Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El aeródromo
90%

El aeródromo

El viento de levante azotaba los hangares de chapa del aeródromo con un estruendo metálico que ponía a prueba los nervios de cualquiera.

Adrián y Silvia permanecían resguardados bajo el alero de la oficina del piloto, una construcción precaria que crujía ante cada ráfaga.

El tipo había partido de Villamartín por la mañana en busca del objetivo.

Ese era el punto más crítico de toda la operación.

Laura y Dioni viajaban en un vuelo chárter desde Maicao, en Colombia, y debían aterrizar en el Aeropuerto Internacional de El Aaiún, en el Sáhara Occidental; un territorio bajo control marroquí donde la arena y la política se mezclaban de forma peligrosa.

Allí, Lope, el piloto que habían contratado, debía recogerlos en la misma pista y llevarlos hasta el aeródromo de Bu Craa, a unos cien kilómetros al sur, donde él habría aterrizado horas antes para evitar sospechas.

Lope era un conocido contrabandista que cruzaba las aguas del Estrecho con su Cessna 210, una avioneta capaz de cubrir hasta mil quinientos kilómetros sin repostar.

La ruta hasta El Aaiún no era la más habitual en sus viajes; sin embargo, conocía a ciertos militares que, convenientemente sobornados, facilitarían la empresa.

—Para ya de dar vueltas —pidió Silvia a su compañero—. Todavía les faltan seis horas como poco.

—No puedo.

—Tendrías que haberte quedado más tiempo con Luz Marina.

Adrián quiso soltar un improperio, pero solo acertó a condenarla con la mirada; ella lo ignoró.

Silvia siguió con la vista fija en su móvil, atenta al cronómetro con el tiempo teórico que le había dado Lope.

Al piloto lo había reclutado ella; era un conocido colaborador de varios narcotraficantes que oscilaba siempre en el filo del bien y del mal.

Adrián, aunque había oído hablar del tipo, no lo conocía en persona.

Además, Lope era un hombre maduro que bebía los vientos por la subteniente.

Ella se sintió sucia por haberle pedido el trabajo.

Aunque Adrián fuera quien abonase el coste de la operación, el tipo había accedido solo porque ella lo solicitó.

Era una tarea compleja que implicaba jugársela frente a los volátiles policías marroquíes en una zona donde cualquier error se pagaba con una celda oscura.

—Lope es un experto, ya lo sabes.

—No me preocupan sus dotes a los mandos del avión, ya sabes lo que me preocupa.

Si Lope no conseguía recoger a Laura y Dioni en mitad de la pista, tendrían problemas con aduanas.

Llevaban pasaportes falsos y los agentes de El Aaiún no eran tan fáciles de convencer como los militares de Bu Craa.

Lope debía pagar una cantidad de dinero importante a los soldados del sur: primero para que rellenaran el tanque de su Cessna; segundo para que ofrecieran transporte al aeropuerto, a cien kilómetros de distancia; y tercero, lo más complejo,

para que uno de esos militares le acompañase al aeropuerto de El Aaiún y sobornase a algún trabajador para interceptar a Laura y Dioni nada más bajasen de su chárter, y evitar así el control de pasaportes.

¿Era viable?

Sí. Lope había sacado a gente de diversos lugares del mundo para traerlos a España por esa vía.

¿Era complejo?

Mucho. Él prefería aeropuertos como el de Nuakchot, en Mauritania, con agentes que hacían menos preguntas y aceptaban menos dinero. Sin embargo, el único vuelo que Laura y Dioni habían podido conseguir en tan poco tiempo, gracias a Óscar, fue el que los llevaba a El Aaiún.

De momento habían recibido dos buenas noticias por mensaje: Lope había aterrizado en Bu Craa y estaba de camino a la capital del Sáhara.

—Mi hija está en la pecera y solo la puedo ver desde el exterior. Nos parte el alma a los dos estar así —murmuró Adrián.

Silvia cerró los ojos y se lamentó por su comentario anterior.

Su compañero no solo la necesitaba por la logística, sino por el apoyo emocional.

Lo que ocurría era que ella se sentía utilizada por haber tenido que convencer a Lope y eso la alejaba un tanto de él.

A pesar de ello, evocar la imagen de Luz Marina en el hospital le encogió el corazón.

