Venganza
Laura se había quedado dormida y, consecuentemente, había perdido la noción del tiempo.
Solo sabía que había pasado el suficiente para que las nuevas bridas de plástico se le hubieran clavado en las muñecas hasta cortar la circulación.
Víctor no había mentido; ahora estaba sobre el frío suelo, sin colchón alguno.
También estaba asegurada no solo con las bridas a las muñecas, sino con unas esposas a los tobillos.
Los leves intentos por moverse de un lado a otro resultaban en laceraciones en la piel y latigazos eléctricos en los huesos.
Además, el hambre había dejado de ser un gusano para convertirse en un letargo pesado, una niebla que le entumecía el pensamiento.
El estruendo del cerrojo la sacó de su sopor.
La puerta se abrió y la luz del pasillo la hirió de nuevo.
Entró un hombre bajo, de espaldas anchas, que no era ninguno de los dos anteriores.
Traía en una bandeja de poliestireno un trozo de pan y de carne que olía a grasa fría, más un botellín de agua sin tapón.
El tipo no la miró; dejó la comida en el suelo, cerca de ella pero fuera de su alcance inmediato, y se llevó la bandeja vacía.
Justo cuando el hombre se daba la vuelta para salir, una segunda figura bloqueó el marco de la puerta. Laura reconoció la silueta al instante. Len. El tipo al que casi había estrangulado horas antes.
Len entró en el zulo. No traía armas largas esta vez.
Se había quitado el chaleco táctico y vestía una camiseta de tirantes que, además del cuello, dejaba ver unos brazos tatuados con dibujos difíciles de distinguir: una madre por ahí, una serpiente por allá u otro animal, quién sabe.
No tenía la cara tatuada, pero traía el rencor pintado en ella, como si fuera un anuncio de sus intenciones.
El hombre bajito se quedó mirando, como queriendo decir qué pintaba él allí.
—Déjame pasar —dijo Len.
El otro se detuvo, dudoso. Miró a Len y luego a la prisionera atada.
—Víctor dijo que nada de visitas. Solo entrar, dejar la comida y salir.
Len avanzó un paso y empujó al otro hombre contra la pared del pasillo con un golpe seco del antebrazo.
—Víctor no está. Lárgate si no quieres que el próximo recado te lo dé a ti en la cara.
El hombre bajo no discutió más. Agachó la cabeza y salió del zulo; cerró la puerta tras de sí y Laura se quedó a solas con Len.
El individuo se acercó a la posición de Laura despacio.
Disfrutaba del momento. El olor de su sudor y de una colonia barata llenó el espacio reducido.
Se detuvo a unos tres pasos y miró las ataduras de Laura con satisfacción.
Se pasó la lengua por los labios y se tocó el cuello, justo donde el alambre le había dejado una marca roja y violácea.
—Si se te ocurre bajarte los pantalones, te juro que te la arranco. No sé cómo, pero te la arranco.
El tipo escupió al lado. Otra vez.
—¿Los pantalones? Nah, yo no la meto en cualquier agujero, zorra —elevó la voz—. No mezclo trabajo con placer.
Laura no contestó. Tiró de las bridas en un intento inútil por liberar una mano, preparándose para lo inevitable. El movimiento solo sirvió para que el plástico le mordiera la piel.
Len no esperó más. Cerró el puño y le lanzó un golpe directo al estómago. Laura expulsó el aire a la fuerza mientras el dolor le estallaba en el diafragma. Se dobló sobre sí misma y boqueó como un pez fuera del agua en busca del oxígeno que se le escapaba.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, Len le agarró el pelo con una mano y le tiró de la cabeza hacia atrás, exponiendo su cara.
Con la mano abierta, la abofeteó con un revés que sonó como el crujido de madera rota.
Laura notó el sabor de la sangre entre los dientes; el labio inferior se le había abierto contra los incisivos.
—Eso es por el numerito de antes —dijo Len, soltándola con un empujón que hizo que su cabeza rebotara contra el suelo.
Se puso de pie sobre ella, respirando con dificultad por la excitación de la violencia. Levantó la bota y le dio una patada seca en el muslo; no para romper, sino para marcar. Después le pegó otra de similar magnitud en la tripa.
Laura se retorcía de dolor en el suelo, envuelta como un ovillo de lana.
—Y esto es para que recuerdes quién manda. Vas a desear que el italiano me hubiera pegado los dos tiros antes.
Len escupió esta vez directo a su cara y se dio la vuelta.
Salió del zulo sin mirar atrás. El portazo dejó a Laura sola de nuevo, temblando de dolor y rabia, con la saliva del tipo y su propia sangre caliente resbalándole por la barbilla y la certeza de que, en aquel sótano, las reglas acababan de cambiar a peor.