Ruedas rajadas
El sargento de la Guardia Civil Arturo Altozano salió del portal ajustándose la gorra reglamentaria con un gesto mecánico.
Aquel día tenía que madrugar de más porque tenía un encargo extraordinario de la Comandancia.
El benemérito caminaba despistado y somnoliento sin saber que el día anterior, en otra comandancia a cuatrocientos kilómetros de allí, unos compañeros habían rebuscado en su ficha policial hasta saber su dirección y los vehículos que estaban a su nombre.
Cáceres a esas horas olía a granito húmedo y a churro recién hecho.
Arturo, un cincuentón de uno setenta y con una ligera barriga, llevaba un maletín de cuero en una mano que le otorgaba un aire de médico de los antiguos, y en la otra mano portaba las llaves de su coche particular.
No esperaba que el mundo se le desmoronara en un callejón a escasos metros de su vivienda.
Llegó a su Peugeot. Se detuvo en seco. El coche estaba escorado hacia la derecha, hundido como un animal herido.
El sargento soltó un bufido que se convirtió en vaho denso.
Se agachó. No era un pinchazo accidental; los cortes en los flancos de las dos ruedas derechas eran limpios, quirúrgicos, obra de una hoja de acero al carbono.
—Me cago en todo lo que se menea —protestó—. Serán hijos de…
Se incorporó para sacar el móvil, pero una sombra se despegó de la pared. Dionisio apareció con la parsimonia de un espectro. Llevaba una chaqueta gastada y las manos en los bolsillos. Sus ojos, fijos y sin brillo, detuvieron el gesto del oficial.
—No llame todavía, jefe —dijo Dionisio. Su voz era un susurro de lija—. Tenemos que hablar de un cambio de planes.
El sargento amagó con echar mano a la funda, pero Silvia, con gorra, gafas de sol y mascarilla, apareció por su flanco izquierdo.
—Haga usted el favor de entrar en el vehículo —dijo mientras le apuntaba con una Glock.
Al sargento le sonó extraña aquella voz.
Tragó saliva. Ya no eran los tiempos de la lucha armada, del terrorismo del tiro en la nuca.
Él era un simple sargento con labor administrativa y algún encargo especial como el que tenía en ese día.
Decidió obedecer porque era su mejor baza para salir con vida de aquel entuerto.
Si sobrevivía, ya averiguaría lo que ocurría.
La subteniente lo desarmó y lo metió en su propio vehículo, en el asiento del copiloto.
Dionisio se puso en el del conductor y Silvia accedió por detrás.
—Necesito que escriba a su compañero; dígale que tiene un problema familiar muy grave. Que ha contactado con la central y que le van a mandar un reemplazo.
El guardia abrió la boca y comenzó a entender.
Al parecer, el tipo al que tenían que trasladar al juzgado no debía de ser un mindundi, sino alguien importante capaz de organizar aquella retención a un agente de la ley.
Se iba a cagar en los muertos de quien hubiera decidido que el protocolo para aquel recluso eran simplemente dos guardias: un veterano aburrido y un novato imberbe.
—¡Hágalo ya! —exigió Silvia.
El tipo se sobresaltó.
—Voy, voy, tranquilo.
El modulador de voz que había usado alguna vez para comunicarse por teléfono con algún confite sospechoso y no revelar que era mujer, le seguía funcionando.
El sargento tomó su teléfono y obedeció.
Silvia le pidió que se lo enseñase a Dioni.
El veterano miró a la subteniente y asintió.
Ella le hizo un gesto con la cabeza y él abandonó el coche.
—Ahora nos va a acompañar a un sitio.
—¿A dónde?
—Sargento, deje las preguntas para mí.
—Tengo dos hijas.
Silvia sintió una náusea en el estómago.
Aquel hombre, con esa frase, le estaba rogando por su vida.
Ella había cruzado un límite del que no sabía si podría volver.
Ya lo había cruzado más veces con Adrián, pero una cosa era atropellar sin compasión a un policía corrupto, cargarse a guerrilleros que no tenían respeto alguno por la vida, y otra cosa era lo que estaba haciendo en ese momento.
—Si obedece, cenará con ellas esta noche.
El agente de la ley tragó saliva. Al instante, un coche frenó a su lado.
Silvia le pidió al guardia que saliera y se introdujera en el asiento de atrás.
Al volante estaba Dionisio. Nada más entrar al vehículo, Silvia engrilletó al sargento y le puso una capucha en la cabeza.
El picoleto repitió que era padre de dos hijas.
Salieron de allí con un leve rechinar de ruedas y con la esperanza de que al otro lado de la ciudad todo saliera como esperaban.