Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El cojo
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El cojo

Silvia detuvo el coche en el muelle pesquero de Algeciras, en un rincón donde la sombra de los bloques de hormigón los protegía de la mirada de la garita de la Autoridad Portuaria.

El aire allí pesaba: era una mezcla espesa de gasoil, salitre y el rastro orgánico del pescado fresco amontonado en cajas.

Lope estaba apoyado en un bolardo de hierro oxidado, fumando con la parsimonia de quien no teme al tiempo.

Llevaba una chaqueta técnica oscura, el cuello subido contra el levante y la misma mirada cínica con la que voló desde el Sáhara tres días atrás.

Al ver bajar a Silvia, el aviador tiró la colilla al agua sucia del muelle, donde las manchas de aceite formaban arcoíris turbios.

Sus ojos recorrieron a la subteniente con una lentitud que rozaba la insolencia, deteniéndose en sus curvas antes de fijarse en la silueta de Dionisio, que permanecía como una estatua de piedra tras el parabrisas del coche.

—Hola, otra vez, Silvia —dijo Lope. Su voz era un susurro áspero, curtido por la presión de las cabinas y el aire seco del desierto—. ¿Dos favores en menos de una semana?

Lope dio un paso hacia ella hasta colocarse a escasos centímetros sin pedir permiso. Se inclinó ligeramente con la intención de captar el perfume de la subteniente; aunque ella, después de todo el trajín acumulado, no hubiera tenido tiempo para acicalarse.

—Algún día tendré que cobrarme la deuda, y ya sabes que no acepto transferencias bancarias. Te vendría bien dejarte llevar por alguien que sepa volar alto y lejos de toda esta mierda de la Comandancia, Silvia. Tienes demasiada tensión en los hombros.

Silvia no retrocedió ni un centímetro. Sostuvo la mirada del piloto con unos ojos que albergaban dos láminas de acero templado.

—No he venido a escuchar tu opinión sobre mis hombros, Lope. ¿Dónde está el material?

El aviador suspiró, fingiendo una decepción que ambos sabían que era puro teatro. Se enderezó y, con un movimiento rápido, le tendió un trozo de papel arrugado que sacó del bolsillo de su chaqueta.

—Sigues siendo igual de encantadora, subteniente —sonrió Lope—. ¿Conoces el desguace de la carretera vieja de Los Barrios, el que tiene la valla de color azul y el perro que no ladra?

—Más o menos.

—Da dos pitidos y, cuando salga el Cojo, dile que vas de parte mía, del tipo que le paga a precio de oro los repuestos de Cessna.

Él tiene lo que buscas: dos subfusiles Skorpion, tres Glocks y tres chalecos antibalas.

Material checo que entró por el puerto de Tánger.

Todo limpio, con los números de serie borrados con ácido.

Material mudo y, lo más importante, sin sangre.

Lope le rozó la mano al entregarle el papel, manteniendo el contacto de sus dedos contra los de ella un segundo más de lo necesario.

—Dos favores, Silvia. No lo olvides, porque yo no lo haré.

Donaire subió al coche sin despedirse, cerrando la puerta con un golpe seco que zanjó la conversación.

Silvia condujo hasta el lugar mientras se preguntaba si aquel maldito juego de confidentes y traficantes de armas era una broma absurda del destino: el Manco y el Cojo. Quizá aún les faltaba por conocer al ciego.

En el desguace, la entrega fue clínica: el supuesto mecánico tan solo leyó el papel y escuchó el nombre de Lope; después le entregó una mochila grande, de las de deporte. Silvia le pagó los doce mil euros y salieron de allí quemando rueda en dirección a la galería de tiro de la comandancia.

El Cojo se los quedó mirando sin saber que, pocas horas después, esas armas dejarían de estar tan limpias. Al igual que las almas de los que las empuñaran.