Maicao
Del cañón salía humo.
—Óscar, si no me matan hoy aquí, te juro que te mato yo cuando vuelva —dijo Dionisio.
—Ya sabías el riesgo, viejo lobo, por eso te necesitaba. Y yo voy a cumplir mi parte.
Laura lo observaba con una mezcla de rabia y confusión.
Sí, Óscar había cumplido su parte. La había puesto en contacto con alguien que sacaba a gente de Venezuela hacia Europa en un vuelo chárter desde Maicao.
En eso habían tenido mucha suerte, no solo por la proximidad al lugar donde se encontraban, sino también por la premura de la situación.
El problema era que para conseguir los pasajes clandestinos, debían dejar a Óscar en el paso de la frontera que él había exigido.
Tal y como pidió en la reunión en su tasca el día anterior.
Aunque en realidad, ese no era el problema verdadero, el cual se acababa de revelar una vez llegaron a la localidad fronteriza de Paraguachón.
Allí esperaba el contacto que debía trasladar a Óscar al otro lado de la frontera. Sin embargo, parecía que los estaban esperando: tres tipos armados con semiautomáticas abrieron fuego antes de que pudieran alcanzar la gasolinera abandonada donde se habían citado.
—Óscar, o me dices ahora mismo de qué conoces a Restrepo o yo mismo te ejecuto —exigió Laura mientras se parapetaba tras la puerta del todoterreno.
El camarero suspiró bajo la lluvia de balas que astillaba el parabrisas.
—Pues de qué va a ser, mija, ya te lo dije ayer —el tipo se llevó el dedo índice a la nariz.
Laura, que ya lo intuía por la palabra «encomienda» que el camarero pronunció el día anterior, maldijo el día en el que se tuvo que enamorar de la hija de un narcotraficante.
Óscar no era un simple mesero, sino que en su día tuvo que ser un engranaje más en la red de distribución de Restrepo y que en ese momento se había convertido en alguien incómodo por algún motivo que a ellos no les interesaba.
—¡A la de tres! —gritó Dionisio.
El viejo no esperó. Se asomó sobre el capó y disparó su escopeta con una precisión digna de tirador olímpico.
El primer sicario cayó sobre el asfalto polvoriento, cerca de un surtidor de gasolina abandonado.
Laura aprovechó la cobertura para rodear el vehículo.
Se movió con la agilidad de una sombra; el pulso no le tembló cuando se acercó al segundo hombre.
Lo cogió de imprevisto por la espalda y le golpeó en la zona lumbar para hacerlo doblarse.
Después le aplicó un mataleón para asfixiarlo hasta que se quedó inconsciente.
El tercer asaltante se acercó a Laura con la intención de disparar, aunque estuviera su compañero de por medio.
Así que ese pobre que estaba inconsciente, sí que cayó abatido por la primera ráfaga.
Laura se protegió detrás de él y sintió el impacto de las balas sobre el cuerpo que sujetaba.
Cuando el sicario se preparaba para disparar la segunda ráfaga, un hierro frío y duro le atravesó la espalda. Cayó muerto y su cara se desplomó sobre el asfalto. Los ojos, todavía abiertos, miraban a la mujer, que poco a poco se despojó del cadáver que le había servido de escudo.
Dionisio sacó su cuchillo del cuerpo del tipo, lo limpió con la misma ropa del occiso y preguntó a Laura si estaba bien; ella se lo agradeció a su manera.
—Has tardado demasiado, te estás volviendo mayor.
Él le hizo una peineta y justo después se volvió hasta la posición de Óscar, detrás del todoterreno, y lo agarró por el cuello de la camisa. Lo levantó del suelo con una fuerza impropia de su edad.
—Los pasajes, Óscar. Ahora —exigió el viejo con el cuchillo muy cerca de la barbilla del camarero.
Óscar, con su eterna sonrisa y las manos en alto, señaló una pequeña mochila de lona que descansaba en el asiento trasero del coche.
—Están ahí. Todo en regla. Pasaportes falsos y los boletos. Os esperan en la pista privada de Maicao. Antes de pasar el control tenéis que decir que vais de mi parte.
Laura recogió la mochila y comprobó los documentos.
Eran pasaportes falsos con sellos de salida de Bogotá, perfectos para burlar cualquier control rutinario lejos de un aeropuerto oficial.
Miró hacia la zona de la frontera, hacia ese límite invisible donde la muerte tenía un precio tan bajo.
No sentía remordimientos; solo una prisa agónica que le quemaba las entrañas.
—Vete —le dijo Laura a Óscar sin mirarlo—. Y suerte al otro lado.
El camarero no necesitó más. Cogió su mochila y corrió hacia el coche que lo esperaba convenientemente camuflado al otro lado de la gasolinera para llevarlo hasta el lado venezolano de la frontera.
Óscar huía, huía de un pasado y de un hombre. Ellos dos también huían de ese hombre, pero tenían un motivo más grande por el que salir del país que los había acogido los últimos seis años.
Laura y Dionisio subieron al todoterreno.
El motor tronó y el vehículo dio un giro violento sobre la grava.
Dejaron atrás los cadáveres y el olor a pólvora de Paraguachón.
El sol empezaba a caer sobre la península de La Guajira y pintaba el horizonte de un rojo violáceo que recordaba a la sangre derramada en el asfalto.
—¿Crees que llegaremos a tiempo? —preguntó Dionisio mientras aceleraba por la carretera que conducía a Maicao.
—Tenemos que llegar —respondió Laura con la vista fija en la carretera—. Luz Marina no tiene otra opción y yo tampoco.
El aeródromo de Maicao apareció en la distancia como una mancha grisácea entre la arena y el matorral.
Aunque era un aeropuerto pequeño oficial, parecía más bien una pista clandestina, el nido desde donde despegaban los sueños y las pesadillas de los que no tenían lugar en el mundo legal.
Laura apretó la mochila contra su pecho.
En su interior no solo estaban los pasajes; estaba la última oportunidad de recuperar la vida que el pasado le había arrebatado.
El chárter hacia el Sáhara era el primer paso de un regreso que no auguraba nada bueno.
Excepto poder contemplar la cara de su niña otra vez.