Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El odio
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El odio

Víctor llegó a las dependencias con la Sig Sauer aún caliente en la cintura.

El olor a pólvora quemada se le había pegado a la ropa, un perfume que conocía mejor que el de cualquier mujer.

Se quitó los guantes de Nomex tirando de los dedos con los dientes y los dejó sobre una mesa plegable.

Barrió la estancia con la mirada. Lolo, el más bajito, observaba la puntera de sus botas como si fueran lo más interesante del mundo.

Len, apoyado en la pared de yeso desconchado, se limpiaba la roña de las uñas con una navaja de mariposa.

El "clic-clac" del acero era el único ruido en la habitación.

—Informe —ordenó Víctor. Su voz no subió de decibelios, pero Lolo se encogió de hombros, nervioso.

Len ni siquiera levantó la vista de su manicura improvisada. Escupió un trozo de uña al suelo.

—La zorra no se callaba —dijo Len con su acento arrastrado—. Gritaba mucho. Pedía cosas. Tuve que bajarle el volumen.

Víctor no respondió. Caminó hacia la puerta de hierro del zulo y descorrió el cerrojo pesado.

El metal gimió. Entró. La luz del pasillo cortó la penumbra del agujero y le mostró el cuadro completo.

Laura yacía en el camastro, hecha un ovillo.

Respiraba con dificultad, con ese silbido característico de quien tiene una costilla fisurada o el diafragma tocado.

Tenía el labio partido e inflamado, y un hilo de sangre seca le bajaba desde la comisura del labio hasta el cuello.

Víctor la miró tres segundos. Cerró la puerta sin decir nada y volvió al pasillo.

Len seguía con la navaja. Sonrió al ver salir al jefe, esperando una aprobación tácita.

Víctor recorrió los tres metros que los separaban con paso tranquilo.

Cuando llegó a su altura, no hubo aviso.

Un movimiento rápido de la mano izquierda atrapó la muñeca de Len, torciéndola hasta que el cartílago crujió y la navaja cayó al suelo.

Antes de que el sicario pudiera gritar, Víctor le clavó el codo derecho en la garganta, estampándolo contra la pared.

Lolo dio un salto hacia atrás, chocando con la mesa.

Len se puso morado. Intentaba coger aire, pero el antebrazo de Víctor le aplastaba la tráquea con la presión justa para no matarlo, pero sí para hacerle ver la oscuridad.

—La mercancía no se toca —susurró Víctor a dos centímetros de su cara. Sus ojos estaban vacíos—. Es la segunda vez que alguien oprime tu cuello en menos de veinticuatro horas. La tercera no la cuentas. ¿Entendido?

Len asintió, con los ojos desorbitados y las venas de la frente a punto de estallar. Víctor lo soltó. El hombre cayó de rodillas, tosiendo y agarrándose el cuello, buscando el aire como un pez fuera del agua. Víctor recogió la navaja del suelo, la cerró y se la guardó en el bolsillo.

—Lolo, ayuda a Carra con la comida que hay en el coche.

El bajito salió a encontrarse con el cuarto sicario, Carra, un descomunal búlgaro rapado y con un solo incisivo, que traía dos bolsas hasta arriba de provisiones.

Tomó una y preparó una bandeja con lo que se le había ordenado con anterioridad.

Se la tendió al jefe con manos temblorosas.

Víctor se alisó la chaqueta y volvió a entrar en el zulo.

Laura se había incorporado a medias. Se sujetaba el costado izquierdo. Al ver entrar a Víctor, se tensó, esperando otro asalto. Él dejó la bandeja en el suelo con delicadeza.

—Come.

Laura ignoró la comida. Lo miró con una mezcla de odio y cálculo.

—Dile a Ramón que esto no es necesario —dijo ella. La voz le salió pastosa, metálica por la sangre—. Dile que tengo dinero. Que puedo conseguir lo que quiera sin que nadie más salga herido.

Víctor se acuclilló frente a ella. Ignoró la mención al dinero. Extendió la mano y, con una suavidad que helaba la sangre, le apartó un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor frío. Laura intentó apartarse, pero la pared se lo impidió.

—Llevas dos días repitiendo ese nombre como un loro. Aquí no hay ningún Ramón.

Laura le apartó la mano de un manotazo.

—¿Entonces quién coño me hace esto? —Le dolió más a ella que a él—. ¿Quién te paga para retenerme aquí mientras mi hija se muere?

Víctor no se enfadó por la agresividad. Al contrario, una media sonrisa curvó sus labios. No era signo de burla, sino de admiración. Ella notó cómo lo recorría con la mirada, deteniéndose en los hematomas que empezaban a florecer en su piel pálida, evaluando su aguante.

—Eres dura, Laura. Me dijeron que eras peligrosa, pero no me dijeron que aguantabas tan bien el castigo. —Se acercó un poco más—. El cliente paga por el tiempo. Y por el silencio. Pero a mí me pagan por cuidarte. Y me gusta mi trabajo.

Laura se pegó a la pared. Puso sus rodillas delante a modo de protección. Aunque tenía las muñecas y los tobillos atados, se las ingenió para sujetarse las piernas con las manos. Imprimió toda la fuerza que pudo. Antes de que aquel tipo le hiciera algo desagradable, moriría.

—Si no es él, dímelo —exigió, clavándole la mirada—. Dímelo a la cara. ¿Por qué estoy aquí?

Víctor se levantó hasta recuperar su verticalidad militar. Suspiró. Sintió una punzada de vergüenza en su trabajo. Y notó que la admiración por aquella mujer se le iba de las manos. Y entonces tuvo su primera debilidad.

—Estás aquí porque alguien te odia lo suficiente para que sufras por la muerte de tu hija. Para que sobrevivas a ella. Para que la entierres.

Salió y echó el cerrojo. Laura se quedó sola, mirando el puré frío de bote en un cuenco de cartón.

Las últimas palabras de su captor anularon sus fuerzas.

Las pocas que le quedaban. Se dejó caer hacia un lado.

Repasó mentalmente todos los enemigos que tenía: el tipo parecía sincero acerca de que no conocía a Ramón Restrepo.

Los policías que trataban con Dionisio en su primera odisea para rescatar a Luz Marina estaban muertos.

Al igual que la secuestradora material de la chica en aquella ocasión.

¿El marido de la tipa? Un flojeras sin recursos ni ganas.

Entonces abrió mucho los ojos. Tanto que parecía que se le fueran a secar.

Sí, todas sus sospechas se encaminaban a un solo lugar. Y esperaba que Adrián llegase a la misma conclusión que ella.