Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La emboscada
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La emboscada

La tierra de la pista devolvía una ventolera pastosa; una mezcla de brea recalentada y arena que se pegaba a la garganta. Por desgracia, la subida de temperatura era algo cada vez más habitual en aquel rincón del sur de España, aunque no fuera verano ni siquiera primavera.

Adrián apretaba el volante de su coche particular, un Toyota Land Cruiser marrón de más de diez años comprado a un quinqui de Los barrios, un coche que, hasta el momento, no le había dado problemas.

Tenía los nudillos blancos, como si el cuero fuera lo único que lo mantenía anclado a la realidad.

A su derecha, Silvia no quitaba la mano de la culata de la Beretta.

No se miraban. No hacía falta. El silencio en el habitáculo era espeso, solo roto por la respiración irregular de Dionisio en el asiento de atrás.

Laura viajaba a su lado, inmóvil, convertida en algo parecido a una estatua de granito que miraba por la ventanilla hacia la oscuridad del campo.

Habían cruzado medio mundo para esto; el aire de la frontera entre las provincias de Cádiz y Sevilla olía diferente al de las montañas de Colombia.

No sabría decir si mejor o peor, pero en aquel momento le pareció que olía a incertidumbre, ya que aquello ya no era su casa.

Adrián consultó el reloj de la consola central; las 01:14. La humedad de la zona se filtraba por las rendijas del aire acondicionado.

Llegado al desvío hacia la autopista, las luces azules de un control de la Guardia Civil cortaron la noche. Un patrulla atravesaba la calzada y unos conos contribuían a impedir el paso. Un agente agitaba una linterna con movimientos mecánicos, de arriba abajo, ordenando el alto.

—No me lo puedo creer —dijo Silvia.

—Tranquilidad, tiene pinta de control de alcoholemia —replicó Adrián.

Adrián frenó suave; dejó que el motor perdiera revoluciones antes de detenerlo por completo.

Sintió el peso del arma reglamentaria en el costado, una presión familiar que aquella noche le resultaba extraña.

Se llevó la mano al bolsillo donde guardaba la placa.

Bajó la ventanilla y el olor a un establo cercano le golpeó la cara.

El guardia que se aproximaba no llevaba el chaleco reflectante de seguridad ciudadana; la funda de su arma era una Safariland de extracción rápida, propia de unidades de intervención.

Era demasiado equipo para un control de madrugada en una secundaria.

—Buenas noches, documentación —pidió el guardia.

Tenía la cara curtida y los ojos vacíos de quien ha visto demasiada mierda en la valla. Adrián le enseñó la placa y saludó.

—Buenas noches, compañero.

El guardia se fijó en la placa y su gesto no cambió.

—Bajen del coche, por favor.

—¿Por qué? Soy compañero y si quieres hacerme soplar, soplo. Pero no me hagas bajar, que es muy tarde y estamos cansados. Venimos de un…

No le dio tiempo a continuar. Otro agente se acercó y los dos les apuntaron con las semiautomáticas.

Justo después, un SUV negro sin distintivos frenó en seco detrás de ellos; el rechinar de los neumáticos los puso a todos en alerta.

Adrián giró la cabeza; buscó con su mirada a Laura, que tenía la mandíbula desencajada. Él quería ofrecer alguna respuesta, pero no la tenía.

—No hagas ninguna puta locura, Adri —dijo Silvia.

Adrián la miró y por un momento sintió la tentación de sonreír.

Se le quitaron las ganas cuando otros dos hombres con pasamontañas y subfusiles cortos encañonaron los cristales laterales.

El guardia que pedía los papeles ya no esperó; tiró de la manija de la puerta de Laura con una violencia calculada.

—Bajen del coche. Ya.

Dionisio reaccionó como un resorte; se deslizó por encima de Laura y lanzó un golpe seco hacia la mandíbula del agresor.

Sin embargo, otro de los asaltantes abrió su puerta y descargó un culatazo en la nuca del viejo.

El sonido del hueso contra el metal fue una nota discordante en la noche.

Dionisio se desplomó sobre el asiento con los ojos en blanco y un hilo de sangre espesa brotando de la brecha.

Laura gritó, un sonido gutural que Adrián no recordaba; trató de zafarse, pero la superioridad de los supuestos guardias era absoluta.

—¿Se puede saber qué coño estáis haciendo? Que somos compañeros —gritó Silvia.

Adrián le puso la mano encima y con la mirada le dijo lo que ya ambos intuían. Aquellos no eran compañeros y distaban mucho de serlo.

—¡Fuera del coche! ¡Manos donde pueda verlas! —gritó el que llevaba la voz cantante.

Adrián sintió el frío del acero contra su sien izquierda.

Obedeció. Silvia seguía con la mano puesta en su arma, pero uno de los tiradores la apuntaba.

Un movimiento en falso y el habitáculo se habría convertido en un matadero.

Todos bajaron del coche despacio, con las manos abiertas.

El suelo de la cuneta estaba lleno de grava y vidrios rotos.

