Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Diligencias
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Diligencias

Adrián se bajó del taxi y recorrió a pie los doscientos metros que lo separaban de la Comandancia de Cáceres. Allí, en la puerta, se encontró con el furgón y con el que debía de ser el guardia Espada.

—¿Néstor? —preguntó Adrián, que iba de perfecto uniforme benemérito. Solo le faltaba el tricornio.

El guardia lo miró y sonrió. Le estrechó la mano.

Adrián le entregó la notificación del juzgado para trasladar al recluso a la Audiencia de Cáceres.

Él mismo llevaba una igual. La habían falsificado el día anterior, aunque no hubiera sido necesaria, ya que el guardia Espada asintió al ver los galones del cabo mayor.

—Me vas a perdonar el retraso, pero llevo poco tiempo por aquí. ¿Nos vamos ya?

—Claro, claro. ¿Quieres conducir?

—No, no; tú conocerás esto mejor que yo.

El guardia afirmó, orgulloso. Él era natural de Cáceres y se jactaba de haber conseguido plaza en su propia ciudad. No es que fuera el primero de la promoción, sino que su tío era el coronel de la Comandancia y, claro, eso también influye.

Cuando se subieron al coche, Adrián notó el olor a vetusto.

Se trataba de una vieja Renault Traffic con una jaula en la parte posterior y dos asientos de copiloto.

Le entró la duda de si en la cárcel se subiría otro compañero más y tendría también que neutralizarlo. Esto le produjo un mayor desasosiego.

El guardia Espada, un veinteañero repeinado y sin apenas pelos en la cara, se sentó al volante.

Arrancó aquel trasto y se incorporó a la circulación sin dar el intermitente.

Recorrieron las calles de Cáceres, que en aquellos momentos se desperezaba, y tras unas cuantas rotondas llegaron a la prisión provincial.

Adrián tomó aire y eso no pasó desapercibido para el guardia.

—¿Le pone nervioso la cárcel, mi cabo?

Adrián, al sentirse pillado, reculó como pudo.

—La verdad es que me ha entrado tiritera; ¿te importa si pongo la calefacción?

—No funciona; ya sabe cómo estamos de recursos.

El cabo mayor asintió y procuró no dar más muestras de nerviosismo. Llegaron a la barrera de entrada; otro guardia les dio el alto.

—¿Qué pasa, Espada? Tienes cara de haber follado anoche —dijo el que los recibía.

—Se hace lo que se puede. ¿Y tú? ¿Cómo vas con la pepinillo?

—Me está costando, me está costando.

—Pico y pala, amigo; pico y pala.

Néstor Espada le entregó la documentación al guardia del acceso y este, tras revisarla, miró en el interior del coche. Adrián consultaba el móvil.

—¿Y el sargento?

—Le ha pasado algo a una de sus hijas. Me han mandado al cabo mayor como sustituto.

El guardia se cuadró y saludó a Adrián, que le devolvió el saludo militar.

—Adelante; doy orden para que saquen al recluso.

Adrián giró su cabeza hacia la ventanilla para resoplar sin que el guardia Espada advirtiese su sofoco. Cruzaron la barrera y aparcaron en un estacionamiento pegado al complejo carcelario.

—¿Fuma, mi cabo? —dijo Néstor ofreciéndole un cigarrillo. Adrián negó con la cabeza—. Pues con su permiso, me salgo a echar un pitillo mientras nos traen al preso.

Adrián consultó el móvil de nuevo. Le temblaban las manos y no era capaz de controlarlo. Ya tenía el visto bueno de la subteniente; ya estaban en la posición indicada. De pronto, unos nudillos golpearon en el cristal y el cabo se sobresaltó.

—Mi cabo, ya nos traen al preso.

Adrián asintió. Había llegado el momento. Salió del vehículo y se ajustó el traje. Se caló bien la gorra con la falsa esperanza de que no lo reconociera. No hubo suerte.

En cuanto Alberto de Miguel salió, esposado, de las instalaciones carcelarias, alzó la vista y clavó sus inquietantes ojos en los del cabo Trovado.

Era como si lo hubiera olido. Como si pudiera percibir su miedo.

Dos funcionarios de prisiones, escoltados por otro guardia civil, lo llevaban cogido de cada brazo.

—Mi cabo, ¿las diligencias? —preguntó Espada.

Adrián titubeó.

—Hágalas usted, Espada.

—¿Yo? Nunca lo he hecho solo.

—Seguro que ha visto al sargento hacerlo muchas veces.

El guardia sonrió. Se sintió orgulloso de que el cabo mayor confiara en él y se dirigió hacia el interno.

Le preguntó por su estado de salud, a lo que el ginecólogo contestó con sorna que, precisamente, él era médico y sabía perfectamente cómo estaba.

Espada procedió al cacheo de seguridad, le retiró los grilletes del centro y le puso los suyos propios, los de la Guardia Civil.

Después; junto con los funcionarios, realizó el cotejo de la documentación.

Una vez terminada la transferencia de custodia, entre el guardia de la prisión y el guardia Espada lo metieron en la celda trasera de la furgoneta.

Adrián sudaba. Si ese otro guardia se metía en la parte trasera para acompañar al preso, como marca el protocolo en traslados de alta seguridad, todo el plan se iría al garete.

Sin embargo, al ser un traslado ordinario a los juzgados y contar con la mampara blindada de la Renault Traffic, lo habitual era que solo dos guardias fueran delante.

De Miguel, antes de agachar la cabeza para entrar al furgón, lo miró y curvó sus labios hacia arriba en lo que pretendía ser una sonrisa.

Los dos guardias accedieron con él al interior del furgón y durante unos segundos se escucharon los chasquidos metálicos de los cerrojos de la jaula. Tras un interminable minuto, salieron los dos y el guardia de la prisión estrechó la mano de Espada.

—Buen servicio —dijo mientras se cuadraba mirando a Adrián.

El cabo le devolvió el saludo, giró sobre sus propios talones y exhaló un aire que salió con más dióxido de carbono del que un neumólogo recomendaría.

Se metió en el coche al mismo tiempo que lo hacía el guardia Espada, que encendió el motor, maniobró para dar la vuelta y se encaminó a la salida.

Allí los esperaba el último control, con la barrera bajada.

El furgón se detuvo, Néstor bajó la ventanilla y le entregó, otra vez, la documentación al guardia de la entrada.

Este la revisó, le echó un vistazo a todo el furgón rodeándolo y tocó la ventanilla de Adrián.

Este la bajó y el guardia le entregó la carpeta con la documentación que acababa de firmar.

En ese momento los ojos de los dos guardias se cruzaron.

Adrián reconoció al chaval que le dejó acceder a la prisión dos días atrás.

Se estremeció porque el chico se quedó muy serio.

No lo había reconocido a la entrada y en ese momento pensó que todo se había acabado.