿Qué? —dijo Silvia—. Tengo dos hierros aquí cargados hasta arriba. Ya te digo que si esto sale mal, el primero que no lo cuenta serás tú. Menos humos y avanza.

Notó cómo lo empujaban y comenzaban a caminar.

Desde la oscuridad no podía divisar cómo el sol se ocultaba por poniente y apenas pudo sentir el frescor de una suave brisa de levante.

Un viento que contrastaba con la opresión que se ubicaba a ochocientos metros de allí, donde un abogado debía dar órdenes a un sicario para liberar a una prisionera.

El intercambio estaba a punto de comenzar.