Se levantó y se acercó a Adrián, que no paraba quieto. Le asió la mano y después lo abrazó desde atrás. El viento seguía con su ataque contra los tejados de los hangares de Villamartín, en el corazón de la sierra de Cádiz, pero el abrazo de aquella mujer lo transportó, por unos segundos, a casa.

Las cosas en el Sáhara Occidental eran bien distintas.

El vuelo desde Maicao había sido relativamente tranquilo.

Unas sesenta personas a bordo de un Boeing con más años que la media de los ocupantes, pero que no dio sustos más allá de las habituales turbulencias sobre el Atlántico.

Cuando aterrizaron en El Aaiún, la atmósfera cambió; el calor seco y el olor a queroseno y polvo lo inundaron todo.

No sabían muy bien qué hacer. Adrián les había dicho que los esperarían en la pista, pero no precisó quién ni cómo. Allí no podían comunicarse con el cabo, ya que no disponían de cobertura en sus teléfonos móviles de estraperlo con compañías colombianas.

Laura temblaba ante el hecho de tener que pasar el pasaporte falso por el control de aduanas.

El acceso en Maicao fue un trámite; allí los agentes solo miraron que la cara de la foto coincidiera con el portador y sellaron sin más.

Además, ir de parte de Óscar aligeró aún más la situación, ya que no usaron los lectores electrónicos que, sin duda, detectarían la falsedad documental.

Bajaron las escaleras del avión con sus mochilas al hombro.

No llevaban nada más; no hubo tiempo para equipajes ni podían permitirse cargar con ellos.

Una vez pisaron suelo saharaui, se encaminaron hacia donde el resto de pasajeros lo hacía: hacia la terminal de hormigón que vibraba bajo un sol ya en descenso.

Un matrimonio fue interceptado a mitad de camino; un militar les pidió la documentación y se los llevó de allí. La pareja lo siguió sin rechistar.

—Joder, ¿no se habrá equivocado? —protestó Dioni—. ¿No vendrían a por nosotros?

—No creo, les ha pedido los pasaportes.

Siguieron el camino con la vista en todas direcciones. Les quedaban poco más de veinte metros para llegar a las puertas de la terminal cuando un muchacho empezó a dar voces detrás de ellos.

—«¡Lara, Doni!»

Era un joven que llevaba puesto un chaleco reflectante y dos señales luminosas en las manos. Ellos se salieron de la fila y se acercaron al chico.

—Soy Laura —dijo ella mientras señalaba su pecho, como si hablara con un desconocido en un idioma olvidado.

El joven sonrió y les hizo un gesto para que lo acompañasen.

Cuando creían que el éxito estaba cerca, sonó una voz fuerte a su espalda.

Otro soldado se acercó a toda prisa y les habló con brusquedad.

Les fue imposible entenderlo. El chico se comunicó con él y el agente pareció calmarse.

Laura se dio cuenta de que era el mismo militar que minutos antes se había llevado al matrimonio.

Le sonrió con una mezcla de miedo y alivio.

El muchacho siguió con sus explicaciones y gesticuló mientras señalaba un lugar indeterminado tras los hangares.

El militar les hizo un gesto con su ametralladora para que avanzaran y los cuatro iniciaron el camino.

Bordearon una estructura metálica y al otro lado apareció un vehículo todoterreno del ejército con un conductor al volante.

El joven dijo algo en su dialecto y se largó de allí a toda prisa.

El soldado dialogó con el conductor y, en ese momento, bajó del asiento del copiloto un personaje que no parecía natural de aquel lugar, sino de latitudes mucho más al norte.

El individuo habló en el mismo dialecto, pero mucho más despacio, y ofreció un cigarro al militar que los había escoltado.

Este aceptó y, tras recibir fuego, el europeo le ofreció un billete doblado. El sujeto lo miró de arriba abajo y, después de unos segundos de duda, cogió el dinero y sonrió. Lope ,entonces, se dirigió a ellos con una voz curtida en mil vuelos clandestinos.

—Laura y Dioni, supongo. —Laura asintió con la cabeza—. Subid al coche.

Laura y Dionisio se subieron a aquel vehículo. Ya «solo» les faltaba una hora de viaje por el desierto y otras cuatro o cinco horas en avioneta hasta España.