Cara a cara
El asfalto de la A-5 se desplegaba como una cinta gris bajo los neumáticos.
Silvia conducía con la vista fija en el horizonte, mientras Dionisio dormitaba, o fingía hacerlo, en el asiento trasero.
Adrián revisaba el expediente penitenciario del objetivo en el móvil.
Se lo había mandado un compañero de la Judicial con el que guardaba buena relación y se debían favores mutuos.
La pantalla devolvía datos fríos: diecisiete años a la sombra, clasificación en segundo grado, cero permisos penitenciarios disfrutados.
Lo que le llamó la atención no fue lo que había, sino lo que se insinuaba en las notas al margen del equipo técnico.
Había incidentes regimentales recientes, expedientes disciplinarios por posesión de objetos prohibidos y, lo más relevante, dos nuevas diligencias previas abiertas por el juzgado de vigilancia penitenciaria.
Abuso sexual en su práctica como ginecólogo.
El tipo seguía arrastrando denuncias de su etapa como depredador; denuncias que veían la luz después de tantos años porque había rumores de que iba a abandonar la cárcel en los siguientes meses.
La condena llegaba a su fin y sus abogados consideraban que era hora de empezar a disfrutar de esos permisos que hasta ahora no había podido.
Sus víctimas, con razón, pensaban lo contrario.
Adrián bloqueó la pantalla y cerró los ojos hasta que Silvia le avisó de que los muros de la prisión de Cáceres se recortaban contra el cielo plomizo de la tarde. El complejo era una mole de ladrillo y metal, un vertedero de vidas que olía a campo y a desesperanza.
Dejaron a Dionisio en la cafetería del Hospital Universitario, justo en frente, al otro lado de la carretera.
Aparcaron en la zona de visitas oficiales.
Adrián se bajó el primero; se ajustó la chaqueta para ocultar la pistola, aunque sabía que tendría que dejarla en la entrada.
El aire era más frío allí que en Madrid. Y mucho más que en Algeciras.
En el control de acceso, un compañero con cara de funcionario aburrido les pidió las acreditaciones. Adrián y Silvia mostraron las placas.
Pidieron ver al recluso, pero obtuvieron la negativa por respuesta.
—No es horario de visitas; es la hora de comer. El interno está en el comedor.
—Somos compañeros, hombre —Adrián se inclinó sobre el mostrador—. Y necesitamos saber quién consta como su representante legal en la última hoja de encargo.
El funcionario resopló; la subteniente lo miró con aire de superioridad manifiesta. Al fin y al cabo, el chico era un guardia que no llevaría más de un año en el cuerpo. Al final, tecleó con desgana en el ordenador y masticó un chicle imaginario. La burocracia era el verdadero muro de la prisión.
Cuando verbalizó el nombre del abogado, Adrián sintió un revoltijo en el estómago.
Silvia lo miró de reojo; la conexión estaba hecha.
El mismo despacho que pagaba el spyware defendía al objetivo.
No, no defendían a Ramón Restrepo; trabajaban con alguien peor.
Alguien capaz de almacenar un rencor atávico desmedido.
—Guardia, compañero —inició Silvia—, te tengo que pedir que hables con quien tengas que hablar para permitirnos ver al recluso ahora mismo. Hemos hecho un largo camino para ello.
Adrián suspiró. Por fin podía ver algo de luz, una gota de oxígeno, una mínima esperanza.
El guardia novato titubeó ante el ímpetu de la subteniente. Era una superior de la EDOA, de la judicial. Aunque no estuviese en su jurisdicción, el rango lo imponía bastante. Y al fin y al cabo, solo pedía reunirse con un interno.
Diez minutos después, el olor a desinfectante barato y ozono del locutorio les golpeó la nariz.
Al otro lado de la mampara blindada, el interno apareció escoltado.
Adrián se fijó en él. Hacía solo dos años desde su última visita.
Había envejecido. El pelo encanecía y la piel tenía ese tono ceroso de quien no ve el sol, pero los ojos seguían siendo los mismos: dos cuentas de vidrio que miraban con una superioridad insultante.
Se sentó, descolgó el telefonillo y sonrió. Una sonrisa de tiburón viejo.
—Vaya, vaya. La Benemérita me honra con su visita. ¿A qué debo el placer? —Su voz sonaba distorsionada por el auricular, pero el tono burlón llegaba intacto.
Adrián pegó la frente al cristal. Quería atravesarlo. Quería rodear su cuello con las manos hasta que dejara de sonreír.
—Recuerdo dos cosas de mis anteriores visitas. Dos.
El interno sonrió.
—No, Laura no es nuestra enemiga en común.
