Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El estrecho
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El estrecho

El pitido del monitor volvió a su frecuencia habitual.

Después de la crisis en la que Adrián creyó que su hija se moría y a él le daba un infarto, todo volvió a la calma.

Adrián no se explicaba cómo, minutos antes de la crisis, Luz Marina le había sonreído e, incluso, le había sacado la lengua.

La chica yacía desplomada sobre el colchón como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

El monitor cardíaco había recuperado un ritmo errático, pero constante, aunque la cifra del oxígeno en sangre seguía en números peligrosamente bajos.

El médico se volvió hacia el cristal y, al ver la sombra de Adrián al otro lado, hizo un gesto imperceptible con la cabeza.

No era un gesto de victoria; era el aviso de que acababan de ganar un asalto, pero que la guerra seguía en marcha.

El policía sacó el teléfono del bolsillo y sintió el metal frío contra la palma de la mano.

Pensó en que, en algún punto sobre el mapa de África, una avioneta cargada de secretos y traiciones luchaba contra el viento de levante para traer la única médula compatible que quedaba en el mundo y prometía llevar esperanza a aquel hospital.

Adrián miró su reloj; la cuenta atrás que él mismo había activado ya no era un aviso, era una realidad física que goteaba en el suero de Luz Marina. Apretó el puño contra el cristal y dejó una marca de sudor y desesperación que se proyectaba sobre el rostro de la chica.

Pocas horas después, sobre las aguas del Estrecho de Gibraltar, la situación no andaba mucho mejor.

La Cessna 210 de Lope había empezado a dar síntomas de fatiga.

O mejor dicho, de falta de combustible. El tipo le dio los típicos golpes en la aguja que marcaba el nivel de queroseno por si aquello era un fallo del aparato de diagnóstico, pero el dial permaneció impasible, rozando el rojo con una fijeza que helaba la sangre.

Aquello no era una película de Indiana Jones.

El viento de cara que sufrieron durante la mayor parte del trayecto sobre el Sáhara, sumado ahora al levante que obligaba a realizar maniobras bruscas para mantener la aeronave estable, se había merendado el tanque más rápido de lo esperado.

Laura sentía cada sacudida en la boca del estómago; el fuselaje de la avioneta crujía bajo la presión de las rachas como si fuera a deshacerse en astillas de aluminio sobre el mar oscuro.

—¿Y por qué no te han puesto más combustible? —inquirió Laura cuando Lope les contóla fatídica noticia, mientras apretaba los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

—Porque no pueden poner más. Por mucho que les soborne, tienen que limitarlo de alguna forma para no levantar sospechas en el inventario de la base. Pensé que tendría suficiente, pero el viento ha cambiado.

Lope inclinó el morro de la Cessna hacia el norte, buscando desesperadamente la línea de costa. El Estrecho era un embudo de corrientes invisibles que zarandeaban el aparato con una violencia ciega.

—¿Y no podías haber hecho una parada? —insistió Laura mientras miraba por la ventanilla la inmensidad del agua oscura bajo ellos.

—Mi encargo es llevaros a la península lo antes posible. Una parada en Marruecos supondría al menos dos horas de retraso y un control que nadie de los que aquí estamos quiere.

Un súbito carraspeo del motor silenció la cabina. El sonido, un estertor metálico seguido de una vibración irregular, hizo que Lope maldijera entre dientes. La hélice perdió ritmo por un segundo antes de recuperar la tracción, pero el aviso fue claro: el depósito estaba seco.

—¡Preparaos! —gritó el piloto—. ¡Vamos a entrar en planeo!

Laura vio cómo Lope apagaba las luces de navegación.

No quería que el SIVE los detectara, pero aquello también los convertía en un proyectil invisible en mitad de la noche.

El silencio que los envolvió cuando el motor se detuvo definitivamente distaba mucho de ser algo relajante.

Solo quedaba el silbido del viento contra el parabrisas y el latido desbocado de sus propios corazones.

La avioneta descendía en un ángulo agónico, buscando la tierra firme de Andalucía por puro instinto.

De repente, la silueta de la sierra de Cádiz emergió entre las sombras.

Laura distinguió una lengua de tierra flanqueada por luces tenues, casi imperceptibles: el aeródromo de Villamartín.

Lope forzó los flaps y el aparato realizó un giro brusco, escorándose sobre un ala para encarar la pista.

La aproximación fue un suicidio controlado.

El tren de aterrizaje golpeó el suelo con un impacto seco que les sacudió los huesos; el Cessna rebotó con violencia sobre el asfalto antes de que el piloto lograra domar el aparato.

La avioneta se detuvo por fin en mitad de un silencio irreal.

Laura permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada, hasta que vio a través de las ventanillas la figura de Adrián, que había vuelto del hospital y corría hacia ellos desde la oscuridad.

El viaje había terminado, pero el verdadero asalto contra el tiempo acababa de empezar.