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El viaje a Madrid

El coche avanzaba por la A-5 en dirección a Madrid.

Viajaban los tres: Silvia al volante, Adrián a su lado y Dionisio en la parte trasera.

La noche anterior Matías había confirmado lo que se temían.

El técnico de la comandancia, con ojeras de quien no duerme por lealtad, les había puesto la pantalla del terminal, clonada en su monitor, frente a los ojos.

El spyware no era un simple programa comercial de control parental; se trataba de un troyano de grado militar que había aprovechado un agujero en la red segura para meterse hasta las entrañas de cada chip del teléfono del cabo mayor Adrián Trovado.

Podían ver cada mensaje, cada foto, cada documento y, sobre todo, cada posición presente, pasada o futura del guardia civil.

Hasta podían escucharlo en todo momento, incluso cuando iba al retrete.

Cuando Matías se lo confirmó, Adrián no dijo nada.

Se encerró en el cuarto de baño de la comandancia.

El espejo le devolvió la imagen de un hombre expuesto, violado en su intimidad.

Se le escaparon un par de lágrimas. No permitió más.

Ahogó la rabia con agua helada sobre la cara y descargó un golpe seco contra el marco de la puerta que le dejó los nudillos en carne viva.

Lo habían espiado durante meses: cada mensaje con Silvia, cada foto de Luz Marina, cada email con los informes oncológicos del hospital. Lo sabían todo.

Lo único positivo fue conocer el origen del ataque. Según el volcado de datos, la información viajaba a través de una VPN en el Reino Unido, pero la contratación del servicio apuntaba a una empresa española: un despacho de abogados en Madrid.

—¿Cuánto nos queda? —preguntó Dionisio.

—Pareces un niño chico, Dioni —replicó Silvia sin apartar la vista de la carretera.

El hombre se encontraba mejor y se había ofrecido voluntario.

Si había que apretar las tuercas a algún letrado corrupto, él no tendría problemas éticos en hacerlo.

Al principio Adrián se negó, pero Silvia impuso la lógica: Dioni podía encargarse del trabajo sucio.

Aunque estaba en busca y captura por la Interpol, era una sombra.

Alguien perfecto para usar la violencia si la diplomacia fallaba.

El habitáculo del vehículo olía a calefacción y a la humedad del amanecer.

Silvia mantenía una velocidad constante, esquivando camiones con una precisión mecánica.

Adrián miraba por la ventanilla cómo el paisaje extremeño se transformaba en la llanura castellana, pero su mente estaba en el hospital de Sevilla y en el más que probable agujero donde Laura seguiría retenida.

Dionisio apretaba su mochila entre las piernas; el roce del nailon era el único sonido que competía con el aire que azotaba el parabrisas.

Entraron en la capital y se dirigieron por sus avenidas hasta el barrio de Salamanca, justo cuando la ciudad empezaba a vomitar ejecutivos en las aceras.

Decidieron que Dionisio se quedase en el coche como retaguardia; si tenían que tirar de placas, su presencia sobraba.

El hombre aceptó con alguna que otra protesta.

Le entregaron uno de los dos teléfonos culebra con los que se habían hecho en un locutorio que Adrián conocía a la perfección.

Dos teléfonos con los que poder moverse con libertad por toda la geografía sin miedo a que las antenas de telefonía delatasen su presencia en ningún sitio, ya que esos números pertenecían a personas fallecidas o a extranjeros, africanos mayormente,

que prestaban su identidad para registrar esas líneas por cuatro duros.

El despacho de abogados ocupaba un edificio señorial de la calle Velázquez, de esos con portero de uniforme y puertas de roble que pesaban una tonelada.

Subieron por la escalera de mármol. Solo se cruzaron con el conserje, al que despacharon con una mentira rápida sobre una reunión agendada.

El silencio en el bloque resultaba un insulto a la urgencia que les quemaba por dentro.

Al entrar en la recepción, una mujer con un traje de chaqueta impecable los midió con la mirada antes de que Adrián pudiera abrir la boca.

—Buenos días —dijo la recepcionista.

—Buscamos al responsable de la empresa —dijo Adrián.

—No se encuentra. ¿Puedo saber quién lo busca?

Silvia y Adrián cruzaron una mirada rápida.

—Necesitaríamos contratar los servicios de… —empezó Silvia, improvisando.

—¿Del señor Vidales o del señor Garrido?

—¿Quién de los dos es el jefe? —preguntó Adrián.

—Los dos. Son los socios fundadores.

—¿Hay alguno de ellos aquí?

—El señor Garrido estará al llegar. El letrado Vidales se encuentra fuera.

—Esperaremos al señor Garrido —sentenció Silvia.

—Pero no tienen cita.

—No. ¿Es necesaria?

—Sí, la verdad. Podría darles hueco para pasado mañana.

—Es urgente —insistió la subteniente.

—Déjenme su consulta por escrito y yo se la remitiré cuando llegue.

