Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Facilitar
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Dionisio apuraba el café cortado que se había pedido minutos antes en la cafetería del Hospital Universitario de Cáceres.

Era el segundo de la tarde y le ayudaba a mantenerse despierto.

Habían sido cuarenta y ocho horas de muchas emociones y de solo dormir bajo el efecto del terrible golpe que lucía en la cabeza.

Más de un sanitario que deambulaba por el restaurante se había fijado en lo aparatoso y en lo mal vendado que tenía el golpe.

Alguno, incluso, pensó en aconsejarle que se acercase a urgencias, pero la mirada del veterano echaba a todo el mundo de su alrededor.

Al casi sesentón le entró la melancolía cuando le dio por mirar más allá de la cárcel a través del ventanal de la cafetería.

Detrás del complejo penitenciario se erguía la Montaña de Cáceres, que, junto con el paisaje de los alrededores —una inevitable y enorme dehesa verde plagada de ganado—, le retrotrajo a todos los años que vivió a poco más de cien kilómetros de allí.

Sus perros, sus trapicheos, sus vicios… Hasta que Laura se cruzó en su vida y lo cambió todo para siempre.

Quiso odiarla en alguna ocasión; sin embargo, le pudo más el sentimiento de lealtad que había forjado en aquella odisea para encontrar a Luz Marina y su posterior huida.

Al fin y al cabo, había recorrido mundo, se había acostado con mujeres —y no solo con prostitutas como era su costumbre antes de conocerla— y, en definitiva, había vivido.

Ahora todo eso se desvanecía como una nube en medio de un vendaval.

El cronómetro corría a toda prisa y a la chica se le acababa el tiempo.

Se acordó y echó de menos a dos de sus perros: Magno, y Alex. El primero fue asesinado por la primera secuestradora de Luz Marina. El segundo, que también era el perro de la chica, lo perdió de la forma más estúpida.

Vio venir el todoterreno de Silvia por la rotonda del parking y se olvidó de tanta melancolía. Vibró su móvil y él salió escopeteado sin terminarse el café. Estaba deseoso por saber qué nuevas le traían los dos picoletos.

—¿Y entonces qué vamos a hacer? —preguntó Dionisio nada más enterarse de la noticia. El ambiente dentro estaba cargado, una mezcla de sudor frío y calefacción demasiado alta.

—Esperar —respondió Adrián sin girarse. Tenía la vista clavada en el salpicadero, donde el teléfono culebra que había usado para llamar al bufete de Vidales y Garrido descansaba como el ataúd de un vampiro al filo de la medianoche—.

Le hemos apretado las tuercas. Sabe que conocemos las nuevas denuncias.

Tiene que darnos a Laura o se quedará ahí dentro bastantes años más.

Silvia detuvo el coche en una zona de descanso de la N-630, un apartadero de tierra oculto tras unos matorrales desde donde se divisaban las torres de vigilancia de la prisión. Apagó el motor. El silencio cayó sobre ellos como un árbol enfermo derrotado por el viento.

—O se ha asustado, o está calculando el precio de nuestra cabeza —dijo ella—. Lo mismo tiene contratados más sicarios como los que se llevaron a Laura.

—Tiene miedo —insistió Adrián, frotándose la cara con las manos—. Le ha cambiado la mirada cuando le he dicho lo de las dos denuncias y sobre todo las que puedan caer más.

—Dime que si salvamos a Laura, esas denuncias van a prosperar igualmente —afirmó Silvia, que clavó sus ojos en la sien de su binomio.

Pero su binomio no la miró. No contestó. Era como si se hubiera congelado.

Silvia prefirió no hurgar en la llaga. Si Laura se salvaba, ya se encargaría ella de que las denunciantes fueran hasta el final.

Aunque eso no se lo iba a decir en ese momento.

Tan solo dejó que el silencio inundara la cabina del vehículo; solo se escuchaba el rumor del viento y el canto de los pájaros.

Dionisio parecía, de nuevo, absorto en el paisaje mientras limpiaba sus gafas de cerca con la parsimonia de quien ha aprendido en la selva que la impaciencia mata más rápido que las balas.

