Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Jerez
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Jerez

El Monasterio de la Cartuja de Santa Marta quedó a la espalda, una mancha blanca entre cipreses que a nadie le importaba a esas horas de la tarde.

Había empezado una lluvia fina, de esas de primavera que te cala despacio y profundo.

El Camino de Montealegre era una lengua de asfalto cuarteado flanqueada por tierras de labor que parecían esperar el agua con la paciencia de los muertos.

Adrián detuvo el coche a unos cincuenta metros del punto acordado. No apagó el motor. La costumbre.

Delante de ellos, aparcado en el arcén junto a un olivo centenario, había un Seat León de color gris plata. Era el coche del Manco. No había nadie fuera. Las ventanillas estaban subidas.

Adrián dio tres ráfagas de la luz larga, seguidas de dos encendidos de las luces de emergencia. El código habitual con el Manco. No hubo respuesta.

—No me huele bien, Silvia. Quédate aquí —dijo el cabo—. Desde el principio no me ha olido bien esto…

—Vale ya, ¿no? —replicó ella clavándole la mirada—.

Sé que estás mal, sé que todo te supera, pero dame un poco de cuartelillo.

Yo te conseguí la maldita avioneta para traerlos a la península.

Tengo al viejo en mi casa. Yo te he conseguido este contacto porque sé lo que hago.

¿Cuándo vas a dejar de desconfiar y de intentar mantenerme al margen?

—Yo… —titubeó el hombre.

—Ya sé dónde me meto, Adrián. Recibí una bala en mi estómago a las pocas horas de conocerte y lo hice porque… —Silvia calló. Dejó de mirarle a los ojos y giró su cabeza hacia el parabrisas.

En realidad era extraño que El Manco no repitiera la contraseña. Sin embargo, Adrián estaba tan desesperado que apenas valoraba los riesgos de cualquier acción que tomase.

—Silvia, yo…

—No sé qué te pasa y no lo digo por lo obvio, pero sospecho que hay algo más en tu interior que te tiene tan, tan…

No supo terminar la frase. Adrián le tomó de la mano. Suspiró y le dio un apretón. Ninguno de los dos sabía qué añadir. Ninguno de los dos tenía claro lo que le pasaba al otro. Y los dos sabían que estaban solos en aquella misión suicida.

Las gotas de lluvia golpeaban las ventanillas.

Adrián desenfundó su arma reglamentaria y Silvia hizo lo mismo.

El cabo no dijo una palabra más. Los dos bajaron del vehículo al unísono.

La subteniente mantuvo pegada al muslo su Beretta, oculta tras el pliegue del pantalón.

Caminaron por el borde de la carretera, sortearon los charcos.

No había pájaros, ni grillos, ni tractores lejanos.

El campo estaba callado, como si acabara de ocurrir algo que exigiera respeto o miedo.

Adrián se acercó al León por el lado del conductor.

El cristal tenía un agujero limpio, una estrella de grietas concéntricas a la altura de la sien.

Miró dentro. El Manco estaba allí, tumbado sobre el asiento del copiloto; ya no podía hacer las señales con las luces del coche ni contarles nada.

La sangre había manchado el asiento y goteaba sobre la tapicería con una cadencia lenta y espesa.

Tenía los ojos abiertos, fijos en algún lugar del techo, con esa expresión de sorpresa estúpida que se les queda a los que no ven venir el final.

Silvia llegó a su altura y miró el interior. Hizo una mueca, pero no apartó la vista.

—No me lo puedo creer —dijo ella—. ¿Has traído tu teléfono?

Adrián lo miró sin entender.

—Claro. ¿No has visto que lo he usado de GPS? ¿Por qué?

—¡Joder, joder! Vámonos de aquí, pero ya.

—Tendremos que dar parte…

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a argumentar al Teniente?

¿Bajo qué operativo nos hemos citado con el Manco?

Además, has preguntado a Esteve por él. Y Salgado seguro que ha preguntado a Esteve.

Este chota está muerto, Adrián, y los de la judicial de Homicidios podrían geolocalizar tu teléfono aquí.

Y Esteve y Salgado testificarán. Vámonos para que encima no te impliquen por asesinato.

Adrián entendió la gravedad del asunto. Miró en derredor y no vio ningún edificio con cámaras de videovigilancia, aunque sí las habría en las salidas y accesos de la autopista.

—¿Cómo coño lo han sabido? —preguntó—. Solo lo conocíamos tú, yo, el Manco. ¡Y Esteve! ¡Esteve, joder!

—Vámonos ya —exigió Silvia.

—No —Adrián negó con la cabeza—. Me da igual que me acusen de asesinato. La bala no ha salido de mi Beretta y eso está a mi favor.

Adrián volvió a mirar en derredor y apuntó a la nada de aquellos campos de cultivo yermos.

—¡Dónde estáis, hijos de puta!

Silvia rodeó el coche y lo abrazó con fuerza.

—Vámonos, vámonos, ahora en casa lo pensamos.

—Nos están siguiendo, joder, ¿no te das cuenta? El puto Esteve o el puto Salgado…

—No, Adrián, no son los compañeros. Y si nos estuvieran siguiendo no habrían llegado antes.

Adrián relajó los músculos. Silvia lo notó en el abrazo. La lluvia arreciaba en aquel momento.

—¿Entonces? —dijo él.

Ella lo agarró de la mano sin decir nada, pegó un fuerte tirón y a empujones lo metió en el asiento del copiloto.

Él se dejó arrastrar. Tenía la mirada perdida.

Y los ánimos. Silvia arrancó y se largaron de allí lo más rápido que la lluvia y el asfalto mojado le permitieron.

No se reincorporó a la autovía por la que habían llegado desde Algeciras.

Se sintió una estúpida por haber permitido a Adrián llevar su teléfono.

Ella había sido cautelosa y lo había dejado en casa.

—¿Por qué crees que Esteve o Salgado no tiene nada que ver? —preguntó Adrián.

Silvia tardó en responder.

—Esteve es un tipo más soso que la comida de hospital. Y Salgado es capaz de denunciarnos a Hacienda si no declaramos todas las horas extras. Su expediente es el expediente más inmaculado de toda la Benemérita. El tipo vive de forma espartana. No, están fuera de toda sospecha.

—¿Y qué coño está pasando? ¿Qué piensas?

Adrián la miró y clavó sus ojos en su perfil. Le encantaba mirarla cuando ella conducía. Se sentía seguro. Se sentía en casa. Incluso en esa situación.

—Yo pienso que nuestra carrera como guardias civiles se ha terminado.

Apartó la vista de la carretera unos instantes y sus ojos se encontraron en el habitáculo del coche. En mitad de aquella tormenta inesperada que se había desatado. En mitad de aquel lugar próximo al escenario de un crimen que les auguraba una expulsión del cuerpo o quizá algo peor.