La última charla
El monitor de la unidad de cuidados intensivos proyectaba una luz azulada y rítmica sobre el rostro de Luz Marina. Ya no parecía una muchacha de casi diecisiete años, sino una figura de porcelana antigua, translúcida y a punto de quebrarse bajo el peso de las sábanas.
No había médicos corriendo con desfibriladores, ni el fragor de una crisis súbita; el deterioro era algo mucho más silencioso y aterrador.
Era un retroceso lento, un río que se seca y deja al descubierto los sedimentos —y la suciedad— arrastrados durante kilómetros.
El siseo del respirador mecánico marcaba el compás de la estancia, un fuelle de plástico y silicona que hacía el trabajo que los pulmones de la chica, agotados por la infección y la anemia, ya no querían realizar.
La enfermera de guardia anotaba las constantes en una tableta digital.
Las cifras no mentían: la saturación de oxígeno bailaba en la frontera de lo admisible y la presión arterial mostraba una debilidad que la medicación apenas lograba sostener.
El cuerpo de Luz Marina había dejado de luchar contra la leucemia para empezar a luchar contra sí mismo, contra el cansancio de existir sin defensas.
Adrián había acudido a la llamada. La niña se había despertado y quería hablar con él.
Ella parecía tener claro que podía ser la última vez que hablase con su padre.
El hombre, pegado al vidrio de la pecera, había envejecido años.
La chica, décadas. Se comunicaron por un interfono que los sanitarios facilitaron a ambos.
—¿Papá? —La voz de Luz Marina quería emular una fuerza que no tenía.
—Hola, pequeña. ¿Cómo estás? —Adrián forzó una voz firme, de esas que usaban en la Comandancia para dar órdenes.
—Cansada, papá. Muy cansada. Siento como si me hubieran puesto ladrillos encima.
—Eso será por la medicación nueva, ya te lo dijo el doctor. Están limpiándote por dentro para que cuando llegue el trasplante todo sea más fácil.
Hubo un silencio al otro lado. Adrián cerró los ojos y apretó el teléfono contra la oreja; escuchó la respiración asistida de su hija, ese sonido metálico que le recordaba que la vida de Luz Marina dependía ahora de un enchufe y de una bolsa de suero.
—Papá... ¿Dónde está mamá? Me dijiste que vendría. —El tono de la chica emergió con más fuerza.
Adrián sintió un vacío en el estómago, un frío que lo dejó sin poder pensar nada rápido, nada con qué consolar a su hija. Se sintió fatal porque no quería que las que pudieran ser sus últimas palabras con ella estuvieran recubiertas de una verdad a medias, la peor de las mentiras.
—Está en camino, Luz. Ha habido un problema con los enlaces de los vuelos en Bogotá. Ya sabes que tu madre no vive en la capital y ha tenido que hacer escalas. Me ha dicho que te diga que seas fuerte, que ya casi está.
—Papá, no me mientas —le cortó ella—. Te conozco aunque tú no te lo creas.
La chica podía verlo desde el ventanal y eso reforzaba sus pensamientos.
—Hija, de verdad, está todo bajo control...
—No lo está. No está aquí porque le ha pasado algo. Mamá se cruzaría la selva andando si hiciera falta para venir a mi lado. Ya lo hizo.
—Lo hicimos —dijo Adrián, que se arrepintió al momento de verbalizar su participación en el anterior rescate.
De los dos rescates.
Luz Marina se quedó muda. Miraba al ventanal. Le saltaban las lágrimas y Adrián le pidió que no llorase, que quería verla sonreír. Quería decirle que, si era la última vez que la veía con vida, necesitaba verla contenta. O esperanzada al menos. No pudo hacerlo.
—Dime la verdad —insistió ella, y su voz tembló un poco tras perder esa entereza artificial—. ¿La han detenido? ¿Es por nuestra huida? ¿Está en la cárcel?
—Tu madre está bien —mintió Adrián; esta vez no hubo medias verdades—. Tú confía en mí, ¿vale? ¿Cuándo te he fallado yo?
Ella se calló. Con la poca fuerza que le quedaba, se enjugó las lágrimas.
—Recuerdo cuando me salvaste en el río. De no ser por ti no estaría ahora aquí.
—Te quiero mucho, Luz Marina. Y tu madre también. Solo aguanta un poco más.
—Lo intento, papá, pero siento que el cuerpo se me va. Y me da miedo que mamá no llegue a tiempo ni para decirme adiós.
Adrián apretó el puño libre contra la mampara.
Creyó que podría romperla de tanta rabia acumulada y se detuvo en su empuje.
Aquello dolió. Por mucho que estuviese enfrentado a su exmujer, Luz Marina necesitaba verla.
Él pensó que, cuando se la trajo de Colombia, tenía toda una vida para que ambas se reencontraran cuando las cosas se hubieran sanado. Iluso.
—No digas eso. No vas a decir adiós a nadie. Yo voy a traerla, Luz Marina. Te lo prometo.
—Tráela, papá —susurró ella, casi como un ruego infantil—. Por favor, tráela.
La chica ya no pudo sujetar más el telefonillo del interfono.
La sanitaria se dio cuenta y fue a recogerlo.
Cuando lo hizo, los dos brazos de la niña cayeron a plomo sobre la camilla.
Adrián dejó caer su auricular, que se estampó contra el suelo.
El celador que lo miraba desde fuera no se atrevió a recriminarle nada.
Sabía de la situación de la chiquilla y había escuchado las palabras del padre.
El cabo mayor Trovado puso las dos palmas sobre la mampara y, al darse cuenta de que la chica había cerrado los ojos, rompió a llorar.
Los guerreros también lloran.
Y él estaba dispuesto a dar mucha guerra.