Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Santa Marta
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Santa Marta

La ciudad de Santa Marta era, cuanto menos, peculiar. El aire allí no soplaba, sino que pesaba, cargado con un aroma denso de fritanga, escape de motores y esa salinidad que se incrustaba en la piel tras diez minutos de caminata.

Laura había viajado por media Europa o casi tres cuartos.

También por media Colombia junto a LuzMa, pero no recordaba un lugar tan extravagante como aquel.

Los picos nevados de la Sierra se asomaban al fondo, como centinelas blancos que vigilaban el caos de abajo.

Pescadores se mezclaban con montañeros. Limpiabotas con turistas y conductores de Mercedes.

Navajeros con camellos. La zona turística se diferenciaba de la residencial como el día y la noche.

Una mezcolanza de la que convenía cuidarse en cada esquina, bajo la luz amarillenta de las farolas que parpadeaban con una arritmia eléctrica.

El dicho aquel de dormir con un ojo abierto se debió de haber inventado en esa localidad.

De noche, las calles parecían la subura romana, llenas de maleantes, pasteros y toda clase de prostitutas de cualquier género que buscaban el sustento bajo la sombra de los edificios desconchados.

Lo que ocurría era que Dionisio y Laura formaban una pareja tan extraña como aquella localidad costera; se mimetizaban entre sus habitantes, sus callejones estrechos y sus casas de diversos colores que despedían olores a arepas, salitre y vicio.

La reunión fue en uno de sus lugares habituales.

En esa ocasión tocó el bar de Óscar, un local con las paredes cubiertas de hollín y una barra de madera desgastada por décadas de codos apoyados.

El dueño, nada más verlos entrar, les sirvió dos vasitos de vino junto con dos porciones de atún en vinagre que Dioni devoró en un solo bocado.

—¿Cómo fue, viejo lobo? —dijo Óscar en su saludo habitual, con una sonrisa que no terminaba de ocultar una sombra de inquietud.

—Aullando, como siempre.

El camarero le hizo un gesto de bienvenida a Laura que ella correspondió con un movimiento de cabeza.

Los dos bebieron el vino y lo paladearon con una calma cercana a la parsimonia.

Lo hacían así para seguir las indicaciones que el propio Óscar les había dado el primer día que visitaron su tasca: «Acá nunca se sabe cuándo será el último trago, así que disfruten cada vaso como si fuese el día de su entierro».

A pesar de que con el tiempo habían adquirido confianza con el camarero y dueño de aquel local, siempre pagaban al instante de que les sirviera las consumiciones.

Había que ser precavidos; nunca se sabía cuándo tendrían que salir de allí a toda prisa.

Y no era plan de dejar deudas a aquel hombre que siempre los recibía de buen agrado.

O al menos eso parecía tras el humo de los cigarrillos que enturbiaba el ambiente.

Solo confiaban en él y en Lagarto, en este más que en nadie porque le habían salvado la vida a él y a sus dos hijos un día que cayó la mayor de las tormentas que Dioni y Laura hubieran vivido jamás.

De no ser porque se bajaron de su todoterreno y les sujetaron las manos cuando ya se los llevaba la corriente de un río que se había desbordado y pillado por sorpresa a los tres, ninguno de ellos estaría vivo en esos momentos.

Esa acción, que cualquier ciudadano con un mínimo de humanidad hubiera completado, selló un pacto de sangre entre ellos y Lagarto.

Él nunca los traicionaría ni por toda la platica del mundo.

Eso fue lo que juró en la tumba de su mujer cuando les insistió en que lo acompañaran para realizar tal juramento bajo la lluvia persistente del cementerio.

De Óscar solo se fiaban porque le habían ayudado a cobrar una deuda de un turista alemán que llevaba demasiado tiempo por la zona y que el camarero sospechaba que se iría sin pagar la cuenta que cada noche le apuntaba en una libreta mugrienta.

Dioni y Laura solo tuvieron que hacer acto de presencia en la casa que el guiri tenía alquilada para que los acompañara y satisficiera los casi doscientos dólares que le debía al dueño del local.

Las lealtades compradas con dinero no son iguales que las conseguidas con honor.

Eso era algo que Dioni y Laura tenían bien presente mientras observaban el ir y venir de la clientela habitual.

Óscar les sirvió otro vino y un par de arepas que siempre consumían, y los invitó a sentarse en la mesa del fondo.

La más próxima a una ventana por la que se podía saltar a la calle si las cosas se ponían feas.

El camarero se sentó junto a ellos con otro vaso de vino para él y comenzó a hablar entre susurros, casi inaudibles bajo el ruido del ventilador.

—Esta vez no se trata de un trabajico para otros. Esta vez es para mí.

—¿Otro guiri que no te paga, Osquítar? —comentó Dioni, burlón.

