El confite
La subteniente Donaire permanecía apoyada en el marco de la cocina, con los brazos cruzados y la mirada fija en el vapor que subía de una taza de metal.
No hablaba. Dionisio, sentado en el sofá, se frotaba la nuca con una mano áspera mientras observaba el rastro de sangre seca que todavía manchaba el cuello de su sudadera; la brecha de su cabeza estaba controlada,
pero el veterano mantenía esa rigidez de quien espera que la estructura ceda bajo sus pies en cualquier momento.
La casa parecía en ese momento más frágil de lo que era en realidad.
Todo crujía. Todo se movía por culpa del viento o del simple caminar de las personas.
Silvia acababa de hacer una llamada de la que se arrepentiría en unas horas.
Una llamada de las que cambian las vidas.
No pensó en ello cuando Adrián entró por la puerta con la cara de un condenado a muerte.
—¿Cómo está Luz Marina?
El cabo no contestó. Se limitó a arrastrarse hasta una silla que invitaba a sentarse delante de la mesa de melamina. Mesa sobre la que situó su teléfono móvil. Sus dedos, entrelazados, mostraban unos nudillos cárdenos por los golpes contra la mampara de la UCI.
—Tengo una novedad —dijo Silvia ante la ausencia de respuesta de su compañero.
El hombre levantó la cabeza, con ansia de saber más.
—Un confite que dice que ha oído algo. Pero antes de soltar prenda quiere pasta. Y la quiere en cash.
—¿Dónde, cuánto, cuándo? —A Adrián le faltó tiempo para disparar todos los adverbios interrogativos del diccionario.
—En Jerez. Pide tres mil.
—¿En Jerez? No me jodas que es El Manco.
El Manco era un camello de medio nivel. Hacía de contacto entre lo que se descargaba en la costa gaditana y lo que debía llegar a Sevilla.
Había tenido varios enfrentamientos a tiro limpio con los nacionales, hasta que un capitán de la Benemérita decidió arrastrarlo al lado luminoso.
Vamos, que el tipo aceptaba pagos en B a cuenta del contribuyente para facilitar información de grandes desembarcos de alijos de hachís y marihuana.
Por otro lado, mantenía parte de su actividad delictiva para no levantar sospechas entre los narcos del Estrecho y poder recibir información calentita.
—Es el único que nos podía ayudar y, sorpresa, dice que ha escuchado cosas.
Adrián marcó el número del susodicho en su teléfono.
El Manco le cogió el aparato y le confirmó lo que le había contado Silvia.
Adrián lo amenazó con acciones al margen de la Guardia Civil si la información resultaba falsa o si lo hacía solo por ganarse unos dineros.
Y el Manco le juró por su familia que no se iba a inventar nada ni a poner en riesgo el resto de la cooperación con los picoletos por cuatro duros.
Adrián, vista la lógica de las afirmaciones, colgó y se citó con él en el punto que había acordado con Silvia.
Para confirmarlo una vez más, llamó a un compañero que actuaba de enlace en la comandancia: el sargento Esteve.
—Dime, Trovado.
—Mi sargento, ¿el Manco sigue limpio?
Silvia lo miraba con ira, como si ella no hubiera hecho ya las comprobaciones pertinentes. Sin embargo, no quiso decir nada en todo el proceso de comprobaciones que hacía su subordinado, que en esos momentos parecía su superior.
—No me jodas, cabo, tengo al brigada Salgado a mi espalda dando mucho por culo. Si te cuento algo, lo va a saber.
—Tan solo es un segundo, hombre.
Se escuchó un bufido al otro lado.
—Si por limpio quieres decir que su último chivatazo fue un éxito, sí.
—¿Y cuánto hace de eso?
—No lo sé, un par de semanas, tres quizá. Acudimos a un vuelco en la carretera de Málaga.
—¿Y por qué no fuimos nosotros?
—No lo sé, cabo. Y ya te cuelgo.
Adrián se quedó extrañado cuando el sargento le colgó en las narices sin despedirse. Silvia había abandonado su rabia por la desconfianza y se había sentado en el sofá junto a Dionisio. Este bebía un vaso de agua que le había traído la misma subteniente.
—Si te fiaras más de mí, no habrías puesto en antena a Salgado, que es más desconfiado que un cura.
—¿Cuál era la dirección, Silvia?
—Camino de Montealegre.
Adrián metió la dirección en su navegador GPS. Se levantó para marcharse y, en ese momento, Dionisio habló:
—¿Y Restrepo?
Adrián se fijó en él. Iba a decir algo, pero se limitó a mirar a Silvia.
—Vuelvo en un par de horas.
Ella se levantó como un resorte.
—No pretenderás ir solo.
—No te puedes implicar más, Silvia, te puedes meter en un problema…
—¿Problema? —interrumpió ella—. Ya estoy metida, Adrián. Déjate de tonterías.
—Restrepo —afirmó esta vez Dioni con mayor fuerza para que alguien se dignase a escucharlo.
Adrián se acercó hasta él y le habló con una voz tan fuerte que hasta le salpicó con su saliva.
—Es imposible llegar a Restrepo, ahora mismo es intocable. Así que voy a ir resolviendo batallas una a una.
Dioni le aguantó la mirada. Intentó levantarse, pero le fue imposible. Estaba derrotado por el golpe en la cabeza. Era más que probable que sufriera algún tipo de traumatismo craneoencefálico.
—Usted tiene que ir a urgencias…
—No me trates de usted. Seré viejo, pero no un anciano. Y solo necesito un poco más de descanso.
—Haz el favor de beber agua y comer algo. En la nevera tienes tortilla y una ensalada. Nosotros nos vamos y volveremos lo antes posible —exigió Silvia.
Dioni asintió con la cabeza y se desplomó sobre el sillón. Adrián miró a su superior y no le quedó más remedio que aceptar que Silvia lo acompañara. Si había que hundirse, quería hacerlo él solo. Aunque estaba claro que ella había tomado su decisión. No se opuso más a que lo acompañase.
De momento.