Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El zulo
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El zulo

El zulo no poseía dimensiones, solo una negrura sólida que se le metía por la nariz y por la boca hasta casi asfixiarla.

Laura estaba sentada sobre un colchón que despedía un rastro de humedad y moho; tenía la espalda pegada a una pared de hormigón frío que parecía absorber el poco calor que le quedaba en el cuerpo.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la sacaron de la carretera.

El tiempo, lejos de haberse detenido allí dentro, avanzaba más rápido que si alguien le hubiera dado al botón de FF del mando a distancia.

Una desesperanza que, además, se agudizaba por el sonido de su propia respiración y el goteo lejano de una tubería.

—¡Eh! —gritó Laura—. ¿Hay alguien ahí?

Silencio. Un silencio que pesaba más que la soledad, que el encierro, que las vigas de hierro y hormigón que imaginaba sobre su cabeza.

—Escuchadme, por favor —insistió, lo había gritado ya varias veces desde que le quitaron la mordaza nada más tirarla en aquel lugar mugriento.

Se puso en pie a tientas hasta que sus dedos palparon la superficie metálica de la puerta—.

No sé quiénes sois ni qué queréis. Me da igual.

Solo necesito llegar al hospital. Mi hija se muere.

¿Entendéis eso? ¡Se muere si no llego! Matadme después, o quitadme todo lo que tenga, pero dejadme ir al hospital. Haré lo que sea.

Golpeó el metal con los puños hasta que le dolieron las falanges como si las hubiesen aporreado con un martillo. Además, tenía atrapadas las muñecas por dos bridas que le tenían en carne viva la piel.

Tardaron en responder, y Laura no pudo seguir el ataque contra la puerta por el dolor.

Al cabo de un par de minutos, el cerrojo exterior chirrió.

Una pequeña rendija se abrió a la altura de los ojos; un tajo de luz amarillenta cortó la oscuridad del zulo y obligó a Laura a cubrirse el rostro.

No pudo ver quién estaba al otro lado; solo divisó el cañón de un arma automática.

—Por favor —suplicó ella, a pesar de la amenaza—. Solo son unas horas. Dejadme ir al hospital, que me custodie quien sea de vosotros para poder hacer la donación y después volved a traerme aquí. Me quedaré toda la vida si queréis, pero dejad que salve a mi niña.

—Cállate —respondió una voz seca, distorsionada por algún tipo de máscara o simplemente por el desprecio.

—¿Eres padre? —preguntó Laura, con los labios pegados a la rendija—. Si tienes hijos, sabes de lo que hablo. Si me retienes aquí, la estarás matando.

La rendija se cerró de golpe y Laura volvió a golpear la puerta metálica con tal ansia que creyó que se había fracturado algún hueso de la mano. Se desplomó y sollozó sin lágrimas, con un dolor que le aprisionaba el pecho.

Al otro lado de la puerta, en un pasillo iluminado por un fluorescente parpadeante, el que parecía el líder de los captores permanecía inmóvil.

Vio cómo uno de sus lacayos se retiraba del acceso al zulo con el arma en la mano.

Lo había mandado él para hacer un trabajo que no le apetecía: amedrentar a la secuestrada.

Era un tipo muy pagado de sí mismo que vestía con una pulcritud que desentonaba en aquel agujero: traje negro sin corbata y camisa de algodón oscura.

El conjunto en su totalidad le había costado más de quinientos euros en una tienda de Puerto Banús.

Sus movimientos poseían una elegancia depredadora, casi como un guepardo cuando acecha a una gacela.

Se ajustó los guantes y observó la puerta de acero como si pudiera ver a través de ella.

La desesperación de la secuestrada, ese fuego salvaje que la empujaba a gritar a pesar de la derrota, le provocaba una curiosidad que no figuraba en sus órdenes.

Había algo en las palabras y, sobre todo, en la forma de pronunciarlas de aquella mujer que lo tenía incómodo.

Se levantó y se acercó un poco más a la puerta; apoyó la palma de la mano sobre el metal que parecía incluso vibrar por los golpes de aquella madre. El de la semiautomática lo observaba sin saber bien qué hacía ese al que tenían que obedecer.

—Víctor —dijeron a su espalda.

Él se giró y otro de sus secuaces le entregó un teléfono móvil.

Víctor miró con furia al tipo que lo había interrumpido y tomó el teléfono.

Con un cabeceo acompañó las indicaciones que se le daban.

Colgó sin despedirse. Miró hacia la puerta.

Si era verdad lo de que tenía una hija que se moría y la secuestrada tenía que donar sangre o lo que fuera que suplicaba, esa chica tenía pinta de no salir del hospital viva.

Y Víctor Spenza era padre.