Su reino
Dieciocho años antes.
La lluvia de principios de marzo golpeaba los cristales del hospital con una insistencia rítmica, casi hipnótica, que ahogaba el ruido del tráfico de la plaza de Cristo Rey.
Madrid se diluía fuera en un gris acuoso, pero dentro, la consulta de Alberto de Miguel mantenía una temperatura constante de veintidós grados y una iluminación artificial diseñada para tranquilizar.
El reloj de pared marcó las ocho y cuarto.
Alberto terminó de secarse las manos con una toalla de hilo.
Se miró en el espejo del lavabo privado.
Era joven, atractivo y con una mujer enamorada que lo esperaba en casa cada noche; lo que pasaba era que él había empezado a aburrirse de ella.
Estaba terminando la residencia de ginecología y ya atendía a pacientes por sí mismo, sin la supervisión de nadie.
Así fue como conoció a Laura, y así fue como ella se enamoró de él.
Ella tuvo un desliz, se excitó demasiado y luego vino todo lo que vino entre ellos. Ese desliz sirvió de detonante para algo que el ginecólogo ya tenía instalado en su psique: quería el control absoluto que su puesto le otorgaba sobre el cuerpo femenino.
Le esperaba la última consulta del día. Hasta entonces solo había pasado la revisión a mujeres que no le llamaban la atención.
Él mismo se había encargado de mover la cita de la paciente, de veinte años, a última hora de la tarde.
Se ajustó el nudo de la corbata, se colocó el estetoscopio alrededor del cuello y compuso la sonrisa de profesionalidad empática que había perfeccionado frente a ese mismo espejo.
Su asistente ya se había ido a casa. Dejaba para el final las consultas que no requerían asistencia por parte de su enfermera, una cincuentona con más escuela que un catedrático.
Él mismo salió a llamar a la chica. Sonia estaba allí, empapada, abrazando una carpeta de apuntes contra el pecho como si fuera un escudo medieval. Estudiaba Magisterio y sus ojos marrones temblaban con el miedo atávico a la bata blanca.
Alberto le indicó que pasara. Cerró la puerta y se dirigió hacia su silla.
Sonia se sentó en el borde de la suya, con las rodillas apretadas y la mirada baja.
El doctor De Miguel se sentó tras su mesa de caoba, una barrera física que delimitaba los roles: él aportaba conocimiento, ella obedecía.
Después de fingir que repasaba su expediente en el ordenador —ya lo había hecho y la chica venía a una revisión de rutina—, se dirigió a ella con esa profesionalidad que se le supone a todo galeno.
—Cuéntame, qué te trae por la consulta.
—La revisión periódica, doctor —dijo ella, con un tono intranquilo.
Él fingió interés mientras evaluaba la pieza.
Sabía que Sonia era perfecta. Sola en la ciudad, familia lejos y sin pareja, según su última consulta seis meses atrás.
A él le gustaba citarlas cada seis meses después de la primera visita, en lugar de al año, como era lo habitual.
De esa forma, establecía una especie de vínculo, mostrándose como el mejor ginecólogo del mundo.
Y después de seleccionar a las presas, en la revisión, se mostraba como un león sobre una gacela coja en la sabana.
Alberto asintió y le contó que en esa segunda revisión la exploración sería un tanto más profunda.
Mintió al decirle que en los análisis previos se habían detectado signos de una posible formación de quistes ováricos.
—No te llamamos porque no queríamos asustarte; sin embargo, es mejor que nos cercioremos de que no hay nada grave y es todo benigno. Es frecuente que esto ocurra, pero es mejor descartar que haya algo fuera de la normalidad.
La chica palideció hasta que sus pecas parecieron manchas de óxido sobre la piel.
—¿Y qué tiene que hacer?
Alberto le explicó en qué consistía el procedimiento. Una vez terminado, se levantó, rodeó la mesa y se apoyó en el borde.
—Si estás de acuerdo, te aplicaré una sedación muy suave. Será como echar una siesta y despertar como nueva.
Ella, con dudas, asintió. Era una semana lluviosa.
Era tarde. Si posponía la cita, tendría que perder otro día entero y el hospital le pillaba a media hora de metro.
No podía permitirse perder más tiempo en plena temporada de exámenes.
Pasaron a la sala de exploración. La camilla ginecológica esperaba bajo la luz fría de la lámpara halógena.
Alberto le señaló el biombo. Mientras escuchaba el roce de la ropa de ella al caer y su respiración entrecortada, él preparó la mesa auxiliar.
Abrió el cajón y sacó una jeringa de diez mililitros y un vial de tapón gris.
