Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Códigos
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El tiempo en aquel agujero no se medía en horas; se medía en latidos.

Laura sabía que cada segundo allí encerrada era una gota de sangre menos en el cuerpo de Luz Marina.

La desesperación es un combustible sucio: quema rápido y deja mucho humo, pero obliga a moverse.

Había analizado cada rincón de la estancia.

Sus ojos estaban acostumbrados a la penumbra.

No había vías de escape físicas. La puerta estaba bloqueada; las ventanas, selladas.

Su única salida no era algo inanimado: era un ser vivo.

Entre sus captores había uno diferente. El tal Len era fuerza bruta.

Lolo, el pequeño, un manojo de nervios. Al otro no lo había visto.

Y el cuarto, Víctor, era disciplina. Y la disciplina tiene una grieta: la arrogancia.

Él creía tener el control absoluto. La miraba no como a una víctima; la miraba como a un trofeo.

Una igual a la que había conseguido enjaular.

Laura se soltó el pelo. No fue un gesto de coquetería; fue una declaración de guerra.

Se quitó la manta de encima. En aquel lugar hacía frío y solo vestía una camiseta.

Aporreó la puerta. Pidió agua. Víctor entró media hora después.

No pensaba obedecerla como si fuera una princesa.

El tipo traía una botella y una barrita energética.

No se acercó. Mantenía esa distancia de seguridad táctica; esos dos metros que marcan la diferencia entre reaccionar o morir.

—Come —ordenó. Lanzó la barrita sobre el colchón.

Laura no la cogió. Se mantuvo de pie en el centro de la estancia. Le sostuvo la mirada.

—¿Cuánto te pagan por esto? —preguntó ella. Su voz era ronca; era firme.

Víctor soltó una risa seca.

—Lo suficiente. No se trata solo de dinero.

—¿Entonces de qué se trata?

—De códigos.

El individuo se acercó. No olía bien; sin embargo, emanaba feromonas.

—Ah, los códigos. Esa cosa tan masculina —Laura enfatizó la palabra.

—¿Me vas a hablar ahora de feminismo barato?

—¿Barato? Te parece normal que cuatro hombres retengan a una mujer contra su voluntad. No todos los hombres, pero siempre hay uno de vosotros.

Dio un paso al frente. Víctor no retrocedió. Su orgullo se lo impedía. Ella contaba con eso.

—¿Me acusas de machista? Esto es un trabajo.

—No es un trabajo; es un delito. No sé si tienes hijas, mujer o madre. Me gustaría saber qué les harías a los tipos que las secuestrasen. Aunque seguro que no tienes a nadie que te quiera.

Le escupió a la cara. Retrocedió. Víctor se limpió el fluido. Se acercó y la agarró de las muñecas presas por las bridas. Fue un movimiento rápido; fue técnico. Apretaba fuerte. Controlaba las articulaciones. Pero no la apartó. Se quedaron así, conectados por la tensión.

—Quítamelas —rogó ella.

Él sonrió.

—No soy idiota. Sé lo que intentas —dijo con voz baja.

—¿Ah, sí? —Laura se pegó a él. Cuerpo contra cuerpo; cadera contra cadera—. Yo también sé cosas.

—¿Qué cosas?

—Llevas mirándome desde el principio. No como un carcelero. Me miras como si quisieras saber si muerdo.

Víctor resopló. La atracción estaba ahí. Era el reconocimiento de dos depredadores en la misma selva. Soltó sus brazos y le agarró la nuca. La obligó a mirar hacia arriba. Sus dedos se enredaron en el pelo sucio.

—Muerdes —afirmó él. Acercó su boca—. Y eso es lo único interesante de todo esto.

Laura no se apartó. Al contrario; se arqueó hacia él.

Sus manos engrilletadas se movieron por la entrepierna de Víctor.

Rozó la tela del pantalón. Buscaba la dureza.

Era supervivencia. Si conseguía llevarlo al suelo, si lograba que bajara la guardia un segundo y soltara su peso, le alcanzaría la tráquea con los pulgares.

Víctor la besó. Fue un beso duro; fue posesivo.

Sabor a sangre y rabia. Laura respondió con intensidad.

Dejo que él creyera que había ganado; que la había domado.

Sintió la mano de Víctor por su espalda. Ella lo rozaba con las manos atadas.

—Quítame las bridas.

Estaba cruzando el umbral. El soldado dejaba paso al hombre.

De repente, el mundo giró. Víctor la empujó.

Laura tropezó y cayó sobre el colchón viejo, que le había sido devuelto desprovisto de todo muelle.

El golpe le sacó el aire. Víctor estaba de pie.

Respiraba agitado. Se pasó el dorso de la mano por la boca húmeda.

En sus ojos ya no había deseo. Se ajustó la chaqueta.

Había notado un movimiento extraño en la mano de ella.

Quizá quiso someterlo. O quizá su instinto le gritó que aquello era demasiado fácil.

—No soy idiota —dijo con desprecio—. Buen intento. Casi me lo creo.

Laura se incorporó sobre los codos. Se limpió la boca. No iba a suplicar. No iba a fingir vergüenza.

—Eres un hombre, Víctor. Solo eso. Un hombre básico.

Víctor sonrió. Esa expresión dio más miedo que una amenaza.

—Soy un hombre, sí. Y tú una mujer. Soy lo suficientemente profesional para saber que estás desesperada. Harías cualquier cosa por tu hija. Follarme o matarme.

Se acercó a la puerta. Recuperó la compostura. Volvió a ser un muro de hormigón.

—No vas a salir de aquí usando tu cuerpo como llave maestra —sentenció—. Con Len quizá habría funcionado, pero preferiste asfixiarlo. No has elegido bien la presa.

—Eres un hijo de puta. Mi hija se muere y me hablas de códigos. Te atreves a juzgarme.

—Lo siento por la cría, créeme. Pero si te libero, mi vida se acaba. Soy un hijo de puta, sí; pero te has equivocado en algo: fuera de aquí sí hay personas que me quieren.

—¿Y saben cómo pagas la comida y las facturas?

El tipo resopló. Se puso las manos en las caderas.

—Si vuelves a acercarte, me dan igual las órdenes: te rompo los dos brazos.

Se largó. El portazo retumbó en la habitación. Laura se quedó sola con el sabor de Víctor en los labios. Había gastado su última bala. Y había fallado.