Volvió a sonreír; cada vez abría más la boca.
—Y no, no te has reformado lo más mínimo, hijo de la gran puta.
Silvia le puso una mano sobre la rodilla. Adrián la notó, aunque la ignoró.
—Disculpa que me ría, pero es que también me acuerdo mucho de tus últimas visitas.
—Hemos estado en el despacho de tu abogado, aunque, por desgracia, él no estaba allí. Si no, quizá ni nos hubiéramos molestado en visitarte.
—No sé de qué me hablas. Y no sé cómo conoces a mi abogado, la verdad. ¿Me espías o algo? ¿Tengo que ponerte una demanda?
—No me toques los cojones encima, y no nos trates como a gilipollas —el cabo mayor, que se había retirado del cristal, volvió a pegarse.
Miró a la cámara de seguridad y se tapó la boca para susurrar al telefonillo—: Puedo hacer dos cosas: esperar los meses que te quedan para salir, secuestrarte yo y torturarte hasta la muerte; o dos: pagar a un sicario para que te liquide ahí dentro.
Tú sabrás si decides colaborar. Y no me hagas decirte lo que sabemos; no tenemos tiempo para ello.
Por primera vez, Alberto de Miguel, el enemigo número uno de Laura María García Rodríguez, borró la sonrisa de la boca que traía en cuanto entró al locutorio.
Miró hacia atrás, hacia el funcionario de prisiones que custodiaba la sala.
También hacia la cámara que grababa desde el lado opuesto, la que registraba sus movimientos.
También se acercó a la mampara y también se tapó la boca.
—Entonces, si de verdad conoces todo eso que dices saber, deberías tratarme con un poco de respeto si quiere sacar algo positivo de esta visita, cabo mayor Trovado.
Adrián golpeó el cristal con el puño. El sonido retumbó en la sala. El funcionario se acercó para pedir explicaciones. La subteniente medió y aseguró que no se repetiría. Los dejaron continuar.
—Escúchame bien, pedazo de mierda. Sé que hay nuevas denuncias. Dos mujeres más han hablado. Delitos que no han prescrito. ¿Sabes lo que significa eso?
Alberto apretó la mandíbula. Los músculos maseteros se le tensaron bajo la piel flácida. Ya no sonreía.
—Eso primero habrá que demostrarlo.
—Ya te garantizo yo que van a demostrarse —intervino Silvia, que también se había acercado al telefonillo, poniendo sus labios muy cerca de los de Adrián, cosa que sorprendió, y agradó, al cabo—. Mínimo ocho años más aquí dentro, si con suerte no te sale ninguna denuncia más.
El preso no se arredró.
—Trovado, ¿hace falta que te traigas a tu hermana mayor para hacerte el trabajo sucio?
—Dinos dónde está —exigió Adrián—. Dinos dónde la tienen y quizá, y solo quizá, esas demandas no prosperen.
Alberto miró a Adrián, luego a Silvia. Su respiración se aceleró. Pasó la lengua por los labios secos. Estaba calculando. La mención de las nuevas denuncias le había tocado la fibra. No tenía claro si le compensaba su venganza personal sobre Laura.
—Yo no sé dónde está —dijo Alberto, bajando la voz, casi susurrando—. Pero… quizá si hablo con mi abogado, pueda saberlo.
—No tenemos tiempo para visitas —cortó Adrián—. La niña se muere ya.
—Pues si tiene que morir, que se muera —escupió Alberto, recuperando la máscara de crueldad—. Pero yo quiero hablar antes con mi abogado.
Adrián apartó el telefonillo, miró hacia abajo; sus pies se movían con la violencia de un condenado a muerte. Resopló.
—¿Cómo se llama el tipejo, mi subteniente?
¿Garrido? No, no, Vidales. Vidales no estaba en la oficina de Madrid y es el que consta en el último registro de tus visitas.
Hace justo un día, qué casualidad. Voy a hacerlo venir ya mismo.
Le voy a dar tres horas para que me des una respuesta.
No voy a repetir mis amenazas. Ya las tienes metidas en tu puta cabeza enferma —sentenció Adrián antes de colgar el telefonillo con violencia.
Alberto se quedó al otro lado, mirándolo mientras se alejaban.
Ya no reía. Sudaba en el interior del mono.
Aquel maldito picoleto sabía jugar sus cartas.
Había mencionado el nombre de su abogado.
Y hasta de su socio. Joder, había llegado de alguna forma a saberlo todo.
Quizá debería colaborar. Quizá ya había hecho suficiente daño y ya fuese tarde para la chica.
Además, la venganza no se disfruta igual si uno está muerto.