Sin embargo, Óscar no se rio. Clavó sus ojos en Laura. Y ella por poco le lee el pensamiento a través de la penumbra del local.

—Creo que tenemos un enemigo en común, amiga gallega.

—¿De qué estás hablando, Óscar? —respondió ella, y el pulso se le aceleró apenas un instante.

—Ay, Diosito, tú te sigues pensando que yo soy un mesero analfabeto. ¿Verdad?

—Si pensara que eres analfabeto o tonto, no hubiéramos confiado en ti, Óscar. Así que dispara lo que tengas que decir.

—Está bien —inició el camarero, que se frotaba las manos y movía las piernas arriba y abajo como si quisiera calentarse de algún tipo de frío más allá del que sentía en las venas.

Se acercó al oído de la mujer y susurró un nombre.

Un nombre y un apellido que estremecieron a la española y que hizo que abriera la boca.

Laura empezó a mover las piernas casi con la misma cadencia que Óscar.

—¿Cómo de enemigo es? —preguntó Laura.

—Tanto como para que los dos nos queramos muertos el uno al otro.

—¿Se puede saber por qué?

El tipo miró hacia atrás y, tras constatar que no había nadie cerca, se acercó de nuevo al oído de la mujer.

—Digamos que nos robamos mutuamente, yo unas encomiendas; él, plata que era mía.

Ella lo miró con un gesto de desaprobación y resopló.

—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? —preguntó ella.

—Lo que te puse en la nota que le di al Lagarto. Hay que ir a la frontera con Venezuela.

—Así que eres tú el motivo por el que hay que ir hasta allí. ¿Quieres que seamos tu escolta o algo parecido? —comentó Dionisio, que intuyó por dónde iban los tiros.

—Algo parecido.

Dioni miró a Laura y negó con la cabeza. Laura dudó. Quizá sí debería aceptar aquel encargo que suponía mandar un mensaje a ese enemigo en común que seguía presente en sus peores pesadillas.

—¿Nos dejas a solas un momento, Óscar?

—¡Cómo no!

El camarero se levantó y se dirigió hacia la barra mientras Dioni no le quitó ojo en su caminar lento. Laura se acercó todo lo que pudo a su compañero y le repitió el nombre y el apellido que le había dicho minutos antes Óscar.

—Como bien dijiste, puede seguir dando por culo desde la cárcel.

—Lo que yo no tengo tan claro es que esto no sea una trampa —advirtió Dionisio con voz ronca.

—¿No te fías de Óscar?

—Desde este momento, no.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Colaborar. Por una parte, si fuera una trampa, creo que no hubiera dicho su nombre.

—Pero por otra te extraña que sepa lo de Restrepo.

—Mucho. No obstante, algún día tenía que ser, querido Dioni. Más tarde o más temprano.

—En eso tienes razón.

Se miraron y asintieron. De algo hay que morir, parece que se dijeron el uno al otro con sus miradas. Y esas miradas ya se conocían lo suficiente para entenderse sin hablar. Llamaron a Óscar y aceptaron el encargo. A cambio le pidieron que, si todo salía bien, estaba en deuda con ellos para siempre.

—Ya lo estoy mis panas, ya lo estoy.

—No, querido parcerito, esto no es sacarle cuatro duros a un guiri asustado. Esto es algo serio, y lo sabes —dijo Laura con una frialdad que detuvo la sonrisa del camarero.

—Y si nos la juegas… —añadió Dioni, con la mano cerca de su chaqueta.

—Miren que son desconfiados; hacen bien, pero si esto fuera una trampa, no les hubiera contado nada del tipo, los habría entregado y listo. Sé que se preguntan cómo lo sé, y lo entiendo. Lo que pasa es que ustedes no me conocen del todo.

—Por eso la duda, Óscar, por eso… —añadió Laura mientras se ponía en pie.

El camarero sonrió. Le ofreció la mano y ella la estrechó con fuerza.

—¿Cuándo nos vamos?

—Pues mañana mismo bien temprano, así que apúrense.

Dioni abrió los ojos con la intención de protestar, sin embargo no le dio tiempo, ya que Laura aceptó de inmediato.

—Muy bien, tengo el tiempo justo para despedirme.

Óscar se quedó sorprendido pues no sabía de quién carajo tendría que despedirse aquella gallega que no tenía más que al viejo por allá. Dioni se levantó y siguió a Laura, que ya enfilaba la puerta de salida hacia el calor húmedo de la calle. Antes de salir, el viejo se dirigió a Óscar.

—A la segunda ronda invita la casa, ¿no?

—Pues claro, viejo lobo.

Laura se dirigió hacia el único local de toda Santa Marta en el que podía conectarse de forma segura a internet.

Era un local angosto, con el suelo de cemento y un olor penetrante a lejía y a infusiones varias.

Iba con la intención de dejar un mensaje de despedida, ignorando por completo el abismo que le esperaba en la bandeja de entrada.