Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Epílogo
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Epílogo

El calor húmedo de São Paulo se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa incómoda, incluso de noche.

Alberto de Miguel metió la llave en la cerradura de su apartamento en el barrio de Jardins.

Había pagado una fortuna por aquel refugio, una fortaleza de seguridad privada y anonimato comprada con el dinero que había heredado de su padre.

El mismo dinero que le permitió orquestar todo el operativo que culminó con el desastre de Villa Magna.

Se sentía relativamente seguro. Había pasado más de un año. Nadie lo había seguido. Y lo más importante: Marcos Vidales, el hombre que orquestó su ruta de escape y conocía sus cuentas en las Islas Caimán, le había mandado un mensaje en el que aseguraba que Trovado se pegaría muchos años a la sombra.

Abrió la puerta y el chorro de aire acondicionado que programaba a diario le golpeó la cara. Entró, cerró con doble vuelta y soltó las llaves en la consola de la entrada.

Caminó hacia el salón y fue entonces cuando las vio.

En el suelo de mármol travertino del pasillo, perfectamente alineadas como un sendero macabro, había media docena de fotografías impresas en papel de alta calidad.

Alberto frunció el ceño. Su servicio de limpieza era meticuloso y caro. No dejaban cosas tiradas. Se agachó y cogió la primera foto.

Distinguió el rostro de Marcos Vidales saliendo de su oficina del centro de Madrid. La imagen estaba tomada con un teleobjetivo potente, granulada pero nítida.

Alberto avanzó un paso y recogió la segunda. Vidales de nuevo. Esta vez en lo que parecía un callejón o una nave industrial. Estaba de rodillas, con la camisa desgarrada y la cara convertida en una máscara de sangre y contusiones. Le faltaban varios dientes y un ojo estaba cerrado por la hinchazón.

El corazón de Alberto empezó a martillear contra sus costillas. Sus manos sudorosas mancharon el papel satinado.

Dio otro paso, temblando, hacia la tercera imagen.

Vidales ya no sufría. Estaba tendido boca arriba en el suelo de un almacén abandonado.

Su garganta era una sonrisa abierta y profunda de oreja a oreja.

El charco de sangre negra en el que flotaba su cabeza era inmenso, casi artístico en su brutalidad.

Alberto soltó las fotos como si quemaran. No se agachó a ver las que restaban y retrocedió instintivamente hacia la puerta. Lo habían localizado.

—Ni se te ocurra gritar, doctor.

La voz vino del salón, profunda, rasposa y con un acento español que Alberto no reconoció.

—¿Quién eres? ¿Y cómo has entrado aquí?

Dionisio estaba sentado en el sillón de cuero blanco de diseño italiano.

La imagen era incongruente y aterradora.

El veterano vestía ropa oscura y funcional, pero lo que heló la sangre del médico fueron los detalles: llevaba unas calzas de plástico azul de quirófano cubriendo sus botas, unos guantes de látex apretados en las manos y un gorro ajustado. No había venido a dejar huellas.

—No diría «cómo», sino «con qué». Con algo que tú mismo vas a mencionar en un instante.

En su mano derecha descansaba una pistola con un supresor sónico largo y grueso roscado al cañón. Le apuntó.

—¡No! ¡Espera, tengo dinero! Te pago lo que me pidas —gritó Alberto, levantando las manos, intentando negociar con un fantasma que había cruzado un océano para encontrarlo.

Dioni sonrió.

—¿Ves? Te ha faltado tiempo. La verdad es que con dinero se consiguen cosas —Dionisio no alteró el tono de voz—.

Con dinero, que por cierto me prestó tu amigo Adrián, pude pagar a un moldavo en Madrid para que le hiciera ese estropicio a tu abogado.

Con los euros que le sacamos a Vidales conseguí llegar a Brasil, y con ese mismo dinero he entrado aquí, pagando a quien se supone que te tiene que cuidar…

Y dinero me ofreces tú para salvar el pellejo.

Dionisio ni siquiera parpadeó. Un soplido metálico, parecido al de una grapadora neumática, rompió el silencio del apartamento.

Alberto sintió como si un bate de béisbol invisible le golpeara la rótula derecha. El hueso estalló. No hubo tiempo para procesar el dolor antes de que su pierna cediera y cayera al suelo aullando, agarrándose la rodilla destrozada de la que brotaba sangre oscura sobre el mármol.

El veterano se levantó del sillón con velocidad y le puso una mordaza de cinta americana para que no alertara al vecindario con sus gritos. Le sujetó las manos con una brida y lo miró a los ojos.

—Petru, que era como se llamaba el moldavo, lo disfrutó.

El abogado cantó rápido, nos dio las claves de sus tarjetas en menos que canta un gallo.

Doce mil euros le sacamos en un par de cajeros aprovechando el cambio de medianoche.

El gilipollas se creía tan por encima del bien y del mal que no le había puesto límite a ninguna de las dos.

Petru se fue con una sonrisa más grande que la que le dejó a Vidales en la garganta —susurró Dionisio—.

Y tú, querido enemigo, tú vas a cantar más despacio.

Le puso la suela de la bota, cubierta por el plástico azul, sobre la herida de bala, presionando los fragmentos de hueso. El alarido de Alberto dentro de la mordaza debió de sonar como el de una bestia cuando le matan a su cría.

—Esto es por haberte llevado a la madre cuando más la necesitaba su hija —dijo Dionisio, que acto seguido sacó su cuchillo de combate de la funda del cinturón.

La noche en São Paulo fue larga. Dionisio se había convertido en un profesional del corte en las montañas colombianas. Allí había aprendido a matar animales para sobrevivir. A desollarlos antes de echarlos a la lumbre. Además, el moldavo le había enseñado en Madrid a aplicar la crueldad en humanos.

No hubo prisa.

Después de sujetarle también los pies con bridas, con cuerdas lo amarró por completo a una de sus pesadas sillas.

Empezó por un par de uñas de los pies. Después otra de las manos.

Siguió por una oreja.

Con cada parte que seccionaba le iba recordando todas las penurias que le había hecho pasar a Laura. Ella se las había contado al veterano en sus múltiples noches de insomnio.

Cuando el médico se desmayó, él lo reanimó con esencia de menta.

Y vuelta a empezar.

Lo desnudó de cintura para abajo.

Le agarró su hombría y tiró de ella. Los ojos del ginecólogo estaban por salirse de las órbitas.

—No, no me mires así. A Vidales no se la cortamos, aunque a Petru le hubiera gustado. A ti…

Alberto gritaba dentro de la mordaza y gritó aún más cuando el cuchillo le seccionó aquel apéndice que Dionisio tenía pensado echar a los gatos que había visto en la urbanización.

—Esto es por destrozar el alma a la madre y por dañar a la hija. Y por la infinidad de mujeres de las que has abusado durante toda tu miserable vida.

El médico perdió el conocimiento definitivamente, incapaz de soportar más dolor. El veterano le cortó las venas de una de las muñecas para asegurar el final y se largó de allí antes de que el mármol terminara de teñirse de rojo.

La deuda nunca terminaría de saldarse. Sin embargo, aquel tipo no volvería a hacer daño a ninguna otra mujer ni a ningún otro ser humano.

Dionisio se marchó del lugar con la satisfacción del deber cumplido.

Era su forma de proteger a la familia. Porque, aunque a mucha distancia, tanto física como emocional, sentía que Luz Marina seguía siendo parte de su familia. Y a la familia se la protege.

Y a él le quedaba todavía otra tarea de protección.