Nadie hablaba. La imagen de Luz Marina en una cama de la UCI de Sevilla y de Laura en algún agujero desconocido llenaba el espacio vacío del coche.

La impotencia se había convertido en una especie de sabor agrio en la boca.

De pronto, el teléfono vibró. El sonido hizo que Silvia diera un respingo.

Adrián tardó dos segundos en reaccionar, los justos para componer la voz. Descolgó y puso el altavoz.

—¿Quién es?

—Le felicito, agente. —La voz sonó limpia, profesional, sin el cinismo de una visita de despacho, pero con una frialdad mucho más peligrosa—.

Ha conseguido que mi cliente replantee sus prioridades.

Digamos que la perspectiva de prolongar su estancia en el centro penitenciario le ha resultado... indigesta.

—¿Quién eres?

—Aquí Marcos Vidales, abogado defensor de…

—¿Dónde está Laura? —interrumpió Adrián.

—No corra tanto, cabo Trovado. El señor De Miguel es un hombre pragmático. Acepta que la situación ha cambiado, pero no va a entregar su único as en la manga a cambio de nada. Quiere salir. Y quiere salir ya.

—Los trámites de excarcelación o de permisos llevan semanas —replicó Adrián, mirando a Silvia, que negaba con la cabeza—. Podríamos hablar con alguien para acelerarlo, pero no será de un día para otro. Y con las nuevas diligencias que tiene encima, ningún juez va a firmar su salida así como así.

—De un día para otro no, pero sí en cuarenta y ocho horas.

—Hubo una pausa a ambos lados del teléfono, un silencio que presagiaba el abismo—.

Mi cliente no va a esperar a que usted mueva papeles.

Alberto exige una solución inmediata para entregarles lo que le pide.

He conseguido que pasado mañana por la mañana tenga una salida programada para hablar con el juez.

—¿Y? —preguntó Adrián, sintiendo cómo el estómago se le cerraba.

—Quiero que garantice que esa salida sea definitiva.

—¿De qué coño hablas?

Adrián miró a Silvia, que apretaba la mandíbula. Dionisio, en la parte posterior, apretaba el cabecero con tanta fuerza que parecía que iba a romperlo.

—Hablo de un intercambio, Trovado. Uno muy simple. Si usted quiere recuperar a la madre de la niña con vida, Alberto de Miguel no puede volver a ingresar en prisión. Usted se encargará de que eso ocurra.

—¿No me estará pidiendo que facilite una fuga, letrado? —susurró Adrián.

—No, por favor. Yo, aunque usted no lo crea, soy un representante de la ley. Yo solo le traslado lo que mi cliente me ha pedido.

Adrián pulsó el botón de mute del teléfono y se dirigió a su compañera. Y también a Dioni.

—El hijo de puta está pidiendo que le ayudemos a escapar.

—Pues se le ayuda. Y cuando esté fuera y nos diga lo que queremos… —Dioni se pasó el pulgar por el cuello en el típico gesto de amenaza.

—Pídele tiempo para pensarlo —expuso Silvia.

El cabo asintió y volvió a pulsar el botón correspondiente para hablar.

—Señor Vidales. Como usted comprenderá, esta información hay que tratarla con calma. Le pido que nos dé un poco de tiempo para valorarlo…

—Claro, tiene usted hasta pasado mañana por la mañana. La que no tiene tanto tiempo es Luz Marina —el abogado hizo una pausa—. Le pasaré por mensaje el resto de los detalles cuando pueda. Tranquilo, esta vez irá sin virus.

—Hijo de la gran puta, te voy a meter un puro que vas a flipar por descubrimiento y revelación de secretos de un agente de la ley.

Las babas del cabo saltaron sobre la pantalla de su móvil como si fueran gotas de chispeo sobre el parabrisas de un coche. Lo peor fue comprobar que al otro lado ya nadie podía escuchar las amenazas.

Silvia temblaba. Dionisio se frotaba las manos.

Adrián tan solo odiaba.