Propofol. Lo llamaban la leche de la amnesia.
Para él, era la llave maestra. Cargó la dosis exacta: suficiente para apagar la conciencia, insuficiente para detener el corazón.
Sonia salió del biombo envuelta en una bata de papel verde, temblando.
Se subió a la camilla. Colocó las piernas en los estribos.
La postura de la sumisión clínica absoluta.
Alberto le cogió el brazo izquierdo, buscó la vena cefálica y la canalizó con una destreza de virtuoso.
No era el cometido de un médico, pero él había aprendido bien de su enfermera.
—Piensa en un lugar tranquilo —susurró él, inyectando el líquido blanco despacio—. La playa. El verano.
Sonia cerró los ojos. Susurró algo ininteligible.
El fármaco golpeó su cerebro en diez segundos.
Sus párpados aletearon y se cerraron. La tensión de su mandíbula se disolvió.
Su mano, que aferraba el borde de la silla, se abrió y cayó muerta a un lado.
Ya no estaba. Lo que quedaba allí era un cuerpo caliente, vivo, pero vacío de voluntad.
Alberto esperó un minuto. Comprobó el reflejo palpebral.
Nada. Solo la respiración rítmica y profunda del sueño inducido.
Entonces, el médico desapareció. Alberto se quitó los guantes de látex y los tiró al suelo.
Quería sentir. Se acercó a la camilla y observó su obra.
El silencio en la sala era absoluto, solo roto por el zumbido de la nevera de muestras.
Se acercó a la puerta y echó el seguro. No había nadie en la sala de espera y al hospital todavía le faltaba una hora para cerrar el ala de consultas externas.
Tenía todo el tiempo del mundo. Volvió para observar a la muchacha.
Sintió la embriaguez del poder total. Podía hacer lo que quisiera.
Podía romperla, marcarla, usarla, y ella nunca lo sabría.
Su memoria sería un agujero negro, una elipsis en la película de su vida.
Alberto comenzó a manipular el cuerpo inerte.
Movió sus brazos, colocándolos en posturas antinaturales, solo porque podía.
Tocó donde quiso, exploró cada centímetro de piel con la curiosidad de un forense y la avidez de un propietario.
Le habló al oído, susurrando frases que, de estar despierta, le habrían hecho gritar de terror.
Le dijo lo que era: una cosa. Su cosa. Se recreó en la falta de resistencia, en la total disponibilidad de aquella carne joven.
El tiempo se dilató. Fue casi media hora de reinado impune.
Treinta minutos donde la ética hipocrática ardió en una hoguera de narcisismo maligno.
Cuando la euforia empezó a remitir, Alberto recuperó el control.
Se lavó las manos con un cepillo quirúrgico, frotando hasta que la piel se le puso roja.
Se puso guantes limpios. Realizó una ecografía rápida, tomó una muestra y la metió en un tubo para mandar al laboratorio.
Se sentó junto a la cabecera y le dio unas palmaditas suaves en la cara.
—Sonia... vamos. Despierta.
La chica soltó un quejido áspero. Frunció el ceño. El regreso desde el abismo químico era confuso. Abrió los ojos, vidriosos, incapaces de enfocar.
—¿Ya...? —balbuceó con la lengua pastosa.
—Todo perfecto —dijo Alberto con su voz de barítono tranquilizador—. Te has portado muy bien.
Sonia se llevó una mano a la frente.
—Estoy muy mareada.
—Es normal —atajó él, ayudándola a sentarse—. Es por el sedante. En cinco minutos te sentirás mejor. ¿Quieres un poco de agua?
Ella asintió; él le procuró el líquido. Mientras la chica se ponía la ropa, le dijo que le avisaría en cuanto tuviera los resultados de la biopsia.
Sonia salió del despacho diez minutos después.
Aún caminaba con inseguridad. Le dio las gracias tres veces.
Alberto le estrechó la mano. Sintió el temblor de la chica y sintió una descarga de satisfacción.
—Te llamaré pronto.
Cerró la puerta. Escuchó sus pasos alejándose por el pasillo.
Alberto se quedó solo. Apagó la luz principal y se acercó a la ventana.
Miró la lluvia caer sobre la capital. Se sentía invencible.
Intocable. Cuando la llamase para comunicarle que todo estaba en orden, sabía que Sonia volvería a su vida pensando que el doctor De Miguel la había salvado de un problema, sin saber que el verdadero problema era él.
El médico se sentía el depredador en la cima de la cadena alimenticia, ciego al hecho de que, a veces, las presas sobreviven lo suficiente para volver en manada y devorar al cazador cuando está viejo y desposeído de su reino.