La comandancia
Adrián entró en la Comandancia de Algeciras después de haber dormido apenas dos horas. Arrastraba el paso con la planta de un condenado a muerte.
O a algo peor: a la muerte en vida.
Las agujas del reloj marcaban casi las siete de la mañana y el edificio exhalaba esa calma artificial previa a la vorágine de la jornada: luces fluorescentes que parpadeaban sin saber si estaban rotas o a punto de hacerlo, murmullo de transmisiones de radio y el rastro de cera de los pasillos que,
a esas horas, fregaban las dos eficientes chicas de la limpieza.
Se dirigió a su escritorio en la EDOA, la unidad de la Guardia Civil para la que trabajaba, especializada en la lucha contra el narcotráfico.
Su puesto de trabajo era un habitáculo que se le antojó más estrecho que de costumbre.
Encendió el ordenador; antes de que arrancara, su reflejo en la pantalla le devolvió una palidez cadavérica.
Se sentó y dejó que el sistema cargara mientras el nombre de Ramón Restrepo seguía golpeándole las sienes como un metrónomo.
Tenía que moverse rápido. La sospecha de Dionisio no era una opción, era un clavo ardiendo al que aferrarse antes de que el incendio lo devorara todo.
Si alguien conocía el origen de aquella emboscada quirúrgica, ese era el hombre que movía los hilos de media Colombia desde una celda de alta seguridad.
Dioni le había contado que hasta en dos ocasiones estuvo a punto de llevárselos por delante.
Una de ellas, justo antes de embarcar hacia África.
La anterior, una mochila bomba que «cargó tierra en el pecho» al guerrillero que les había tendido la emboscada.
Una lástima; no pudieron sacarle la verdad a golpes.
No tuvieron pruebas de la autoría intelectual de Restrepo. Tampoco dudas.
La tercera había sido la más extraña: un secuestro en lugar de dos tiros en la cara.
Al estar en terreno ajeno, la cosa cambiaba, supuso.
Dioni imaginaba que aquí tenía menos margen para el asesinato, y que el secuestro se había producido para algo en concreto.
El veterano tenía claro que, de un momento a otro, el capo contactaría.
Adrián no tenía tiempo para esperar la llamada de ningún pendejo encarcelado al otro lado del charco, así que inició sus propias gestiones con una calma fingida que lo quemaba por dentro.
Tras varias llamadas a través de enlaces oficiales y tras tirar de un par de contactos que le debían favores por su eficacia en la unidad antidroga, consiguió el número directo del cónsul español en Bogotá.
El teléfono tardó en dar señal; un eco interoceánico que parecía una burla de la distancia.
—¿Diga? —la voz al otro lado sonaba calmada, la propia de alguien con la vida resuelta que se dispone a irse a la cama.
Adrián se identificó. Habló de su rango, de la Comandancia de Algeciras y de una supuesta operación en curso que requería una consulta urgente con el recluso Restrepo.
Trató de que su voz no temblara; luchó por ocultar el rastro de la desesperación que le subía por la garganta.
Le explicó quién era el preso y el cónsul afirmó de forma laxa, sin dejar claro si lo conocía o no.
—Escúcheme bien, cabo Trovado —respondió el cónsul después de un silencio que duró una eternidad—.
Si desea acceso a un interno de ese perfil, debe seguir los cauces reglamentarios.
Necesito un escrito sellado por su superior jerárquico que indique el motivo exacto, el número de diligencias judiciales y la autoridad de la Audiencia Nacional que lo ampara.
No puedo permitir que se salte la soberanía de una prisión extranjera por una llamada a deshoras.
—Señor cónsul, no tengo tiempo para burocracia. Es una cuestión de vida o muerte —insistió Adrián, y apretó el auricular con tanta fuerza que el plástico crujió bajo sus dedos.
—Señor Trovado, yo me voy a acostar ya mismo.
Entiendo que allá en España se acaba usted de levantar, pero aquí está todo cerrado y no hay posibilidad de hacer nada.
Mañana, si ha presentado la documentación y el juez de enlace da el visto bueno, lo estudiaremos. Pero no espere milagros. Buenas noches.
El clic de la desconexión fue como si le hubieran disparado con una táser.
Adrián dejó caer el teléfono sobre la mesa de melamina.
El sistema, ese al que servía y por el que se había jugado la placa, acababa de levantarle un muro de hormigón.
Se frotó la cara con ambas manos; el tacto de la barba de varios días le recordó que el tiempo no solo pasaba, sino que se agotaba de forma irreversible.
Dejó atrás los lamentos e inició la operación B: buscó en su teléfono y marcó números que nunca figurarían en su agenda oficial ni en los informes de inteligencia. Contactó primero con uno al que llamaban «el Gato», un confidente que solía tener el oído pegado al asfalto en los muelles de Algeciras.
—Nada, jefe —le contestó el tipo con voz ronca—. Eso tiene pinta de vuelco. Y yo no he escuchado que haya ninguno en marcha ni que se haya hecho hace poco.
Llamó a otros dos: un perista de joyas y otro contacto del Servicio de Vigilancia Aduanera.
La respuesta fue la misma. Silencio absoluto.
Nadie había oído hablar de un vuelco o de un operativo de interceptación en la zona de Villamartín.
Era como si el rapto de Laura formara parte de una pesadilla o de la imaginación resacosa de un padre desesperado.
La falta de sueño le hizo, incluso, llegar a planteárselo.
Adrián se levantó de la silla y empezó a caminar en círculos por el despacho.
La soledad se le echó encima. Echó de menos a Silvia.
Miró por la ventana el patio de la comandancia.
Algunos compañeros acababan de llegar y se disponían a acceder a su puesto de trabajo.
Él tenía permiso por la enfermedad de su hija y algún superior le haría preguntas incómodas si lo encontraba allí.
Aunque tenía la respuesta preparada de que el hospital lo tenía al borde de la desesperación; no le apetecía tener que mentir a la cara de un oficial superior.
Se sentía un extraño en su propia casa, un fugitivo que todavía llevaba la placa en el bolsillo.
De repente, su teléfono vibró sobre la mesa. El nombre que aparecía en pantalla no auguraba nada bueno.