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Estación de servicio

Se citaron en una estación de servicio a medio camino entre Sevilla y Algeciras, un lugar donde el viento de la noche arrastraba el olor a asfalto recalentado y a combustible.

Adrián estacionó su coche junto al de la subteniente y caminó hacia ella mientras se subía las solapas del abrigo. Silvia permanecía apoyada en el capó, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la preocupación y el reproche.

—¿Qué te han dicho? —preguntó ella sin preámbulos.

EL cabo le contó todo el problema médico de la niña. La subteniente no dejó lugar para el silencio: lo abrazó y lo único que ambos escucharon en ese momento fueron los rugidos de los camiones y demás vehículos que pasaban a pocos metros de allí.

—Tengo diseñado el plan para traerla —sentenció él.

Su compañera se separó de él.

—¿Qué plan?

—Ya lo hablamos: no hay tiempo para extradiciones ni para peticiones a la dirección general.

—Sabes que vas a acabar mal, que los dos vais a acabar mal…

—Y tú sabes que eso no importa. Lo único que importa es que la niña se salve.

—Ya… —la mujer bajó los ojos.

—Y por eso te necesito a ti también.

Silvia los mantuvo en el suelo. Sabía que esas palabras saldrían en algún momento de la boca de su compañero.

—Lo sé.

Adrián la abrazó de nuevo y, entre susurros, le explicó entonces el plan que había empezado a fraguar.

A través de los borradores que habían intercambiado meses atrás, Laura le había detallado su ruta de fuga cuando abandonaron España; cómo ella, la niña y Dioni salieron desde el pueblo y condujeron por Europa hasta llegar a Ámsterdam.

Allí se las ingeniaron para embarcar hacia Dakar en un barco de carga, un trayecto agónico de olas y salitre.

Después tomaron un vuelo chárter clandestino hasta Maicao, en el norte de Colombia, que la novia de Laura le ayudó a fletar.

Para ejecutar el regreso, necesitaban algo parecido pero mucho más rápido. Adrián solicitó a su compañera que se montara en su coche.

—¿Me acompañas?

—¿Dónde?

Él no dijo nada. Se limitó a mirarla. Ella dudó.

No le aguantó la mirada. Decirle que sí significaba cruzar un umbral del que no sabía cómo podría volver.

Ella era un agente de la ley. Ya se la había saltado en dos ocasiones, las dos por ayudarlo.

Las dos por ayudar a su hija, una chica que le había robado el corazón, pero que no era suya.

Esta tercera implicaba mucho más. Implicaba un riesgo que no estaba segura de poder ocultar.

Adrián le abrió la puerta del coche como si se tratase de una cita romántica.

Ella lo miró.

—¿Y qué hacemos con mi coche?