Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Demandas
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Demandas

Marcos Vidales se ajustó los puños de la camisa de seda bajo la americana de corte italiano.

El cristal de seguridad, rayado por miles de confesiones desesperadas, separaba dos mundos.

Al otro lado, el hombre se sentó con parsimonia.

Vestía un uniforme carcelario gris, anodino, que parecía absorber la poca luz que lograba filtrarse por los ventanucos del techo.

El abogado tomó el telefonillo; su aliento empañó mínimamente la superficie.

El hombre al otro lado tenía las manos entrelazadas sobre la mesa de metal.

Unas manos limpias, de uñas cuidadas, impropias de un lugar donde la mugre se propaga como un virus.

—La mercancía ha llegado a puerto —soltó Vidales con voz calma.

El hombre de gris apenas parpadeó. No mostraba ni alegría ni tristeza en sus ojos; solo una curiosidad analítica. Inclinó la cabeza un par de milímetros. El silencio se prolongó hasta que los gritos de un altercado en el ala oeste llegaron amortiguados por los muros de hormigón.

—Ha habido complicaciones… —continuó el abogado; consultó un cuaderno de notas mental para desechar cualquier prueba física—. El perro se puso agresivo. Hubo que reducirlo. Pero está bajo custodia, sano y salvo.

El preso despegó los labios. Su voz era un susurro seco, como si pasaran una lija sobre madera.

—¿Qué tipo de agresividad?

—Intentó liquidar a uno de los guardianes.

—Claro, no ha cambiado. ¿Y ha dicho algo más?

—Insiste en el mismo tema. No para de repetir que necesita asistencia médica para el paquete pequeño. Dice que el tiempo se acaba. Es un disco rayado.

—Eso es música para mis oídos, letrado.

Una mueca asomó en el rostro del interno. Sentía el placer del entomólogo que observa cómo el insecto se agita tras clavarle el alfiler. Se reclinó en la silla; la estructura de metal crujió. El sonido pareció activar algo en su memoria.

—La desesperación es un reactivo químico interesante —dijo el hombre de gris—. Hace que la gente inteligente cometa errores de bulto. Ella siempre se creyó más lista que nadie.

—La presión está aumentando en el exterior —advirtió Vidales bajando aún más el tono—.

Hay movimientos en el sur. El uniformado está revolviendo piedras que no debería tocar.

Ha habido una baja colateral. Si sigue tirando del hilo, llegará al nudo.

Necesitamos instrucciones sobre el siguiente paso.

¿Cedemos algo de terreno para calmar los ánimos?

El preso soltó una carcajada corta que hizo que el funcionario de la puerta girara la cabeza en su dirección. El hombre de gris se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio que el cristal le permitía.

—No he esperado tanto para ser razonable, Marcos. Que pida. Que suplique. Que sienta cómo el estómago se le encoge cada vez que el reloj avanza. No vamos a darle nada.

—Pero la salud del cachorro es el único motor de ellos. Si el motor se rompe...

—Si el motor se rompe, se romperán también ellos —interrumpió el hombre con una frialdad quirúrgica—. Dile a tus hombres que mantengan la disciplina.

Vidales asintió. Conocía ese tono. Era la orden de un general que no teme las bajas propias ni ajenas. El abogado guardó el bolígrafo en el bolsillo interior. La reunión había terminado.

—Hay otra cosa… —dijo Vidales con un tono que tensó al interno.

—Dime.

—Se han confirmado las dos denuncias que te hablé.

El preso abrió mucho los ojos y apretó los labios. Soltó el telefonillo y resopló como si fuera un morlaco con el torero delante. Apretó con fuerza el aparato; por poco no lo parte contra la encimera.

—Negocia. Ofrece más.

—Ya lo he hecho; se han negado en rotundo. Van con todo.

El interno se levantó con estrépito; la silla retumbó contra el suelo.

El funcionario se acercó hasta él para pedir explicaciones.

Él lo ignoró en un principio, pero otro funcionario se sumó y entre los dos lo amenazaron con el uso de la fuerza si no se calmaba.

Vidales lo observaba todo con asombro desde el otro lado de la mampara.

El sujeto levantó las manos para pedir calma.

Volvió a su silla y cogió de nuevo el telefonillo.

—¿Se puede hacer algo con ellas? Ya sabes, que tus hombres…

—Ni se te ocurra pensar en eso —lo interrumpió Vidales con un tono que no había usado hasta el momento.

Bajó el volumen al máximo—. Estás señalado por ellas.

Si les pasa algo, puedes buscarte la prisión permanente revisable y a mí una ruina.

Los de Homicidios te rebuscan hasta la última miseria de tu adolescencia si hace falta para llegar al final del asunto.

El interno volvió a resoplar. No esperaba una contestación así por parte de su abogado, de su pieza más servil hasta la fecha. Se rascó la barba, la cabeza y preguntó de nuevo:

—¿Cuántos años más?

—Si prosperan, unos cuatro por cada una.

—¿Ocho años más? ¿Después de tanto tiempo? ¿Eso no ha prescrito?

—No. Ese tipo de delitos no prescribe hasta los veinte años. Hay rumores de que vas a salir el año que viene y el letrado de una de las primeras víctimas ha seguido hurgando en la herida. Y no, tampoco ese abogado puede ser un objetivo por lo mismo que te he dicho antes.

El hombre de gris apretó de nuevo el telefonillo con tanta fuerza que sus dedos palidecieron.

Tenía que buscar una forma de solventar aquello, y necesitaba calma para pensar. Si seguía allí perdería los estribos y los funcionarios podrían usar una violencia que él no necesitaba en aquellos momentos.

Se levantó sin despedirse de su lacayo y se encaminó hacia el interior.

Tenía que pensar, y pensar mucho.