Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Extracción
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Adrián miraba lo que el guardia le ofrecía sin decir ni hacer nada.

—Mi cabo, la carpeta —le pidió Espada.

El guardia del control de acceso le tenía tendida la carpeta, aunque Adrián no la había cogido. Por fin la tomó y el guardia se cuadró y saludó. El cabo le devolvió el saludo.

Abrieron la barrera y salieron de la prisión. Adrián tosió para disimular su estado de nervios. Tosió con fuerza, sintiendo el peso del metal en su cintura.

—¿Se encuentra bien, mi cabo?

Él tan solo levantó la mano cerrada con el pulgar apuntando al techo.

El guardia Espada tomó la rotonda en dirección al centro de Cáceres.

Siguió por las rondas de acceso a la ciudad y giró a la izquierda camino de la circunvalación.

Una vez ahí, Adrián sacó despacio la Beretta de la funda, procurando que Néstor no se fijase.

Cuando la tenía casi fuera, un golpe en la parte trasera lo distrajo y por poco se le cae de las manos.

—¿Qué le pasa a este? —preguntó Néstor.

Adrián miró hacia atrás, descorrió la ventanilla que impedía al recluso ver la cabina delantera y se encontró con los ojos de Alberto. Se arrugaron en una muestra clara de que sonreía. El cabo mayor tragó saliva, volvió la cabeza y apuntó con cuidado a las piernas del guardia Espada.

—En la siguiente rotonda, gira a la izquierda —pidió.

—Mi cabo, por ahí no es.

—Haz lo que te pido, por favor.

El guardia desvió la mirada de la carretera y se fijó en la Beretta del compañero apuntándolo.

—¿Se ha vuelto loco, mi cabo?

—Tranquilo. Te estoy apuntando a las piernas. Si te pones farruco y no obedeces, te llevarás un tiro en la rodilla. No te matará, pero te puede dejar cojo para toda la vida.

El guardia no entendía nada de lo que estaba sucediendo. En la parte trasera se escuchó algo que podía ser una risa.

—Gira a la izquierda y sube a la Montaña. Ya.

Estaban prácticamente en la rotonda de acceso a la montaña de Cáceres y el guardia temblaba. Estaba confuso, con miedo, con rabia.

—Está bien, está bien, pero estate tranquilo, ¿eh?

—Estoy tranquilo. Lamento mucho que esto te haya sucedido a ti. Te garantizo que no te va a pasar nada. Soy compañero de verdad. Necesito al recluso, es una situación de vida o muerte. Créeme. Cuando seas padre, lo entenderás.

—¿Y mi sargento?

—Está bien, no te preocupes. Te repito que soy compañero de verdad. Aunque por poco tiempo… —Adrián dijo esto con la tristeza del que sabe que su vida acaba de cambiar para siempre.

Llegaron al punto de extracción.

—Desvíate por ese camino.

El guardia obedeció y giró para tomar un camino pedregoso en el que la furgoneta se movía de un lado a otro con aparente fragilidad.

Llegaron a un pequeño claro en el que se encontraba el Land Cruiser de Adrián.

Allí esperaban tanto la subteniente, oculta por gorra, gafas de sol y mascarilla, como Dionisio, con la cara descubierta, sin miedo a las consecuencias.

El furgón se detuvo.

—Pon tus manos en el volante.

—¿Qué?

Adrián le mostró las esposas al guardia, que entendió y obedeció. Una vez esposado, le quitó su Beretta. Miró a Dionisio y asintió con la cabeza. Del coche sacaron al sargento, encapuchado.

—Joder, ¡qué estáis haciendo! Te vas a buscar una ruina si es verdad que eres compañero.

—Ya lo sé —respondió Adrián.

Sin decirle nada más, le puso una capucha en la cabeza y salió del vehículo, ignorando los gritos del guardia Espada.

Se apartó para que Silvia pudiera meter al sargento en el asiento del copiloto.

