Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Primeros auxilios
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Primeros auxilios

Silvia bajó la persiana metálica y el estruendo del cierre puso fin a la emboscada. La vivienda, una casa prefabricada sobre un terreno apartado a las afueras de Algeciras, era un refugio improvisado donde el silencio solo lo interrumpía el crujido de la estructura bajo el viento.

Adrián no se lo había pedido de forma expresa; no se atrevía a cargarla con una responsabilidad que podía acabar con su carrera, pero ella, con esa mezcla de entrega y temeridad que él nunca terminaba de entender, se adelantó a sus deseos.

Ir al piso de Adrián con un peso muerto como Dionisio a cuestas habría sido mucho menos lógico.

El veterano se desplomó en el sofá del pequeño salón.

Tenía el hombro empapado en una mancha oscura que se extendía por su camisa con una lentitud preocupante.

Silvia se movió con una eficiencia digna del mejor médico de urgencias.

Sacó un botiquín de metal, se calzó unos guantes de látex y puso el bote de antiséptico sobre la encimera.

Aplicó líquido desinfectante sobre una gasa y la presionó sobre la brecha de la cabeza de Dioni, de la que todavía manaba sangre.

Adrián permanecía junto al ventanal, oculto tras el borde de la cortina, mientras observaba la oscuridad del terreno baldío.

No se había quitado la chaqueta. Sus manos, hundidas en los bolsillos, apretaban el teléfono con tal fuerza que los nudillos le blanqueaban.

Estaba allí físicamente, pero su mente seguía atrapada entre el pasillo del Virgen del Rocío, el eco del pitido de los monitores, la imagen de Luz Marina arqueada por la fiebre, y el lugar de la emboscada.

—Acércame hielo del congelador —pidió Silvia—; envuélvelo en un trapo de cocina.

La mujer terminó de vendar a Dionisio. El viejo soltó un gruñido de alivio y se quedó medio dormido con la cabeza apoyada en el sofá.

Adrián le entregó el hielo y ella lo colocó en la zona de la brecha.

El veterano volvió a gruñir, pero calló al segundo.

Silvia le pidió a Adrián que le diera el relevo y fue a lavarse las manos.

Mientras lo hacía, contempló cómo su compañero sujetaba el hielo en la cabeza de aquel casi desconocido, tumbado en su salón con una herida que le habían hecho quién sabe qué desgraciados.

Suspiró. En el fondo creía que hacía lo correcto; sin embargo, una negrura apareció en su semblante.

Adrián deslizaba el pulgar sobre la pantalla de su móvil mientras sujetaba el trapo con el hielo.

No le gustaba aquella tarea, pero no podía contrariar a su anfitriona.

Necesitaba tranquilidad para pensar, necesitaba saber qué coño había pasado y, sobre todo, necesitaba saber dónde se habían llevado a la única persona que podría salvar a Luz Marina.

Silvia se acercó y se sentó en una silla al lado de los dos hombres.

Le puso una mano en el brazo a Adrián. Este detuvo el movimiento de su dedo sobre el teléfono.

Enderezó un tanto la espalda y puso su mano sobre la de ella.

Se giró y se miraron a los ojos. Había miedo en la cara de aquel hombre duro, y nadie mejor que Silvia para descifrar sus temores.

Ella se acercó y le besó en la comisura de los labios mientras le acariciaba el pelo de la nuca.

Puso su frente contra la de él y los dos ahogaron sendos sollozos.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella.

Él volvió a suspirar.

—¿Lope? —preguntó.

—Ni de coña —Silvia se apartó.

—¿Entonces? ¿Cómo coño sabían de dónde veníamos exactamente?

—Pues nos han tenido que seguir.

—¿Y quién?

Silvia se tapó la cara con las manos. Adrián suspiró. En medio de ese silencio, Dionisio gruñó de nuevo.

—Y encima tenemos que hacer de enfermeros —protestó Adrián.

Dioni gruñó otra vez, pero esta vez sus gemidos parecían más rítmicos, más sonoros.

—Calla —pidió Silvia.

La mujer se acercó a la cara del veterano, que emitía sonidos guturales.

Movía la boca y sus párpados pugnaban por abrirse.

Finalmente consiguió abrirlos una mínima rendija por la que la guardia pudo ver la mitad de los iris del viejo.

Dionisio habló de nuevo; esta vez su palabra llegó a los oídos de Silvia.

—¿Qué dice? —preguntó Adrián.

Silvia se levantó con un brinco del sofá al escuchar lo que acababa de decir Dionisio. Se fue a la cocina, cogió una botella de agua y le pegó tal trago que casi la dejó vacía.

—Dime qué pasa —Adrián se levantó y el hielo se desparramó por todo el cuerpo de Dioni, que volvió a protestar.

Silvia no era capaz de contestar. Adri se acercó hasta ella y con su actitud le exigió una respuesta. Silvia lo abrazó, pero Adrián, incómodo, siguió insistiendo.

Entonces ella claudicó y le susurró el nombre al oído. Él fue quien se separó esta vez. La miró con los ojos fuera de las órbitas, se dio la vuelta y se dirigió hacia Dionisio. Lo agarró por las solapas de la sudadera que llevaba.

—¿Es eso cierto? —gritó.

—¡Adrián, déjalo!

El guardia zarandeó al veterano como a una marioneta. Silvia trató de sujetarlo por la espalda, pero no lo consiguió.

—Repítelo. Repítelo si es verdad.

Dionisio abrió los ojos al completo y obedeció:

—Ramón Restrepo…