GDT
Adrián y Silvia cruzaron el arco de seguridad empapados, dejando un rastro de gotas negras sobre el terrazo que brillaba bajo los fluorescentes.
Nadie les prestó demasiada atención. En un lugar donde se trafica con la miseria humana a diario, dos agentes calados hasta los ojos y con la mirada perdida no son más que parte del mobiliario.
El cabo sentía el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
Pesaba. No era una sensación física, claro, sino esa gravedad muerta de llevar encima una granada a la que le has quitado la anilla y no sabes cuándo va a estallar.
Caminaba con la vista fija en el final del pasillo, intentando que su cara fuera un muro de hormigón, pero el estómago le sacudía como si se hubiera tragado un puñado de chinchetas.
—¡Trovado!
La voz del brigada Salgado sonó a sus espaldas. No fue un grito, pero tuvo el mismo efecto en dos personas que se saben al margen de la ley. Adrián se detuvo y cerró los ojos un instante antes de girarse. Silvia, a su lado, tensó la mandíbula pero mantuvo la compostura.
Salgado se acercó a ellos con ese andar arrastrado de quien lleva demasiados años cargando con el uniforme y con un divorcio mal curado.
Se plantó delante de Adrián, bloqueándole el paso.
Lo miró con los ojos cansados, con la fatiga acumulada de quien lleva tres turnos seguidos comiendo sándwiches de la máquina de vending.
—¿Tú no estabas de baja por lo de tu hija?
—Vengo a dejar unas cosas resueltas, no sé cuánto tiempo estaré después fuera.
—¿Cómo está la chiquilla?
—Regular, la verdad.
—Cuánto lo siento.
Los dos hombres se miraron, Silvia hizo un saludo y avanzó hasta su puesto de trabajo. Adrián hizo otro gesto con la cabeza y se dispuso a proseguir su camino.
—Oye, y ¿por qué preguntaste sobre El Manco a Esteve? —dijo Salgado.
—Por lo mismo, tengo un par de expedientes atrasados en los que intervino el tipo. Quiero dejar redactado todo bien.
El brigada se lo quedó mirando con un interrogante pintado en su rostro.
—Espero que haya suerte con tu hija, cabo.
Adrián se cuadró para saludar a su superior y ambos tomaron caminos diferentes. El corazón le golpeaba contra las costillas con el ritmo de un martillo pilón.
—¿Algún problema? —susurró Silvia cuando se encontraron en su despacho.
—El puto Esteve, vaya tela. Y Salgado como siempre, dando por saco todo lo que puede. Al menos me ha preguntado por Luz Marina —protestó Adrián—. Ya no sé si deberíamos hablar con más compañeros, la verdad.
—Tenemos que averiguar lo de tu teléfono sí o sí. Es el mejor camino para llegar a ellos.
Silvia no añadió más y se levantó.
Avanzaron por el pasillo hasta llegar al ascensor.
Ella pulsó el botón de la segunda planta.
El GDT, el Grupo de Delitos Telemáticos se ubicaba en una planta diáfana, protegida por una puerta de cristal de seguridad y un lector de tarjetas, donde la temperatura siempre estaba tres grados por debajo de lo agradable para mantener los servidores contentos.
Olía a limpio, a aire acondicionado recirculado y a la electricidad estática de moqueta barata.
Al otro lado del cristal, una docena de agentes solían trabajar frente a estaciones informáticas de doble monitor.
Por ser ya cerca de las diez de la noche, el personal se había reducido hasta contar con solo tres guardias.
El ambiente en esos momentos era de un silencio administrativo, roto solo por el tecleo constante y algún teléfono sonando bajo.
Adrián picó en el cristal. El sargento primero Matías levantó la vista de su mesa.
Era un tipo de cuarenta años, con el pelo cortado al cero y aspecto de ir al gimnasio antes de entrar al turno.
Vestía con un traje impecable, aunque se había aflojado la corbata.
Al ver a Adrián y a Silvia, hizo un gesto de resignación y pulsó el botón que liberaba el cierre magnético de la puerta.
—Matías —dijo Adrián al entrar.
Silvia saludó a los otros dos compañeros, un hombre y una mujer de mediana edad.
El informático dio un respingo. Se giró en la silla, que chirrió protestando por el movimiento.
—Joder, Trovado. No tienes buen aspecto.
—Necesito un favor.
—Ya, y yo unas vacaciones.
Adrián se acercó más al agente.
—¿Sabes lo de mi hija?
El cabo Matías tosió y afirmó. Si había que tirar de chantaje emocional, el cabo mayor Trovado tiraría. Haría lo que fuera necesario.
—Podría ir a algún locutorio de los que tú ya sabes y pedir lo que te voy a pedir, pero necesito máxima confianza. Ya hemos trabajado juntos en el pasado y creo que eres el mejor de la GDT. Y esto no te lo digo para hacerte la pelota.
—Si vienes aquí es que en esos locutorios no te pueden ayudar. ¿Qué quieres, Adrián? —dijo Matías, que no cerró la boca después de hablar.
Adrián sacó su teléfono. Lo dejó sobre la mesa, entre una lata de refresco vacía y una montaña de discos duros externos.
—Es posible que tenga un bicho.
Matías arqueó una ceja.
La subteniente se lo había sugerido a Adrián de vuelta a casa desde Jerez.
Se había comunicado con El Manco a través del móvil.
Habían quedado en el «lugar habitual», sin dar datos exactos.
Sin embargo, había llamado a Esteve, con el que había hablado del Manco.
También había marcado en el GPS el punto de reunión.
—¿Y supongo que quieres que yo averigüe qué tipo de bicho es?
Adrián asintió. El cabo Matías miró el móvil como si de verdad estuviera infectado por algún tipo de virus pandémico. Después de unos segundos, cogió el terminal con un pañuelo de papel, y lo examinó bajo la luz del flexo.
—¿Por qué lo crees? ¿Se calienta? ¿La batería dura poco?
Adrián suspiró. Se dio cuenta de que todo eso le había pasado en los últimos meses, pero lo achacaba a la supuesta mala calidad del teléfono y a que tenía ya un año. Toda una era para los tiempos de obsolescencia programada que corren.
—Necesito que me lo mires. Solo te puedo decir que hay vidas en juego.
Matías miró al cabo. Después a Silvia.
—¿Mi subteniente?
Ella solo afirmó con la cabeza.
El informático, con rango de Sargento Primero, miró a sus dos compañeros de sección, que estaban enfrascados en un debate y parecían no darse cuenta de lo que el cabo le pedía.
Sin decir nada más, extrajo de un cajón una bolsa de Faraday de nailon negro que recordaba a un neceser de viaje.
Introdujo el terminal en su interior y conectó un cable blindado al puerto USB integrado de la bolsa.
Tras sellar el doble velcro del cierre para asegurar el aislamiento total —evitando así que cualquier señal externa pudiera ejecutar una orden de borrado remoto—, conectó el otro extremo a su estación de trabajo forense.
Adrián suspiró aliviado y cruzó miradas con Silvia. La primera parte del plan alternativo (o único) estaba en marcha.