Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Bajo tierra
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Bajo tierra

Adrián no abría la boca. Dionisio menos. La única que parecía imponer cordura en aquella situación desesperada era la subteniente Donaire.

—Mi propuesta es que volvamos a Matías y que averigüe la forma en la que te infectaron el móvil…

—No podemos pedirle eso —lo interrumpió Adrián—. Ya se puede meter en un problema gordo por habernos ayudado.

Estaban en el parking donde habían dejado el coche. Un sótano de hormigón en el corazón de Madrid que olía a neumático quemado y a tubería, por muy bien situado que estuviese. La luz de los tubos del techo era limpia, mucho más que la situación que los abordaba.

—¿Y qué más da? —insistió Silvia—. Hace un momento decías que te iba la vida en ello. Ve tú solo, yo me quedo al margen si lo que quieres es protegerme.

—No han pedido ningún rescate —dijo Dionisio en el asiento de atrás.

Lo ignoraron.

—Matías no me va a ayudar más. Ya viste que me dio largas en cuanto nos dio la información.

—Tienes que intentarlo, se ha podido equivocar y te ha dado mal el lugar desde donde se contrató la VPN esa.

—No han pedido ningún rescate —insistió el veterano.

Lo volvieron a ignorar.

—No puedo, no sé qué hacer.

La guardia lo cogió de las solapas y, cuando se disponía a hablar, Dionisio gritó:

—¡No han pedido ningún rescate! Me equivoqué.

Los dos se giraron.

—Que ya nos hemos enterado —protestó Silvia.

—¿No os dais cuenta? —Los dos guardias callaron; no veían venir por dónde iba el hombre—.

Creo que me equivoqué con lo de Restrepo, pensé que pediría algún tipo de rescate.

No buscan dinero ni haceros chantaje. Solo buscan haceros el mal.

A Laura, a ti y a la niña. ¿Lo saben todo por lo de tu teléfono?

Entonces saben que la niña está muy enferma.

Y que la única que la puede salvar es su madre. Y la retienen para que no lo haga.

Silvia soltó la solapa de su compañero y Adrián enrojeció. Con la vorágine de los acontecimientos, ninguno se había parado a pensar en eso. Era del todo cierto que no habían pedido rescate alguno, ni se habían comunicado con ellos para nada. Y más teniendo el teléfono de Adrián pinchado.

—¿Adónde nos lleva eso, Dionisio? —preguntó Adrián, que se dirigió por primera vez al hombre.

—Piensa. Recuerda. Busca en tu cabeza los enemigos que tienes. ¿Descartas a Restrepo? No lo tengo claro del todo, pero busca en otros frentes. A lo mejor la amenaza no viene desde Colombia. A lo mejor viene desde aquí. Recuerda cómo conocí yo a Laura.

—Esa gente está muerta.

—Sí, los policías y la mujer que se llevó a Luz Marina lo están. ¿El marido también?

Adrián calló. No concebía que el marido de la mujer que él mismo ejecutó por el secuestro de Luz Marina años atrás fuera capaz de tejer una venganza de este calibre.

Sí, él asesinó a la mujer que secuestró a su hija, que perpetró el secuestro solo por sentirse rechazada e inferior.

Pero el marido resultó herido en aquella trifulca en su propia casa.

Además, se trataba de un tipo anodino, de un pueblo del que apenas ya se acordaba y que se dejó arrastrar por su mujer a aquella locura.

De hecho, ni denunció a Adrián a pesar de que él sabía lo que había sucedido en el sótano de su casa, donde retuvieron a la chiquilla.

El tipo, según sus últimas informaciones, no había pisado la cárcel a pesar de haber sido cómplice de la mujer en el secuestro.

El hecho de que resultase herido y la confesión total sobre el acto de su mujer jugó en su favor.

Y él mismo declaró que fue Laura quien ejecutó a su esposa cuando descubrió a la niña allí.

Por eso Adrián se salvó también de cualquier inculpación.

Por eso y por el testimonio de la por entonces brigada Silvia Donaire.

No, aquel tipo no podía estar bajo ningún concepto detrás del rapto actual de Laura.

—¿En qué piensas, picoleto? —preguntó Dionisio.

A Adrián no le gustó el apelativo para dirigirse a él como guardia.

—En que no sé qué coño haces aquí.

Dioni inclinó su cuerpo hacia delante.

—Estoy aquí para ayudarte a salvar a Luz Marina. Escucha, yo también daría mi vida por ella.

Se aguantaron las miradas. Apenas escucharon lo que sugirió Silvia a su lado.

—El individuo del que me hablaste…

Las palabras se quedaron en el aire, pesadas, en la atmósfera cargada de aquel coche bajo tierra.

Tuvo que ser Dionisio, otra vez, el que iniciara la conversación.

Era como si Adrián no quisiera admitirlo.

Lo había dejado atrás en el pasado, antes de viajar a Colombia, convencido de que se había reformado, de que sus crímenes y sus posibles amenazas ya no tenían fundamento.

Silvia le puso las manos en el hombro. No dejaba de mirar a Dionisio, como si lo culpase a él de traer ese fantasma del pasado a la situación actual. Tras unos minutos, en los que Silvia insistió, el cabo se dio la vuelta.

—Arranca.

—¿Adónde vamos?

—A la cárcel de Cáceres.