SIGO
Adrián había dudado en si poner el lema del fallecido joven marbellí en su mensaje para Luz Marina.
Era cierto que los mensajes en redes sociales del chico habían supuesto un antes y un después respecto a las donaciones de médula en España.
El problema era que Pablo Ráez, por desgracia, no superó la enfermedad y a muchos les partió el corazón.
Sin embargo, su legado, la concienciación para que las donaciones de médula subieran de forma exponencial, merecía esa mención.
El lema lo habían usado entre ellos en alguna ocasión.
Él se lo contó cuando la diagnosticaron año y medio atrás.
Una de esas donaciones le sirvió para darle un tiempo extra a la muchacha.
No, no había funcionado del todo, pero de no haber contado con esa médula donada, quizá ya sería demasiado tarde.
Laura todavía no estaba de camino; ahí sí que había tenido que tirar de mentira por segunda vez. Aunque siempre le había sido sincero, aquellos momentos no eran para la contemplación. Aquellos momentos eran para la planificación estratégica. Nada podía fallar.
El primer alto en el camino había sido la visita a su hija en el Virgen del Rocío. Habían dormido los tres en un motel de carretera cercano a Sevilla, pero antes de volver hacia Extremadura, tenían que bajar al sur. Al origen. A su base.
El trayecto de Sevilla a Algeciras se les hizo eterno, aunque apenas rozó las dos horas. A media mañana había recibido el mensaje de Vidales: la visita al juzgado de De Miguel sería al día siguiente a las 9:30 h. Tenían menos de veinticuatro horas para organizarlo todo.
Cuando llegaron a la bahía, Silvia detuvo el coche en una calle discreta, cerca del puerto, a la espalda de la Comandancia de la Guardia Civil de Algeciras. El olor a salitre y gasoil les golpeó al bajar; el aroma de su casa, de su trabajo.
—Si tienes algún problema con tus claves, usa las mías —dijo Silvia desde el asiento del conductor.
Adrián, que ya se había bajado y enfilaba hacia la Comandancia, asintió como el padre que asiente al niño cuando le pregunta si existen los Reyes Magos.
—Ten cuidado, haz el favor.
—Tranquila, me llevo al Dioni —Silvia hizo un gesto con la cabeza señalándolo.
Los dos sabían cómo se las gastaba el veterano, aunque ninguno quisiera apreciarlo delante de él.
—Venga, picoleto, marcha sin miedo —dijo Dioni
—¿Seguro que te acuerdas del pin de mi tarjeta?
—Que sí, hombre, que sí.
—Ponte la gorra, la mascarilla y sácalo todo. Hay algo más de veinte mil.
—Adri, tranquilo con lo del dinero, es un buen plan.
—Nos vemos en la galería de tiro dentro de dos horas.
Silvia asintió y Adrián se despidió de ella con una caricia en el pelo.
Caminó hacia el acceso de personal de la Comandancia.
Pasó el torno con la tarjeta magnética. El guardia de la garita le saludó con un gesto rápido.
Eran rostros habituales, parte del mobiliario de la lucha contra el narco en el Estrecho. Nadie le paró.
Fue directo a los vestuarios. El sonido metálico de las taquillas al abrirse resonó en la sala vacía.
Allí estaba su otra piel. El uniforme de servicio bicolor, la gorra, el cinturón con la defensa y, algo muy importante para su plan, los grilletes.
También tenía un par de cargadores de reserva que siempre dejaba allí guardados.
Llevaba siempre su Beretta, pero en este caso tendrían que llevar algo más y por eso Silvia se había ido con Dionisio.
Mientras ella se adentraba en otra misión al margen de la ley, él debía buscar una valiosa información en su ordenador.
Subió a la planta de Policía Judicial. La oficina del EDOA estaba a medio gas, con el turno de mañana a medias debido a diversos operativos que tenían a los guardias en la calle.
Adrián se sentó frente a su terminal de siempre, introdujo su clave de usuario y accedió al sistema SIGO, el que le daba una especie de omnipotencia para averiguar protocolos y acciones en el cuerpo.
Filtró por provincia y buscó los traslados del día siguiente.
El sistema, lento y burocrático, escupió la información tras unos segundos agónicos. El cabo miraba en derredor continuamente, con el miedo de quien sabe que está haciendo algo ilegal. Y ya estaba hecho. Ya se había condenado para siempre. Aunque todavía estaba a tiempo de enmendarlo.
—¿Se puede saber qué haces otra vez aquí?
La voz sonó a unos metros detrás de él, seca y autoritaria. Adrián cerró la pestaña del sistema como si fuera un adolescente al que su madre le ha pillado viendo una página porno. Precisamente, conocía ese tono mejor que el de su propia madre.
El brigada Salgado estaba en la puerta de la unidad, con los brazos cruzados y el uniforme impecable. Le miraba con esa mezcla de sospecha y paternalismo que usaba con sus subordinados.
—Mi brigada —saludó Adrián.
—Tienes permiso por lo de tu hija. Es la segunda vez que te veo por aquí. ¿Me vas a contar qué está ocurriendo?
—Mi brigada, como le dije hace dos días, estoy terminando unas diligencias de un operativo; no quería…
—¿Seguro? Empiezo a pensar que estás usando los recursos de la empresa para algo particular tuyo que no alcanzo a comprender.
Adrián tragó saliva. Estaba convencido de que todavía no sabía lo del Manco, si no, quizá estuviera detenido.
Se levantó y se acercó al brigada.
—Con el debido respeto, mi brigada —insistió el padre—.
Si ocurre lo peor, que es lo más probable, voy a estar un tiempo lejos de mi puesto de trabajo.
He visitado a mi hija esta mañana y no nos han dado buenas noticias.
Aunque de momento está estable. Si tengo que enterrarla mañana o pasado, no quiero que nadie me llame al teléfono porque hay algún trámite que no se ha realizado o porque nadie ha avisado a ningún confite a tiempo.
¿Le importa mucho que sea profesional y padre al mismo tiempo?
Al brigada le tembló el labio superior. Le clavó los ojos, aunque Adrián le aguantó la mirada.
—No tarde demasiado, y si tiene que irse con su hija, váyase. Ya le cubriremos como podamos.
—Gracias, mi brigada.
Adrián giró sobre sus propios talones y volvió a su pasillo suspirando sin que le viera Salgado.
El brigada salió de la sala con el runrún de que tenía que hablarle, precisamente, de un confidente por el que él mismo preguntó no haría ni dos días y que no daba señales de vida.
Prefirió ahorrárselo porque no había pasado el tiempo suficiente para saltar la alarma.
Adrián mandó un mensaje al culebra de Silvia.
«Tengo los nombres. Y las direcciones».
La subteniente le respondió con un mensaje de OK. Adrián no las tenía todas consigo. No obstante, se había convencido a sí mismo de que, si todo salía bien, lo máximo que le podría caer a su compañera era un expediente disciplinario.
Eso si todo salía bien.