Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Siempre fuerte
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Siempre fuerte

Luz Marina consiguió abrir los ojos. Había sufrido una nueva crisis la noche anterior.

El resplandor del nuevo amanecer, filtrado a través de las persianas venecianas de la unidad de aislados, percutió la delgada piel de sus párpados con la insistencia de un dios de luz.

Al fin y al cabo, su nombre empezaba así.

Ella reaccionó separando las pestañas con una lentitud geológica.

La iluminación en aquella habitación no era solar, o al menos no lo parecía; era una claridad blanca, lechosa y sin temperatura que rebotaba en las escasas paredes de linóleo inmaculado y en las enormes mamparas, eliminando cualquier sombra donde pudiera esconderse el miedo.

En esos momentos de su vida, suspendida en aquel limbo aséptico, nunca sabía si después de cerrarlos por la noche volvería a ver esa claridad, así que tenía que aprovechar cualquier hálito de fuerza que tuviera para aferrarse a la consciencia.

Aunque, en realidad, cuando miró hacia abajo, la duda la asaltó.

Su cuerpo apenas abultaba bajo la sábana de hilo, tensa y sin arrugas, como si no hubiera nadie debajo.

Se vio rodeada de una arquitectura de soporte vital: tubos transparentes que serpenteaban como enredaderas de plástico, bolsas de fluidos que goteaban con una cadencia hipnótica y monitores que dibujaban cordilleras verdes y rojas en silencio.

Se preguntó si aquello —ser un apéndice de carne conectado a una maquinaria de precisión— era vida.

Se respondió a sí misma que sí, que todo merecía la pena cuando lo vio.

Estaba al otro lado de la mampara de vidrio, de su pecera hermética que separaba el aire estéril de su habitación del mundo contaminado de los vivos.

No estaba a su lado, sentado en la silla de vinilo azul, porque los protocolos de inmunosupresión no lo permitían, pero su presencia llenaba el vacío de la distancia.

Allí estaba. Como cada día del último año y medio.

Al ver la silueta de su padre recortada contra la luz del pasillo, se acordó inexorablemente de su madre.

Ella la había privado de esa imagen, de ese hombre, durante más de cinco años.

Sin embargo, mientras notaba el roce áspero del catéter en su muñeca, no encontró espacio para el resentimiento hacia su progenitora.

Entendía la lógica del miedo. Ella tenía tan solo diez años cuando aceptó las condiciones de su madre para sentirse más segura, aunque esas condiciones supusieran cruzarse medio mundo y cambiar la tranquilidad de un pueblo por la vorágine de la huida primero, y de la montaña y la selva después.

Aunque en medio también disfrutó de la eterna primavera de Medellín, aquello ahora lo recordaba como si hubiera sido un sueño.

Ahora que la mano de mamá no estaba para apartarle el pelo de la frente, su padre velaba por ella desde la distancia del cristal.

Y, según sus palabras de horas pasadas, su madre vendría pronto.

Había decidido creerle. La esperanza era lo único que no registraban las máquinas.

Él nunca la había mentido. Siempre le expuso la gravedad de la enfermedad, la brutal aritmética de sus posibilidades, para luchar contra ella desde el minuto uno. Ahora no iba a fallarla.

Él sonrió. Fue un gesto amplio, exagerado, y le hizo una morisqueta infantil, arrugando la nariz y sacando la lengua, intentando romper la solemnidad de la muerte con una mueca de vida.

Ella lo intentó. Mandó la orden a los nervios de su cara.

Sintió la piel tirante, seca como el papel de fumar.

Curvó sus labios hacia arriba a pesar de que ese mínimo esfuerzo de los músculos faciales le suponía un gasto energético similar al de un levantador de halterofilia en una olimpiada.

La sonrisa le dolió en las comisuras de los labios. La sostuvo.

Entonces él se movió. No habló por el intercomunicador.

Sacó un folio que debía de tener guardado en algún lugar fuera de su vista, quizá guardado en sus pantalones.

Lo pegó contra el cristal. La tinta negra del rotulador grueso contrastaba violentamente con la blancura clínica del entorno.

Después sacó otro. Y otro. Una secuencia de cine mudo para una espectadora que apenas podía oír su propia respiración.

Consiguió leer el mensaje que su padre quería transmitirle. Sus ojos recorrieron los trazos negros, absorbiendo cada letra. Estaba demasiado débil para levantar el brazo y coger el teléfono de la mesita; no hizo falta.

Volvió a sonreír. Esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos, humedeciéndolos.

Ya no le importó el esfuerzo titánico que eso suponía, ni el pinchazo en el costado, ni la pesadez de sus huesos.

Si su padre lo decía, plasmado en tinta indeleble contra el vidrio, tenía que ser verdad.

Aquellos tres papeles blancos contenían algo más que esperanza: eran un contrato vinculante. Aquellos tres papeles eran la vida.

MAMÁ ESTÁ

DE CAMINO

¡SIEMPRE FUERTE!