El alambre
Laura no recordaba cuándo fue la última vez que ingirió algo sólido, quizá la arepa de pescado en vinagre en la tasca de Óscar. De eso hacía ya casi dos días. El hambre se había transformado en un gusano que, al contrario de lo que pudiera parecer, le mantenía los sentidos alerta.
Cuando escuchó el chirrido del cerrojo, no se hundió en el colchón como las veces anteriores para protegerse de la luz.
Se movió con rapidez para agazaparse junto al marco de la puerta, con los músculos en tensión.
Había sacado uno de los muelles del mismo y lo había transformado en un cordel de hierro dispuesto a aferrarse al cuello del primero al que se le ocurriese entrar por esa puerta.
También, gracias a esos muelles, había conseguido liberarse de las bridas que le inutilizaban las manos.
El silencio previo a la apertura era tan solemne como el que precede a la revelación del mayor de los premios.
La puerta se abrió y la luz del pasillo la cegó un instante; le hirió las pupilas.
Uno de los secuaces, el del tatuaje en el cuello, el tipo del arma automática que la había amedrentado antes, entró con un cuenco de metal.
Venía relajado, con la guardia baja, convencido de que la mujer ya estaba doblegada por la oscuridad.
Laura le pegó una patada en la rodilla y lo agarró de un brazo para girarlo sobre su propio eje.
Menos de un segundo después, el alambre del muelle ya lo estrangulaba y evitaba el paso de oxígeno al cerebro de aquel desgraciado.
Por desgracia, el captor soltó el cuenco, que resonó contra el suelo con un estrépito de cantina.
De no ser por ese maldito cuenco de sopa, le habría dado tiempo a dar pasaporte a aquel tipo y robarle el cuchillo o lo que tuviera encima.
Pero el sonido llegó a Víctor, que estaba a escasos metros y se levantó al instante con su Sig Sauer en ristre.
—¡Basta! —El vozarrón del líder percutió el tímpano de Laura, que seguía sin soltar el estrangulamiento. Víctor entonces levantó el arma y apuntó a la cabeza de la mujer, que se giró y se parapetó detrás de su víctima.
—Déjame salir o…
—O lo sueltas o le pego dos tiros a él y, cuando caiga, te pego otros dos a ti. Y ya no hay donación posible.
El secuestrador empezó a convulsionar; estaba al borde del colapso por hipoxia.
Laura, en un primer instante, no paró. Sin embargo, aquel tipo parecía no tener urgencia por que su víctima muriera estrangulada.
¿Qué haría una vez hubiera dejado de respirar?
El muy inútil no tenía armas a la vista.
Poco a poco fue cediendo en el agarre de su víctima, que cuando comprobó que el oxígeno regaba ya su cerebro y sus extremidades funcionaban, se las ingenió para revolverse y sacudirse el agarre.
Dobló entonces el tronco y se sujetó con las manos en las rodillas.
Tosió varias veces y se llevó la mano a la garganta.
Cuando se consideró recuperado, se giró hacia Laura y se abalanzó sobre ella con el puño en alto.
Laura ya tenía la guardia preparada para bloquear el golpe; sin embargo, el agresor notó que una fuerza lo retenía en su empuje.
Giró la cabeza entonces hacia atrás y se fijó en que Víctor le había sujetado el antebrazo.
—Sal, haz el favor.
—¿Por qué? La zorra esta casi me mata.
—No te lo repetiré dos veces, Len.
El tal Len tenía un acento latino que Laura no supo identificar. Al igual que no supo hacerlo con el de Víctor, que tampoco parecía español nativo. Len se revolvió y se dispuso a largarse de allí, no sin antes escupir delante de los dos.
—Así que me ibas a pegar dos tiros, ¿eh?
—Relájate, hombre, no lo decía en serio.
—Ya…