—Preferimos esperar.

—No les garantizo que les pueda atender.

—Nos arriesgaremos.

La recepcionista los miró con recelo, suspiró, les pidió los nombres y les indicó dónde se encontraba la sala de espera. Y allí, más que esperar, desesperaron. Pasó más de una hora hasta que alguien tocó la puerta.

Un tipo alto y delgado, con el pelo ralo y canoso, que indicaba su cercanía a la sesentena, y con un impecable traje de sastre accedió a la sala y les ofreció la mano.

—Buenos días, me ha dicho María que me esperan y que es un asunto urgente. Soy Gabriel Garrido.

Adrián le estrechó la mano y apretó con fuerza, buscando una reacción.

—¿Podríamos ir a su despacho?

Garrido se miró la mano y, a pesar del dolor, aceptó con un gesto y les invitó a pasar. Una vez cerrada la puerta, Adrián se plantó justo pegado a ella y dejó hablar a Silvia.

—Señor Garrido, ¿ustedes llevan los intereses en Europa de Ramón Restrepo?

—¿De quién? —contestó el abogado. Miró a Adrián y luego a Silvia, dudando.

—Ramón Restrepo —repitió Silvia, vocalizando—. Un ciudadano colombiano con diferentes empresas tanto allí como en este lado del charco.

—La verdad, tendría que consultarlo. No me suena el nombre.

—¿Y a su socio? —preguntó Adrián.

El letrado dudó. No entendía la dinámica de la conversación.

—¿Podrían indicarme quiénes son ustedes exactamente?

Silvia asintió hacia Adrián. Este llevó la mano al bolsillo trasero, un movimiento brusco que provocó que el abogado se asustase y se levantase de la silla de un brinco.

—Tranquilo, hombre —dijo Adrián al tiempo que sacaba, despacio, su placa—. Soy guardia civil.

Garrido, lejos de relajarse, se tensó más.

—¿Y qué quieren? ¿Tienen algún tipo de orden judicial?

—Solo le estamos preguntando. No hay registros ni nada que se le parezca. No hace falta una orden para hablar, usted debería saberlo bien —aclaró Silvia.

—Les tengo que pedir que se marchen. No tengo nada que declarar.

Silvia resopló. La actitud defensiva del letrado era sospechosa. Adrián se separó de la puerta y se acercó hasta Garrido, que volvió a recular hasta chocar con la pared.

—Me habéis metido una aplicación espía en el móvil. No se te ocurra negarlo. Si no tú, tu socio. O alguien del despacho que tenga poder para comprar servicios. No te voy a dar detalles técnicos, pero he podido averiguar que los datos de mi móvil llegaban a este bufete.

—No sé de qué me habla…

—No me vuelvas a interrumpir —dijo Adrián—.

Ahora mismo quiero que mires en el listado de clientes.

Si es verdad que no sabes nada, será tu socio el que lleve las cuentas de la persona a la que busco.

Lo que habéis hecho es un delito grave. Te lo pido de buena voluntad.

Si no, te juro que removeré cielo y tierra, y os hundiré en la miseria.

Por lo mío y por otros trapos sucios que podáis tener. Me va la vida en ello.

Garrido, con la boca abierta, se sintió acorralado.

Comprobaría el nombre que le habían dicho.

Si no estaba en la lista, lo diría y se acabaría el problema.

Si estaba… tendría que hablar primero con Vidales.

Pero el nombre de Restrepo no le sonaba de nada, ni siquiera entre sus múltiples clientes de reputación dudosa. Decidió no molestar a su socio.

No dijo nada. Se sentó, tecleó su contraseña y accedió a la base de datos. Él tenía buena memoria para los nombres; se acordaba de casi todos, por eso estaba convencido de que aquello era un error.

—Lo que usted dice que hemos hecho, como bien afirma, es un delito. Y mi comprobación, cortesía.

—¿Me vas a decir lo que busco?

—No tenemos ningún cliente con el nombre de Ramón Restrepo.

—¿Puede haber usado otra identidad? —preguntó Silvia.

—¿Para qué? No tiene sentido si es un cliente corporativo.

—¿Está del todo seguro?

—Señor Trovado —dijo el tipo, que se había fijado bien en el nombre de la placa—. Si no me cree, use esas influencias que ha advertido antes para que nos auditen. O puede echar un vistazo a esto.

El abogado giró la pantalla del monitor. En el buscador del programa de gestión aparecía escrito "Ramón Restrepo". Debajo, el vacío.

El buscador no arrojaba ningún resultado.

Se fueron de allí derrotados. Adrián ni se despidió ni pidió disculpas; salió con la mandíbula apretada. Lo tuvo que hacer todo Silvia con un gesto seco de cabeza.

Apenas habían bajado las escaleras y salido del edificio, Garrido cerró la puerta de su despacho con llave. Se aflojó el nudo de la corbata y se desplomó sobre su silla de escritorio antes de llamar por teléfono.