Una vez dentro, Adrián fue por el lado del conductor y le pidió al sargento que extendiera los brazos.

Los tomó y lo engrilletó también al volante con las propias esposas del oficial.

—¿Mi sargento? —gritó Espada.

—Sí.

—¿Está usted bien?

—Sí, ¿y tú?

—Hagan ustedes el favor de callar y escúchenme —ordenó Adrián—. Dentro de una hora daremos aviso para que vengan a buscarlos. Les dejo las cacharras y las llaves de los grilletes en la parte trasera. Lamento mucho lo sucedido, pero…

—Hijo de puta, sácanos de aquí —gritó Néstor.

—Calla, chaval —susurró el sargento—. Calla y déjales que se vayan; a ti y a mí esta guerra no nos afecta.

—Pero…

—Ni peros ni hostias, cállate.

—Hazle caso a tu sargento, Néstor. Cuando te enteres de mis motivos, quizá lo entiendas. Yo solo puedo pediros perdón y agradeceros que hayáis guardado los nervios. Dentro de poco alguien vendrá a buscaros; recordad a quien venga lo que os he dicho de las armas y de las llaves.

Adrián y Silvia se encaminaron a la parte trasera. Con las llaves que le acababa de sustraer a Néstor, abrieron. Allí se encontraron con un sonriente Alberto de Miguel, esposado y vestido de calle.

—Buenos días —dijo.

Silvia fue la encargada de acceder al furgón. Le quitó el cinturón de seguridad y lo agarró con fuerza del brazo. Cuando salió, el médico se fijó en el paisaje. Desde allí se divisaba no solo la monumental ciudad de Cáceres, sino toda la dehesa que la circundaba.

—Qué bonito es esto, coño.

—Andando —le dijo Silvia.

—Qué elegante va, cabo Trovado.

En ese momento, De Miguel recibió un golpe de revés en toda la boca que le hizo sangre en la cara interna del labio inferior por el choque con los dientes. No se lo esperaba y se quedó bloqueado.

—Escúchame, gilipollas —dijo Silvia, que fue la que propinó el golpe—.

Adrián no te puede maltratar por lo que todos sabemos.

Pero a partir de ahora no vas a hacer ningún comentario, ninguna alusión a Luz Marina, ni ninguna de tus mierdas.

Porque te juro que yo misma te corto la polla para observar cómo te desangras si todo esto sale mal. ¿Me entiendes?

Dionisio sonrió al ver a Silvia ejercer esa violencia con De Miguel.

La saliva de la subteniente, de una altura similar a la del ginecólogo, se estrelló contra su cara.

Alberto no respondió. Se limitó a mirar con suficiencia a aquella mujer que se había atrevido a agredirlo.

Adrián introdujo las Berettas y las llaves de las esposas en la zona de carga del furgón como había prometido.

Después, agarraron entre los dos a Alberto y lo metieron en la parte trasera del coche en el que Dionisio se había puesto al volante.

Adrián se dirigió al maletero. Allí sacó una mochila con ropa de calle.

Se cambió allí mismo, a la intemperie, en menos de dos minutos y se sentó en el asiento del copiloto.

A su lado, Dionisio le saludó con un gesto de la cabeza.

Arrancó el coche. El cabo mayor giró la cabeza y miró hacia atrás.

Se encontró con Silvia, pistola en mano, apuntando a De Miguel, al que había engrilletado al tirador superior de su lado del asiento.

—¿En serio me vais a llevar así todo el viaje?

—Dime a dónde vamos y procuraré que se haga lo más corto posible.

—Pon rumbo al sur y avisa a Vidales.

Adrián asintió y Dionisio aceleró; dejó a su lado el vehículo policial en el que acababa de firmar su licencia con deshonor en la Guardia Civil. Le decía adiós a una vida con la esperanza de salvar la única que le importaba en ese momento.