Los obligaron a hincar las rodillas. Silvia fue reducida con una brusquedad innecesaria; le doblaron el brazo hasta que el hombro crujió.

—¡Laura! —gritó Adrián.

La vio. Dos hombres la arrastraban hacia el SUV negro. Ella intentó forcejear, pero la esposaron a la espalda y el que había golpeado a Dionisio la amenazó con la misma culata.

—Adrián, ¡nuestra hija! —gritó ella justo antes de que le pusieran cinta americana en la boca.

La metieron en el vehículo a empujones. No hubo diálogo. No hubo peticiones de rescate. Fue una extracción profesional, limpia de toda retórica. El SUV arrancó quemando rueda, dejando una estela de humo azulado y el olor a goma quemada impregnado en el ambiente.

Los asaltantes se quedaron custodiando a Adrián y Silvia.

El cabo observó el furgón oficial; era una réplica casi perfecta, probablemente un vehículo subastado y repintado con esmero.

El líder del grupo, un tipo con el cuello tatuado, se acercó a él.

Lo cogió del pelo y lo miró con una superioridad que le revolvió las tripas.

—Ni se te ocurra buscarla o la matamos.

—¿Pero qué cojones queréis? No tenemos dinero…

El tipo sonrió y se giró para largarse. Sin embargo, se revolvió con violencia y le propinó un puñetazo en la mandíbula que lo mandó rodando hacia la cuneta.

Adrián sintió el impacto y el sabor metálico de la sangre en la boca.

Se quedó allí, tendido entre los matorrales de adelfas y la basura acumulada por multitud de desaprensivos que la tiraban por la ventanilla.

Escuchó dos disparos con silenciador y por un momento se le encogió el corazón.

Se levantó como pudo solo para observar cómo el falso patrulla de los asaltantes se alejaba levantando polvo en la pista hacia el interior de la provincia.

El silencio volvió a reinar en la carretera, un silencio herido solo por el canto de los grillos.

Adrián buscó a Silvia y la encontró de rodillas, como la había dejado antes. Tenía la cara manchada de polvo y un hematoma floreciendo en el pómulo. A pesar de ello, sintió cierto alivio porque los disparos no habían sido para ella. Se giró y vio cómo las ruedas de su coche estaban reventadas.

—Se la han llevado, Adrián. Se la han llevado delante de nuestras narices —dijo Silvia.

Adrián no respondió. Se acercó al asiento de atrás; Dionisio sangraba y él comprobó si seguía respirando. Se alegró al verificar que sí. El interior del coche olía al perfume de Laura, un rastro que se desvanecía por segundos.

—Tenemos que largarnos de aquí —ordenó Adrián.

—¿Qué vamos a hacer con este hombre? —Silvia lo miró con miedo. Conocía esa expresión en su binomio. Era la mirada de quien ya había decidido que cruzaría todas las líneas rojas.

—Vamos a mi casa; no podemos llevarlo a ningún hospital.

—¿A tu casa?

—¡¿Y qué podemos hacer si no?!

Silvia no respondió. Tan solo le puso el cinturón de seguridad a Dionisio. Se fue a la parte trasera del vehículo. Sacó la rueda de repuesto y el gato y se puso a cambiar una de las ruedas.

—Han reventado dos.

—Podemos tirar con una rueda pinchada hasta la próxima gasolinera, allí la inflamos y vamos tirando.

Adrián calló. Se puso las manos en jarras. Miró al horizonte sin entender nada. Al fondo creyó distinguir las luces del aeródromo de Villamartín. Ese lugar que le había traído a la única esperanza para su hija, una esperanza que ahora se diluía como una pizca de sal en el mar.

Caminó entonces hacia su compañera con la intención de ayudar y se fijó en un casquillo de 9 milímetros que había quedado sobre la pista.

Lo observó bajo la luz exigua de los faros del coche.

Era munición de punta hueca, prohibida para uso policial pero habitual en los arsenales de los narcos del Estrecho.

La pieza de latón brilló como una advertencia.

Pensó en Luz Marina, en la hija que lo esperaba, ajena a que su madre acababa de desaparecer en un agujero negro de violencia.

El dolor físico de la mandíbula no era nada comparado con la náusea que le provocaba la situación. Se guardó el casquillo. El metal todavía conservaba un resto de calor.

—Vámonos —dijo Silvia cuando terminó de cambiar la rueda.

Tendrían que ir despacio y siempre por pistas o carreteras secundarias, pero tenían que llegar como fuera.

La noche se cerró sobre ellos. Pocos kilómetros después alcanzaron una gasolinera.

Inflaron la rueda reventada por el disparo y realizaron la misma operación dos veces más hasta llegar a distinguir las luces de Algeciras, que parpadeaban como ojos de un depredador que espera su turno.

Adrián y Silvia. Otra vez juntos en una situación que los superaba. Y también Laura y Dioni.

Nada nuevo bajo el sol.

Lo malo era que, otra vez, había una tercera persona que dependía de ellos para sobrevivir.